OPINIÓN: La destitución de Morsi, ¿es un golpe de Estado en Egipto?

El Ejército es una institución respetada en Egipto y las familias están familiarizadas con una percepción positiva de la milicia
Cuáles son los cambios en Egipto
Autor: H.A. Hellyer | Otra fuente: 1

Nota del editor: H.A. Hellyer es colaborador no residente de la Brookings Institution, escritor sobre política en Egipto y ha tenido alto puestos en Gallup y la Universidad de Warwick.

(CNN)  — ¿La destitución del presidente Mohamed Morsi en Egipto fue un golpe de Estado? Responder esa pregunta es fácil, pero no sin antes hacer una aclaración muy importante: fue un golpe de Estado legitimado por el pueblo; y enfocarse en eso ahora es mucho menos relevante que el futuro.

Por supuesto, hay un argumento en contra de llamarle "golpe de Estado".

Por lo general, un golpe de Estado es entendido como una acción para reemplazar la autoridad de un régimen civil a uno militar.

Si lo que sucedió en Egipto es considerado como un golpe de Estado, se da por sentado que de hecho había un régimen civil con la autoridad absoluta sobre las instituciones del estado y un Ejército completamente subordinado a la autoridad civil. Esa afirmación en el contexto de la arena política de Egipto es cuestionable.

La realidad política de Egipto, desde 1952, ha estado intrínsecamente vinculada con la autoridad militar. Cuando las multitudes tomaron las calles, en 2011, el Ejército egipcio decidió sacrificar a uno de ellos: el presidente Hosni Mubarak.

Al igual que todos los líderes de Egipto después del derrocamiento del rey en 1952, Mubarak provenía de las filas militares, pero su presencia prolongada se consideraría una amenaza para la estabilidad del Estado egipcio, debido a la presión popular.

Los militares no retrocedieron, de hecho, tomaron un rol más directo en el gobierno del país, del cual hasta ahora se habían apartado para concentrarse en sus propias actividades. Hay muchas de ellas, en distintas partes de la economía egipcia, pero la actividad de las fuerzas armadas en esta faceta de la sociedad no significaba que no tuvieran el poder para intervenir en otras partes.

Debemos tener en cuenta que en la historia moderna de Egipto, los militares han tenido un gran apoyo público. Eso continuó durante la transición del gobierno en el periodo 2011-2012.

Incluso cuando el sentimiento antimilitar era más alto, Gallup registró que la confianza de la sociedad en esa institución permanecía en 85%, y en algunos casos excedía el 90%. Esa cifra puede ser menor ahora, a medida que los simpatizantes de Morsi se llenan de resentimiento en contra del Ejército por haberlo quitado del poder; aún así, es probable que esté sobre el 80%.

El Ejército de Egipto es una institución con la cual la mayoría de las familias egipcias tiene relación, por reclutamientos o a través de una narrativa histórica positiva en las escuelas, así como su representación en los medios. Eso nunca ha cambiado.

En el último año, Morsi y la Hermandad Musulmana cometieron muchos errores e intentaron implementar políticas realmente malas que jamás podrían ser consideradas como medidas incluidas en los intereses de la revolución egipcia. De hecho, sus críticos más duros argumentan que en lugar de reformar un “profundo estado”, simplemente intentaron usarlo para intereses partidistas.

Uno de sus peores cálculos, sin embargo, fue asumir que después de seis semanas del establishment militar, Morsi había logrado ubicar al Ejército bajo su control. Morsi nunca sacó al mariscal de campo Mohammed Hussein Tantawi; los militares reconstituyeron su propio liderazgo al nombrar al general Abdel Fatah al Sisi a cargo. El Ejército se percibe a sí mismo como una institución autónoma y jamás ha considerado que esté bajo el control de Morsi.

Mientras Egipto se dirige a un futuro incierto, debe lidiar con esos asuntos con unl telón de fondo de una población civil que tiene confianza en su milicia. Los últimos dos años y medio han traído luz sobre algunos asuntos de la realidad militar en Egipto que pocos conocían antes, algunos relacionados con los abusos a los derechos humanos que se llevaron a cabo durante el periodo de Tantawi, y otros vinculados con la fortaleza económica del Ejército en Egipto.

Sin embargo, y esto debe enfatizarse, la milicia aún tiene un gran apoyo de la mayoría de los ciudadanos egipcios.

A medida que los egipcios superan los eventos de esta semana, los asuntos por los cuales salieron a las calles en 2011 permanecen. Nadie puede confiarse en que los militares tomarán acciones en esos terrenos, pues los generales no están interesados en involucrarse con el gobierno. Es viable considerar todo este episodio como desafortunado; ellos habrían preferido quedarse en los cuarteles y no lidiar con el negocio desordenado del gobierno civil.

En la Constitución avalada el año pasado por Morsi, la autonomía y el estatus preferente del Ejército fue muy protegido, y es improbable que cualquier fuerza política pueda reunir un consenso político suficiente para cambiar esa relación. De hecho, la opinión pública puede incluso oponerse a un cambio en esa materia, al menos por ahora.

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La corrupción permanece en el Estado. Morsi nunca abordó eso. La tortura continúa dentro de la fuerza policial. El gobierno de Morsi fracasó en combatirla. En general, el Ministerio del Interior sigue sin reformarse. El acoso sexual y la violencia jamás se tomaron en serio en el pasado y lidiar con eso es una prioridad aún mayor ahora, a pesar del trabajo de grupos valientes como Operación Antiacoso y Mapa de Acoso.

¿Podrá el nuevo gobierno, que está en construcción, empezar a abordar esos temas? ¿Quién sea que gane las elecciones podrá abordar esos temas?

El tema de las reformas permanece y ellas probarán ser el máximo examen para cualquier gobierno que surja de este periodo de transición.

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Morsi falló en cumplir las demandas de la revolución del 25 de enero y perdió su legitimidad entre el pueblo de Egipto. Las nuevas autoridades egipcias tienen una oportunidad de aprender de esos errores y actuar acorde a ello. ¿Podrán los militares ser un apoyo para cumplir esas demandas y la producción de una democracia genuina y plural? El tiempo lo dirá.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a H. A. Hellyer

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