OPINIÓN: El reto de 'expulsar' a la discriminación de las escuelas

Aunque no son lo mismo, el 'bullying' y la discriminación tienen elementos en común que los hacen parte de un problema social más profundo
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Ricardo Bucio Mújica
Autor: Ricardo Bucio Mújica | Otra fuente: 1
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Nota del editor:  Ricardo Bucio Mújica es Presidente del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred). Puedes seguirlo en su cuenta de twitter: @ricardobucio. El sábado pasado un niño de 7 años falleció a consecuencia de una infección pulmonar, luego de que supuestamente un compañero le metiera la cabeza a un inodoro en su escuela, ubicada en el estado de Jalisco.

(CNNMéxico) — Cotidianamente escucho la pregunta sobre si el bullying o acoso escolar ha crecido, decrecido, es igual, o en qué es diferente a lo que se vivía hace algunos años en México.

Es imposible saberlo, no hay mecanismos de medición; solo podemos suponerlo, siempre a partir de la experiencia propia. Pero es cierto que hay algunos cambios sociales que inciden en la forma, intensidad, frecuencia o percepción de lo que se vive.

Entre ellos, hay que tener en cuenta que la convivencia que niñas, niños y adolescentes tienen hoy con la violencia, es muy diferente a la que había hace algunos años; la viven de distintas formas y con otras expresiones en el hogar, en los espacios públicos, en el transporte; la ven reproducida en programas infantiles o en los medios de comunicación masiva, incluso a veces exaltada o presentada como elemento de éxito o de poder, como si se tratara de algo deseable.

Esto provoca que lo perciban como una forma aceptada de relación social, de manera más normal y cotidiana.

También hay que reconocer el lado positivo de tener un avance en el reconocimiento de los derechos individuales (la actual generación menor de 18 años nació en su totalidad después de ratificada la Convención de los Derechos del Niño), lo que hace que se busque defenderlos aún sin conocerlos y sin contar con los medios adecuados: queremos ejercer todos los derechos, pero sin perder privilegios, ni aún los conseguidos de manera autoritaria.

Valga como dato recordar que, según datos de la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México (Enadis) 2010, los adolescentes entre 14 y 17 años aceptan de mejor manera la diversidad sexual, religiosa o política que otros grupos de edad, pero también legitiman más la violencia contra las mujeres, ciertas formas de intolerancia, o piden con más énfasis la regulación de la migración indocumentada.

El reconocimiento de los derechos no cambia en automático las prácticas colectivas, si los grupos sociales no impulsan las acciones necesarias para aprender a vivir en una sociedad de derechos.

Además, la posibilidad de contar con opciones de difusión inmediata –al alcance de la mano— como las redes sociales, las cuales suponen una capacidad de expansión y a veces la magnificación de ciertas situaciones. Hace posible el ciberbullying ( la difamación, el acceso a fotos sin el consentimiento de la persona, etc.), por ejemplo.

Y a todo ello se suman otros factores que a veces no parecen relacionados, pero que inciden, como el adultocentrismo, estrés escolar, el sistema educativo tradicional, la inmadurez emocional, la adolescencia, problemas psicológicos, y situaciones de conflicto social.

Sin duda es un problema complejo y multifactorial. Quizá sobre todo porque casi siempre es reflejo de las situaciones de violencia, agresión o falta de capacidad en el manejo de esas situaciones en los grupos sociales y que se desenvuelven en la comunidad escolar.

Este no es en lo general un problema provocado solo por un chico, una chica, o un grupo agresor, y que se pueda eliminar con su expulsión de la escuela. Difícilmente se consigue expulsar a la intolerancia y la violencia. No hay soluciones evidentes, pero las intervenciones de fondo de las autoridades educativas, que implican a toda la comunidad –incluidas madres y padres de familia-, pueden dar mejores posibilidades de condiciones sociales armónicas y mecanismos no violentos para resolver esta problemática.

Sin una intervención integral, es un error reproducir esquemas de populismo punitivo: castigos, expulsiones, vigilancia, exclusión; ello puede responder a ciertos casos, pero no modifica ambientes sociales.

Aunque no son lo mismo, bullying y discriminación tienen elementos comunes: modo reiterado y asimétrico de abuso de poder (real o percibido) que una persona o grupo ejerce sobre otra, y que supone formas de violencia basada en la desigualdad de trato en razón de condiciones de identidad (apariencia, orientación sexual, origen, nacionalidad, tono de piel, edad), de condiciones sociales o de vida (nivel socioeconómico, tipo de familia a la que se pertenece, discapacidad, salud), o preferencias personales (opiniones, religión, filiación política, pertenencia a algún grupo). Es decir, casi por cualquier motivo, cualquier persona puede ser víctima, victimario, o testigo de discriminación y/o de bullying.

No se pueden eliminar las diferencias identitarias, de condiciones de vida o de preferencias. Ni siquiera se debe intentar matizarlas, so pena de violentar la dignidad y los derechos. Por el contrario, son esas mismas diferencias –la riqueza de la diversidad humana- la que se protege con los derechos reconocidos legalmente; éstos nos deben permitir y cuidar el complejo camino personal y social de ser quienes somos.

Y justo para eso es que es imperativo que las autoridades, y las comunidades educativas tomen en sus manos la responsabilidad de hacer que cada ambiente escolar sea –como lo pretendemos para todo el país- una sociedad de derechos.

Si en cada escuela –de todo tipo y en cada lugar de México— los niños, niñas y adolescentes no pueden ver protegidos sus derechos, estar seguros y ver respetada su dignidad, es casi imposible lograr que suceda en espacios sociales más amplios.

La reforma educativa, en derechos humanos, y la que debemos hacer en las prácticas y la cultura social para hacer que el ejercicio de los derechos acabe por expulsar, no personas en particular, sino a la violencia, la intolerancia y la discriminación. Es un enorme y colectivo reto.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Ricardo Bucio Mújica.

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