OPINIÓN: La renuncia de Benedicto XVI es una señal de renovación

Un nuevo pontífice podría ser una oportunidad para que la Iglesia se reforme y se ajuste a las ideas del siglo XXI
Autor: Paul Donovan | Otra fuente: 1

Nota del editor: Paul Donovan ha sido católico toda su vida; es comentarista, escritor y conductor; ha colaborado con publicaciones como The Guardian, Tablet, Universe, Irish Post y Independent Catholic News.

(CNN) – El anuncio de la renuncia del papa Benedicto XVI fue sorpresivo para el mundo, aunque para muchos católicos se dio justo a tiempo.

La Iglesia católica siguió en retroceso bajo el mando de Benedicto XVI; a veces parecía que se encontraba en una negación permanente, ya fuera sobre el tema del abuso infantil, el control de la natalidad, la homosexualidad o el papel de la mujer.

En el corazón de la Iglesia existe un arraigado prejuicio que parece haber contaminado a toda la estructura.

Las mujeres podrían sentirse discriminadas en muchas instituciones, pero pocas han dejado tan claro que el lugar de la mujer está en la cocina como lo ha hecho la institución católica.

Su negativa a entablar un diálogo constructivo acerca de las posibilidades de tener un clero femenino exalta el dominio masculino dentro de ella.

En Gran Bretaña, Benedicto XVI avivó el fuego al crear el Ordenariado. Este órgano facilita el progreso de los anglicanos que quieren abandonar la religión debido a la ordenación de mujeres en la Iglesia católica.

Esto ha provocado que una serie de sacerdotes casados se postulen para ocupar las vacantes de Iglesia a falta de varones célibes.

En El Vaticano, nadie parece estar demasiado preocupado por la contradicción de permitir que los anglicanos casados se incorporen para ministrar ante los creyentes, mientras que un hombre que se ordenó como sacerdote católico tiene que abandonar la Iglesia si desea casarse.

Así, se acumula contradicción tras contradicción, lo que ha causado que la institución se encuentre en crisis y la gente se aleje del rebaño.

Tal vez la mayor crisis que enfrenta la Iglesia es el abuso infantil. Bajo el mandato del actual pontífice se ha cimbrado toda la estructura y no cabe duda de que afectó a nivel personal.

Se han ofrecido infinidad de disculpas y las medidas para remediar la situación en todo el mundo. Sin embargo, como lo demuestra el caso del cardenal Sean Brady, en Irlanda, muchas de las autoridades de la Iglesia son quienes apoyaron el encubrimiento del abuso o peor aún, participaron en él.

No hay duda de que aún ocurrirán cosas. La Iglesia tiene que hacer frente a sus responsabilidades y mostrar mayor interés por las víctimas que en proteger a la institución a toda costa.

En estos temas, parece que los miembros de la Iglesia han sido totalmente ignorados. No se les consultó para la creación del Ordenariado ni con la traducción de la misa recientemente impuesta. Una gran cantidad de ellos también se sienten decepcionados por el papel que jugaron los sacerdotes en los casos de abuso.

Los católicos de todo el mundo deben desear que sea el espíritu el que impulse a los cardenales cuando se reúnan en marzo para elegir a un nuevo Papa. Muchas personas rezarán para que el nuevo Papa sea más parecido al papa Juan XXIII, quién trajo el Segundo Concilio Vaticano que rigió durante gran parte de la década de 1960.

Esa fue una época de esperanza. El papa Juan exhortó a la Iglesia a abrir sus horizontes y a relacionarse con el mundo. Con el Concilio Vaticano II se introdujeron ideas radicales acerca de temas como la pobreza y la guerra, la justicia laboral y la familia. El laicado tenía voz. Esta vez, se requieren las mismas cosas.

El Concilio Vaticano III tendría que abordar temas como la dignidad humana, el empoderamiento de sus miembros, el papel de las mujeres y el abuso sexual.

En este último caso, el cambio implicaría, para empezar, examinar las estructuras de la Iglesia que facilitaron estos hechos.

El papel del sacerdote debe ser primordial en este esfuerzo. Deberá transformarse en una relación de igualdad. Los sacerdotes, ya sean hombres o mujeres, deben ser más responsables y no actuar autoritariamente, como lo hacen muchos en la actualidad.

También sería bueno que la Iglesia ofreciera al mundo cierto liderazgo ético y moral en vez de dar sermones acerca del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Los puntos de vista acerca del cambio climático, la guerra y la paz, el actual modelo económico capitalista y la pobreza serían contribuciones bien recibidas al discurso público.

Si un nuevo Papa puede iniciar el proceso de creación de un tercer Concilio Vaticano que genuinamente busque sacar a la Iglesia de su más reciente crisis, entonces hay esperanza.

El nuevo Papa podría provenir de Asia o África, ya que en esas regiones continúa creciendo. Una perspectiva meridional sin duda ayudaría a presentar un liderazgo más profético y moderno.

Lo cierto es que no sirve de nada que las cosas no cambien. Un nuevo Papa que mantenga una postura retrógrada, simplemente acrecentará el declive de una institución que, para muchas personas, es anacrónica en el siglo XXI.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Paul Donovan.

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