OPINIÓN: Peña Nieto, actor clave de las elecciones, aunque no determinante

La violencia en los procesos electorales parece prevalecer, pero el Pacto por México significó una herramienta de conciliación política
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Autor: Héctor Villarreal | Otra fuente: 1

Nota del editor: Héctor Villarreal es doctor en ciencias políticas y sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Se dedica a la consultoría, la docencia y el periodismo. Síguelo en su cuenta de Twitter: @VillarrealH

(CNNMéxico) — El regreso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a Los Pinos hacía sospechar o por lo menos advertía, un posible estancamiento en la democratización del país o inclusive de una regresión al autoritarismo.

Tomando en cuenta que el control del presidente sobre las elecciones fue uno de los rasgos que caracterizaron en el pasado el ejercicio del poder en México, los primeros comicios en el gobierno de Enrique Peña Nieto constituyen uno de los eventos clave para ponderar si estamos mejor o peor en el largo y difícil tránsito hacia la democracia.

En primera instancia, parto de considerar que la democracia es como la felicidad: no es un destino, sino un camino. Valga la analogía, nuestros procesos electorales no marchan en autopista, sino en una brecha accidentada. Los que corresponden a la jornada del pasado domingo se ubican en una zona de baches, y cabe preguntar si este tránsito ha sido causado o agravado por la presencia del PRI en la Presidencia de la República. Para responder con relativa certidumbre, la manera más fácil es hacer una comparación respecto a los procesos electorales previos, los que se llevaron a cabo durante la administración del PAN de 2006 a 2012.

Similitudes

1.- La violencia se ha vuelto parte de la mala normalidad que atraviesan los procesos electorales locales, al menos desde 2010, cuando fue asesinado Rodolfo Torre Cantú, candidato del PRI a gobernador de Tamaulipas. Varios asesinatos de candidatos de distintos partidos y el coordinador de campaña del PRD en Zacatecas en los comicios el domingo forman parte un fenómeno transexenal que daña a todas las fuerzas políticas participantes y a la democracia misma. Tras seis meses, me parece que el gobierno federal no sido suficientemente eficaz para revertir esta condición, que por el contrario, parece haberse agravado.

2. La que considero una actuación gris o poco relevante de la Fiscalía Especializada Para la Atención de Delitos Electorales (Fepade), que es uno de los instrumentos institucionales con los que cuenta el gobierno federal para disuadir y perseguir la comisión de estos ilícitos, es muy similar a la que tuvo en la administración pasada. No hay un cambio para que rinda mejores resultados, ante la evidencia de casos y expedientes acumulados.

3. Las coaliciones electorales se basan en el cálculo costo-beneficio más que en las orientaciones ideológicas. Quienes son adversarios en un proceso local o federal se alían con relativa facilidad en otros, dependiendo de si esto les permite aumentar sus posibilidades de triunfo o rentabilidad. Esto se ha vuelto parte de nuestra normalidad democrática.

4. La competencia electoral está determinada por las condiciones de los procesos locales, más que por las presiones o intereses de lo federal, desde los procesos de selección de candidatos hasta las prácticas clientelares y la influencia de los gobernadores, sean de una u otra filiación partidaria.

5. La mayoría de los procesos electorales continúan siendo altamente competitivos, pero también persisten bastiones partidarios que se resisten a la alternancia. La filiación partidaria del presidente Peña Nieto no parece ser decisiva en ello.

Novedades

1.- No se publicaron encuestas que indicaran tendencias en las intenciones de voto. ¿Alguien las extraña —además de los encuestadores o los medios que las publicaban—? Más bien parece que esta ausencia sienta mayor confianza entre los partidos respecto a la equidad de la contienda, reduce la tensión luego de que se cuestionó severamente esta herramienta como un agente interesado en la orientación de las preferencias y las expectativas a favor del actual presidente.

2.- PAN y PRD están en crisis, aunque dicha situación no parece haber afectado gravemente sus resultados, ya que sus capacidades para movilizar sus recursos —económicos y humanos— e influir en las preferencias electorales de la ciudadanía pudieron más que sus conflictos internos.

3.- No resultó confiable el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), de Baja California, instrumento que debería ofrecer certidumbre en el conteo de los votos (como un mecanismo que podría dar seguimiento a los resultados que iba reportando cada casilla conforme a las actas entregadas por los ciudadanos). Parece una caída del sistema —escenario que se suponía superado—, pero esta vez bajo control de la autoridad electoral local, lo cual abona a favor de las propuestas para una centralización o federalización de los órganos electorales.

4. El Pacto por México constituye un nuevo espacio de conciliación política que suaviza o modera la conflictividad durante las distintas etapas de los procesos electorales. No como una instancia para dirimir los resultados, pero sí como un factor que favoreció que el presidente no interviniera en el proceso a favor de su partido, o que al menos ayudó a reducir las acciones clientelistas del gobierno federal como condición para mantener la agenda legislativa pendiente.

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En suma, me parece que hoy en día el presidente es un actor más. Sí, importante, pero no el conductor de los procesos electorales. O por lo menos no el único. Su responsabilidad en la consolidación de la democracia es compartida y en lo que le toca, considero que falta a ella más por omisión que por acción.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Héctor Villarreal.

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