OPINIÓN: Mandela, mi ejemplo de vida

Los africanos tienen la tarea de perpetuar la lucha por la libertad que Mandela inició en su país y se extendió por el continente
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Kennedy Odede, especial para CNN
Autor: Kennedy Odede, especial para CNN | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Kennedy Odede es presidente y director general de Shining Hope for Communities, una organización no lucrativa que combate la desigualdad de género y la pobreza extrema en el barrio de Kibera, en Nairobi, Kenia. Recibió la beca New Voices 2013 del Instituto Aspen.

(CNN) — No conozco a Nelson Mandela, pero hemos charlado muchas veces.

En la pequeña choza en la que vivía con mi familia en el barrio de Kibera, en Nairobi, hablaba con el gran hombre y esos monólogos me impulsaban a seguir adelante.

Mandela sobrevivió a 27 años de prisión. Tal vez yo también podría salir.

Mandela se volvió el primer presidente negro de Sudáfrica en 1994, cuando yo tenía 10 años. En Kibera, la gente celebraba y en las calles se hablaba de este hombre, pero no entendí cómo su historia se relacionaba con la mía sino hasta más adelante. Yo luchaba simplemente para sobrevivir.

A los 10 años, vivía intermitentemente en las calles. Saltaba de casa en casa; no podía vivir con mi madre porque mi padrastro había amenazado con matarnos a ambos si intentaba volver. Sabía que había nacido pobre y creía que moriría pobre. Esa era mi prisión.

Necesitaba un ejemplo a seguir, pero en Kibera no abundaban. A los 16 años, me encontraba bajo la presión de las pandillas y las drogas, mientras luchaba contra la tentación de beber para olvidar mi miseria y de hallar consuelo temporal con las mujeres como lo hacían mis amigos.

Aún cuando las tinieblas del sida se esparcían, no creía que hubiera razón para no morir joven porque no tenía nada por qué vivir.

La vida en los barrios parecía cobrar la vida de un amigo todos los días. La policía mató a mi amigo Boi: pensaron que se parecía a un criminal. Mi amigo de la infancia, Calvin, se ahorcó. En su nota de suicidio escribió lo que yo sentía: "Simplemente no puedo soportarlo más". Violaron a mis dos hermanas y quedaron embarazadas cuando eran aún adolescentes. Parecía que la gente se desvanecía y desaparecía.

Vivir era la excepción. Ahora tengo 29 años y solo sobreviven dos de mis amigos cercanos de la infancia.

Mandela salvó mi vida.

Un estadounidense que estaba de visita me regaló dos libros. Nunca asistí formalmente a la escuela, pero aprendí a leer y a escribir con la ayuda de un sacerdote amable. El estadounidense me dio una recopilación de los discursos de Martin Luther King Jr. y una copia de El largo camino hacia la libertad de Mandela. El libro de Mandela me conmovió. No podía dejar de leerlo. Podía imaginar la vida de esta persona.

Por primera vez en mi vida pensé que tenía opciones. Podía someterme a la degradación de la pobreza, a la desesperanza reinante o podía iniciar mi propio largo camino.

Empecé con poco: usé los 20 centavos que me pagaban en una fábrica para comprar un balón de futbol. Organicé a los jóvenes para que trabajáramos en una organización que ha crecido y ahora cuenta con una escuela para niñas, una clínica y un proyecto de servicios para la comunidad. Este año atenderemos a 50,000 personas. Sin embargo, conforme observo los problemas estructurales de la pobreza urbana en mi país, siento que mi labor acaba de empezar.

A pesar de mis dudas y preocupaciones, todos los días sostenía una conversación privada con Mandela. Le preguntaba qué hacía cuando sus problemas parecían insuperables.

Compartí con él mis triunfos y leía cada discurso suyo que encontraba.

Sin embargo, conforme crecía, empecé a preguntarme acerca del poder y los peligros que implicaba ser un héroe viviente. Para mí y para mi continente, Mandela era más que una persona: es el emblema del progreso. Salió de la pobreza y no permitió que las penurias lo amargaran. Parecía que obtenía su valor de un sentido de urgencia.

Temo que nos conformemos demasiado con su legado. Que nos conformemos con honrar lo que Mandela defendió y que olvidemos mantener su sentido de urgencia.

El viaje hacia la libertad en mi país y en el de Mandela no ha terminado. Hace poco fui a Johannesburgo y hablé durante una hora con tres jóvenes acerca de los aplastantes retos a los que se enfrentan al vivir en uno de los nacientes barrios de Sudáfrica.

No están solos. Mandela logró muchas cosas, pero la brecha mundial entre los pobres y los ricos se ahonda y la creciente inequidad amenaza con destruir todo aquello por lo que él luchó.

Aún converso con Mandela y me preguntó qué haría hoy. Cómo organizaría otro movimiento para sacar adelante a África. Estas son las conversaciones que todos tenemos que empezar a entablar.

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Conforme esperamos su partida, también debemos celebrar que necesitamos una nueva generación de líderes entregados e inspirados. Para mí, el ejemplo de Mandela siempre será un recordatorio de lo que se puede lograr cuando las convicciones se enfrentan a las injusticias, del trabajo que queda por hacer y del largo camino que tenemos por delante.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Kennedy Odede.

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