OPINIÓN: Tras lo ocurrido en Boston, ¿se puede pensar en estar a salvo?

Analizar cuidadosamente los hechos puede reducir la eficacia de ataques como el del maratón o el 11-S
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Autor: David Rothkopf, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: David Rothkopf escribe regularmente para CNN.com. Es director operativo y editor del FP Group, casa que publica la revista Foreign Policy, y es catedrático visitante en la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.

(CNN) El terrible ataque que ocurrió el lunes en la línea de meta de la Maratón de Boston nos recuerda tanto nuestra vulnerabilidad física como la fragilidad de nuestra tranquilidad.

Lloramos a las víctimas y nos preocupamos por nuestros amigos y familiares, porque fuimos bombardeados, en un evidente acto de terrorismo, que nos estremece y conmueve hasta el alma como lo ocurrió en el 11-S.

Las viejas preguntas que se reprimieron durante años vuelven a surgir.

¿Cómo podemos estar a salvo? ¿Podemos lograrlo? Y desde luego, ¿quién fue? ¿Por qué?

Para nosotros, el primer deber tras los ataques en Boston es asegurarnos de que no persistan amenazas relacionadas. De igual forma, debemos cuidar de los lesionados y familiares de quienes perdieron la vida. Sin embargo, el 9/11 nos enseñó una cosa más: cuidar de nosotros mismos, a decir verdad. Y luchar para mantener el equilibrio y la serenidad.

A principios de este mes, durante un Foro de Investigación Ejecutiva de la Policía en Washington, se discutió una postura que las autoridades han fomentado en años recientes en caso de un ataque como los tiroteos en masa: a veces lo mejor es actuar en vez de huir. Esto tiene algo de sentido, en particular, si existe un perpetrador visible a quien se deba perseguir o si hay víctimas a las que se deba ayudar.

Sin embargo, en los momentos seguidos al hecho, debemos recordar también que la reflexión y el análisis cuidadoso son más importantes que los actos impulsivos que solo agravan el terrorismo y, a final de cuentas, los costos del ataque.

En las siguientes horas, se dieron las reacciones prudentes comprensibles. Nueva York y Washington implementaron estados de alerta elevada. Los amigos y familiares intercambiaron mensajes de texto para averiguar si sus seres queridos debían salir de Boston.

No hay duda de que los organizadores de los próximos eventos públicos empezarán a reconsiderar sus medidas de seguridad. El informe del presidente Obama, los mesurados comentarios en los que externó su empatía por las víctimas, la determinación por buscar justicia y el compromiso de otorgar un apoyo absoluto federal a las autoridades locales y estatales, fue el ejemplo perfecto de una respuesta apropiada.

Sin embargo, en todas partes, las reacciones fueron febriles. La "tuitósfera" explotó con mensajes explícitos, rumores, reacciones y exageraciones. Se capturó la histeria colectiva, la mezcla de reacciones sanas y tóxicas, casi como se habría hecho a través de una fotografía, una imagen de alta resolución sobre el estado de ánimo de incontables transeúntes y partes interesadas.

Al leer los tuits y las primeras historias, además de escuchar acerca de los retenes en los aeropuertos y las maniobras de seguridad en la Casa Blanca, fue muy fácil recordar el ambiente que predominó tras el 11-S, un momento en la historia en el que el miedo justificado alimentó al pánico. Sin embargo, esto se tradujo en la represión de las libertades civiles, una guerra innecesaria y unos de los días más oscuros para Estados Unidos.

Las tragedias como esta requieren de la respuesta rápida de la policía y de los servicios de emergencias, sin mencionar a los funcionarios de Seguridad Nacional. Sabemos por experiencia que el mejor complemento que le podemos dar a los terroristas son aquellos inocentes y bienintencionados que esparcen y exageran lo ocurrido.

Así como debemos encontrar a los perpetradores, también es necesario permanecer racionales y en calma para minimizar la efectividad de estos actos y reducir el atractivo que tienen para los terroristas.

Esta es la forma en la que los países arruinados por la violencia, como Israel, han manejado los ataques desde hace mucho. Ser decididos acerca de la seguridad, la inteligencia y la aplicación de la ley. Enfatizar de igual forma la conservación del orden y garantizar la mínima perturbación posible de la vida diaria.

Cuando se escribió esta columna, se habían reportado más de 100 víctimas. Es fácil dejar que la angustia alimente a la ira o algo peor. Tristemente, hemos estado aquí antes. Es hora de que usemos las lecciones del pasado para asegurarnos de que responderemos hoy y en el futuro mejor que antes: con determinación y perspectiva, con la decisión de mantener la vida cotidiana y de lidiar con su cruel interrupción.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a David Rothkopf.

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