OPINIÓN: No es lo mismo presidente nuevo que 100 días después

Al volver a Palacio Nacional por los primeros días de su gobierno, Peña Nieto contrastó su propia figura con la del candidato que fue
Los primeros 100 días de Peña Nieto como presidente
Alejandro Brofft
Autor: Alejandro Brofft | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Alejandro Brofft es periodista especializado en moda e imagen pública. Tiene estudios por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Marangoni, de Milán, Italia, y del Central Saint Martins, de Londres, Inglaterra. Actualmente imparte clases en la UNAM y CENTRO (escuela de diseño, cine y televisión). Puedes seguirlo en su cuenta de Twitter: @AlejandroBrofft

(CNNMéxico) — Cien días después de rendir protesta como presidente, Enrique Peña Nieto regresó a Palacio Nacional. 

Si bien la intención del acto era recapitular el arranque de su administración, también sirvió para contrastar su propia figura.

Y es que nada tiene que ver ser candidato con ser gobernante; la diferencia va más allá de la semántica, y si alguien sabe de esto es Enrique Peña Nieto.

Tras convertirse en gobernador, el mexiquense supo ser un excelente aspirante presidencial. Creo que no fue el mejor de los precandidatos, pero sus traspiés no fueron lo suficientemente graves como para aniquilarlo. Es imposible negar que como candidato hizo un buen trabajo pues, de lo contrario, no sería él quien hoy habita la residencia oficial Los Pinos.

En sus días de presidente electo actuó, más que nada, como conciliador: evadió enfrentamientos y sonrió hasta el cansancio. Un par de días cambió su traje negro por uno café, buscando así no parecer un hombre serio y rígido. Aunque me parece que fracasó, pues el color no le favorecía.

Más efectivas en la proyección de una imagen positiva fueron las repetidas reuniones con el expresidente Felipe Calderón y el anuncio de un acuerdo entre las diferentes fuerzas del país, el llamado Pacto por México.

La mañana del sábado 1 de diciembre, con un impecable conjunto negro, camisa blanca y corbata gris —sinónimo de elegancia y neutralidad— vistió como correspondía a su nuevo 'personaje'. Como él mismo reconoció, eligió el Palacio Nacional, un lugar cargado de simbolismos, para emitir un primer mensaje en el que prometió encabezar un gobierno democrático, responsable, justo, plural, abierto y cercano. Habló también de trabajar con "determinación, audacia y pasión".

A nadie tenía por qué sorprenderle el discurso inaugural. De suyo, la política mexicana ha sido demagógica. Pienso que sus actores han prometido siempre con la más grande de las irresponsabilidades y han dejado de cumplir con la más descarada de las impunidades. Sin embargo, con un ánimo casi obsesivo, Peña ha buscado dar a entender que sus ofertas y promesas no son palabrería.

El primer golpe a su favor no tardó ni 24 horas en llegar: el Pacto por México. Diversos analistas aseguraron que era producto de una empalagosa luna de miel que pronto acabaría en divorcio. Hasta ahora, el documento y su agenda siguen dando frutos. La armonía política no se agota ahí. Los gobernadores de oposición y el jefe de gobierno del Distrito Federal han hecho patente su intención de trabajar en conjunto y hasta han externado su reconocimiento hacia él.

Pero el acercamiento no solo ha sido posible con la oposición política, sino también con la de la sociedad civil. Al padre Alejandro Solalinde le entregó el Premio Nacional de Derechos Humanos y a Javier Sicilia 'le cumplió' con la publicación de la Ley General de Víctimas. De ambos recibió gratitud y respeto.

Quizás pensando que "obras son amores y no buenas razones", la eficacia ha intentado demostrarla a través de la implementación de grandes acciones.

Así lanzó la Cruzada Nacional contra el Hambre, firmó el decreto para la creación del Instituto Mexicano del Emprendedor, presentó las políticas nacionales de Vivienda y Turismo, promulgó la reforma en materia educativa y, más efectista que nada, permitió la detención de la poderosísima líder del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), Elba Esther Gordillo.

Él y su equipo vivieron una prueba de fuego con la explosión en el edificio B2 de las oficinas centrales de Pemex. Su presencia en el lugar y en los hospitales donde fueron internados los heridos contribuyó a dar la idea de una respuesta oportuna y cercana. Si bien las 37 víctimas mortales nos dolieron a todos, no lastimaron la imagen del gobierno federal.

Desde luego, Enrique Peña Nieto no ha descuidado las formas que siempre le han importado. Ahí está siempre con su estampa impoluta. Las corbatas a rayas no las ha abandonado y solo cambia sus tonos según las intenciones que persigue. Basta darse cuenta de que, cuando quiere proyectar pluralidad, las elige multicolores. En días recientes, su peinado ha sufrido una evolución: una disminución en su volumen y rigidez, que lo hacen verse más joven, afable y flexible.

Pocos son los errores en los que ha caído el Presidente, pero no por ello dejan de ser significativos. La presentación de una declaración patrimonial sin montos dio la impresión de tratarse de un montaje. El mensaje que emitió tras la detención de Gordillo y que leyó de un teleprompter desde una biblioteca artificial, me parece que le restó importancia y verosimilitud a lo que quiso comunicar. Aunque ha mejorado su oratoria, aún se equivoca con frecuencia, pareciendo todavía acartonado e inexperto.

"En la vida de un país, seis años son un periodo corto", dijo el propio Peña al tomar su cargo.

Y sí, si 2,191 días son poco, 100 días son nada. Si bien este periodo ha servido para darnos cuenta que estamos frente a un gobierno eficiente y profesional con un equipo de estrategia y comunicación sin precedentes, esto no significa que sea ni que será el gobierno democrático, responsable, justo, plural, abierto y cercano que nos prometieron.

Si todo continúa como hasta ahora, es posible que así sea, pero habrá que esperar para saberlo. Y es que tres meses son solo eso.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Alejandro Brofft.

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