OPINIÓN: Las miradas, sin prejuicios, a las personas con síndrome de Down

Existe discriminación para poder ejercer muchos derechos y libertades en función de un cromosoma de diferencia
Una película documental del síndrome de Down
Ricardo Bucio Mújica
Autor: Ricardo Bucio Mújica | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Ricardo Bucio Mújica es Presidente del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred). Puedes seguirlo en su cuenta de twitter: @ricardobucio. Cada 21 de marzo se conmemora el Día Mundial del Síndrome de Down.

(CNNMéxico) — Conozco a Octavio hace más de 20 años. Lo admiro y lo quiero. Recién nacido, fue abandonado en una institución de asistencia de la Ciudad de México, en donde durante 15 años vivió situaciones indignas. Fue víctima de violencia, que quedó tatuada en sus cicatrices.

Bebía agua de una fuente, como la gran mayoría de las personas internas. Nunca tuvo educación, ni ningún apoyo para aprender a comunicarse. Ahí vivió hasta que el lugar fue cerrado por maltrato. Fue abandonado por tener síndrome de Down.

Su discapacidad, y la de las otras personas que también vivían en ese lugar, no solo propició el abandono familiar, sino también el estigma social —que sirve para justificar un trato desigual— e hizo que la protección de las instituciones del Estado no se hiciera presente, quizá por componentes de minusvaloración acerca de lo que importan socialmente las personas con una discapacidad intelectual.

LEER: Lo que necesitas saber del síndrome de Down

No todas las personas que tienen síndrome de Down han vivido con tanta fuerza los efectos de los prejuicios y la minusvaloración. Pero casi todas han sufrido discriminación, y ésta ha afectado su derecho a la educación por las insuficiencias y negación de la mayoría de las escuelas a la discapacidad, por la creencia muy extendida de que no aprenderán nada, o no les servirá de nada.

Así también han vivido negación de su derecho a la salud por la falta de adecuación de servicios, o la exclusión de la seguridad social y de los seguros privados.

A la inclusión social, por una mirada que distingue, que segrega, que inferioriza o que les considera ángeles, pero no iguales.

Al trabajo, por la perspectiva equívoca de homologar discapacidad a incapacidad.

Hay discriminación para poder ejercer muchos otros derechos y libertades, en función de un cromosoma de diferencia, y de enormes muros de incomprensión, rechazo y miedo a la discapacidad.

Pero también hay procesos de inclusión, aunque no lo son en todos los ámbitos, ni siquiera en la mayoría. Gracias a ellos Octavio ha recuperado su dignidad, es respetado y a sus cuarenta años tiene una enorme capacidad de reconocer, abrir sus brazos a los demás, y promover la dignidad de las demás personas. Pero sigue teniendo barreras cuasi infranqueables para casi todo lo demás.

El Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, ha expresado en su mensaje con ocasión del Día Mundial del Síndrome de Down, 21 de marzo de  este 2013, que: "en la vida laboral, los estereotipos contra las personas con síndrome de Down a menudo significan que se les niegan oportunidades de formación profesional y su derecho al trabajo. En el ámbito político y público, a las personas con síndrome de Down y otras personas con discapacidad intelectual se les suele privar de su derecho a votar y participar plenamente en el proceso democrático”.

El síndrome de Down puede ser origen de situaciones muy complejas para las personas y las familias.

Sin duda, hay dolores humanos que no se pueden evitar, pero hay muchos dolores que son evitables o que pueden vivirse de manera totalmente distinta. Entre muchas otras cosas, para eso sirve —o en todo caso, debe servir— el poder.

El poder del Estado sirve para aumentar la esperanza de vida, para crear oportunidades donde no las ha habido y para disminuir los riesgos que existen, de tantas formas, todos los días.

Puede crear mecanismos para acceder a bienes y servicios de todo tipo sin que las condiciones de identidad o características personales sean motivo de exclusión. El poder debe abrir caminos y puertas a la inclusión y debe ser garante del respeto a la dignidad.

Pero también hay muchos otros tipos de poder, como el que tenemos todas las personas a través de las miradas. Cuando miramos, cuando nos miran, las miradas significan, nos relacionan con nuestro interior y con el exterior, dicen de nosotros y de nuestra forma de vivir.

Cuando miramos a las personas antes que a sus características, preferencias o condiciones de identidad, también nos construimos a nosotros mismos. Como cuando podemos mirar, dialogar, aceptar y relacionarnos con Alan, Celine, Brandon, Mariana y Octavio o con muchos otros u otras más antes que con su síndrome de Down.

Desde las miradas sin prejuicios —personales, sociales, políticas, económicas, mediáticas o religiosas— nos relacionamos, nos abrimos a la diferencia, actuamos en consecuencia, nos pertenecemos y, paradójicamente, es entonces cuando somos más libres y tenemos más posibilidad de ejercer nuestros derechos.

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Y tenemos también mayor posibilidad de abrir las puertas y construir familias, escuelas, empresas, clubes deportivos, congresos legislativos, hospitales, templos, comercios, consultorios, restaurantes, transportes, oficinas y sociedades, en donde un cromosoma de diferencia no nos desiguale en dignidad y en derechos.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Ricardo Bucio Mújica.

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