OPINIÓN: Sí, la tarjeta SIM puede ser una herramienta contra la censura

Esa pieza de hardware metida en el dorso de tu teléfono móvil podría ser el instrumento para defender la libertad de expresión
Autor: John D. Sutter | Otra fuente: 1

Nota del editor: John D. Sutter es columnista de opinión en CNN. Dirige el proyecto Change the List de esta sección, que se enfoca en los derechos humanos y la justicia social. Envíale un correo electrónico a CTL@CNN.com.

(CNN) — Durante las elecciones presidenciales de Uganda en 2011, cuando los activistas y los encuestadores trataban de enviar mensajes de texto en los que criticaban al presidente en función o trataban de dar a conocer las pruebas de los fraudes en las urnas, descubrieron que sus mensajes no salían.

Sin embargo, podían enviar sin problemas mensajes inocuos relativos al clima o a lo que habían almorzado.

"Gran parte de las comunicaciones en África así como en otros países y contientes, la telefonía móvil dependen de los proveedores que de repente se vuelven en tu contra o dejan de funcionar", me contó Jon Gosier durante una entrevista reciente vía telefónica. Él es el hombre que probablemente hará que eso cambie.

En el caso de Uganda, el gobierno monitoreaba los mensajes de texto que enviaban los activistas y los observadores de las encuestas. Gosier dijo que el objetivo era censurar a la disidencia.

Las lecciones que se aprendieron: los mensajes no siempre son privados y los gobiernos casi siempre se entrometen.

Esas son solo un par de razones por las que la labor de Gosier con una organización no lucrativa llamada Abayima -que significa 'guardián' en luganda, el idioma de Uganda- es vital para el futuro de la libertad de expresión del mundo en vías de desarrollo.

Me gusta pensar que Gosier es el salvador de la tarjeta SIM, esa humilde pieza de hardware metida en el dorso de tu celular que te ayuda a estar conectado con los demás.

Esa obsoleta e ignorada pieza de tecnología podría ayudar a los defensores de los derechos humanos, a los manifestantes y a los trabajadores humanitarios a comunicarse durante una crisis, ya sea como una herramienta cifrada para enviar mensajes o probablemente como un medio para que los celulares establezcan comunicación con las torres de red clandestinas que se erigen cuando los gobiernos suspenden las comunicaciones o los desastres naturales arrasan con la infraestructura existente.

En una época en la que los gobiernos usan más la tecnología para coartar la libertad de expresión, esta clase de herramientas rudimentarias se necesitan más que nunca.

A principios de esta semana, Twitter publicó un "reporte de transparencia" en el que señalaban que las solicitudes de datos por parte de los gobiernos aumentaron en un 19% durante la segunda mitad del año pasado. Google considera que el incremento es alarmante.

Mientras que en 2012 se lograron avances en cuanto a la libertad de expresión en algunos países, otros como Italia, Mali y Tayikistán perdieron puntos en una clasificación reciente de Freedom House, un grupo de defensa de derechos humanos.

La labor de Abayima en contra de la censura es la razón por la que forma parte de mi nueva columna de opinión, que se concentra en los derechos humanos y la justicia social.

Antes escribía acerca de tecnología, así que en algunas columnas enfatizo las innovaciones tecnológicas. En otras me concentro en la forma en la que la gente utiliza el internet para provocar un cambio social y dar a conocer la crisis de derechos humanos que no llegan a los principales titulares.

El año pasado trabajé con el Proyecto Libertad de CNN para producir una historia acerca de la esclavitud en Mauritania. También he tocado temas como la adicción al internet y a los videojuegos en Corea del Sur y las prisiones en Noruega.

Pronto me encontrarán escribiendo y dirigiendo un proyecto llamado Change the List. La prueba se efectuó en Hawaii, el estado con la menor participación electoral. Reporté desde allá y recluté gente en internet para tratar de promover a ese estado en "la lista".

No es que haya sido gracias a mí (o que sea victoria abrumadora), pero el estado alcanzó el lugar 49 en 2012, y no el 50. No es lo máximo, pero es un avance.

Bueno, pero volvamos a las tarjetas SIM.

Otras personas también entienden el concepto de Gosier.

"En las partes del mundo en las que el internet no funciona o es monitoreado", escribe Justin Ellis para el Laboratorio de Periodismo Nieman, "Abayima podría dar a los activistas, trabajadores humanitarios y periodistas, la capacidad de comunicarse simplemente cambiando las tarjetas SIM".

En el blog Tech President lo llaman "una útil solución de baja tecnología para combatir la censura".

La Fundación Knight recientemente donó 150,000 dólares a Abayima.

De cierta forma, la vieja tarjeta SIM podría tomar un segundo aire como el nieto tecnológico del fax, que ayudó a los activistas de la Unión Soviética a comunicarse con el resto del mundo y entre sí; o la cinta de audio, que ayudó a los conductores de radio que se oponían al Apartheid en Sudáfrica a transmitir sus emisiones en varias ciudades.

Así que la tarjeta SIM es el nuevo fax, pero de una forma positiva.

Todo suena un tanto utópico, tal vez lo sea. Gosier apuesta a la implementación de varios sistemas para hacer los ajustes necesarios. Pero también utiliza las tecnologías correctas. Según datos recopilados por USAID, hay 4,500 millones de usuarios de teléfonos móviles en el mundo y muchos de ellos cuentan con aparatos de teléfono básico: dispositivos no tan "inteligentes" con los que solo puedes hacer llamadas y enviar mensajes de texto.

Cuando la crisis llega, el teléfono es el primer dispositivo al que la gente recurre para pedir ayuda.

El trabajo de Gosier aprovecha el trabajo de otros desarrolladores de tecnologías para la crisis. Su primer paso es muy pequeño: desarrollar un software que facilite a los programadores el control y codificación de las tarjetas SIM. Es más difícil de lo que parece, ya que los hackers tienen que usar ceros y unos, en vez de códigos complicados, para comunicarse con las tarjetas SIM.

Con un equipo de tres personas, Abayima está trabajando con un software de acceso libre, llamado Open Sim Kit, para hacer justo eso. Pero el grupo necesita voluntarios. Si conoces a alguien que domina el lenguaje de las máquinas, envía un correo a Gosier: jon@abayima.com.

A partir de ahí, podría ser posible que las SIM se comuniquen con las torres clandestinas de telefonía celular –tal vez de 10 metros de altura—que surgieron por catástrofes como el terremoto de Haití o una falla total de las comunicaciones como las que han ocurrido en Egipto, Libia o Siria.

Gracias a estas torres y a las tarjetas modificiadas podría ser posible la comunicación a través de una red a pequeños grupos de personas, dijo Gosier.

"La tecnología está ahí" me dijo Gosier. "El problema es que los teléfonos que la gente tiene no pueden establecer un enlace con las torres. Así que este software de acceso libre permitiría esencialmente producir tarjetas SIM y distribuirlas entre la gente… En ese momento podrían hablar con cualquier red que deseen".

Hasta entonces, los activistas podrían usar el Open Sim Kit para transmitir información digital entre ellos, a veces de mano en mano.

Sasha Kinney, quien trabaja con periodistas y activistas en Kenia como parte de un grupo llamado Pawa254, dijo que hasta una simple actualización "definitivamente sería algo interesante" para los periodistas que tratan de evitar la censura del gobierno.

"Entre más podamos salir de la red y ser más creativos, será mejor", dijo. "Y aquí todos tienen un teléfono".

De cierta forma, las tarjetas SIM sustituyen al papel. Pero, a diferencia del papel, las tarjetas SIM pueden cifrarse y guardarse discretamente. Es menos probable que llamen la atención de las autoridades.

"Piensa que es como pasar de mano en mano una memoria USB", dijo. Una memoria USB que cuesta cerca de 25 centavos de dólar y no necesita una computadora.

Por eso, es probable que las tarjetas SIM -otra tecnología asequible y común- regresen como el vehículo moderno para la libertad de expresión.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a John D. Sutter.

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