OPINIÓN: Los británicos tienen a la realeza, ¿y EU tiene a las Kardashian?

Para muchos británicos, la familia real es un vínculo con el pasado histórico y un motivo de orgullo para la clase media conservadora
william y Kate  muñecos de william Y kate
Autor: Dan Jones, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: Dan Jones es historiador y columnista y vive en Londres. Su nuevo libro, The Plantagenets, editado por Viking, será publicado en Estados Unidos por la editorial Viking-Peguin y en Reino Unido por la editorial William Collins. Síguelo en Twitter.

(CNN) — El 6 de enero de 1367 nació un bebé real en la abadía de San Andrés, en Burdeos, Francia. Fue niño. Su padre era Eduardo de Woodstock, príncipe de Gales (quien pasó a la historia como el Príncipe Negro). Su madre fue una princesa fabulosamente glamorosa, llamada Juana de Kent.

El abuelo del niño era el envejecido rey Eduardo III, y aunque cuando el pequeño Ricardo de Burdeos nació ya tenía un hermano, el niño mayor moriría y Ricardo llegaría a ser rey de Inglaterra: lo coronarían como Ricardo II en 1337. Tenía solo diez años. Su reino sería más o menos desastroso, pero no tenemos que entretenernos en eso en este momento.

El nacimiento de Ricardo de Burdeos fue un momento de gran interés internacional. Les importaba a los franceses, con quienes los ingleses libraban la Guerra de los Cien Años. Le importaba a lo que ahora conocemos como España, en donde el Príncipe Negro libraba una brutal campaña militar. Les importaba a los demás dignatarios de Europa. Al bautizo de Ricardo asistieron tres monarcas: Jaime IV, rey de Mallorca; Ricardo, rey de Armenia, y Pedro, rey depuesto de Castilla. En breve, si un nacimiento de la realeza medieval podía ser una noticia mundial, era este.

En donde me encontraba hoy, el hospital de St. Mary en Paddington, Londres —donde la duquesa de Cambridge dio a luz a un bebé varón el lunes— no había reyes ni reinas extranjeros esperando a participar de la pompa. Sin embargo, de cualquier forma, el nacimiento del bebé real fue una noticia mundial.

Llegaron equipos de noticieros de todo el mundo que enviaban a todos los rincones del planeta imágenes de… bueno, de los equipos de los noticieros de todo el mundo. Se codearon con los turistas y las personas bienintencionadas, con los transeúntes ociosos y los partidarios de la monarquía que querían dejar un regalo a la madre y a su bebé. Unos cuantos pacientes del hospital pasearon por los pasillos y lucían divertidos. Era una aglomeración sudorosa y bulliciosa.

¿Por qué? ¿Cómo es que, aunque el poder de la familia real inglesa es una ínfima fracción de lo que solía ser, las celebraciones de los Windsor siguen cautivando al mundo al igual que lo hicieron los nacimientos de los bebés de las casas Plantagenet y Tudor?

El equipo del noticiero con el que estaba filmando este miércoles me dijo que habían entrevistado a una dulce pareja de Indiana, Estados Unidos, quienes dijeron que pensaban que la monarquía británica era maravillosa. Estos radiantes visitantes —y arbitrario barómetro del sentimiento estadounidense— dijeron que si les dieran la oportunidad, felizmente tendrían un rey y una reina de Estados Unidos. ¿Alguien dijo 1776? ¿No? Eso pensé.

No puedo hablar en nombre del resto del mundo, pero en Gran Bretaña es fácil analizar la persistente fascinación y el entusiasmo popular que nos provoca la monarquía. Aunque suene trillado, la familia real es un vínculo viviente con nuestra historia nacional. Nuestra historia se construye —o se enseña— alrededor de reinos y dinastías. Nuestra confusa constitución ha evolucionado en gran medida alrededor de la monarquía, desde la Carta Magna de 1215, hasta la Ley de Sucesión a la Corona de este año, que hoy prevé (al parecer, innecesariamente) que una niña puede heredar el poder real en igualdad de circunstancias si nace antes que un varón.

Culturalmente, la monarquía también se volvió una especie de reality show para un público fino: es material para vender revistas y periódicos y su temporada actual cuenta con personajes realmente buenos, tanto viejos como jóvenes. Hay empatía humana por la realeza, se les considera “personas reales” que han pasado “tiempos difíciles”, aunque también existe el voyeurismo sigiloso que persigue a una familia ungida, inexorablemente, con una fama mística. ¿Quién necesita a las Kardashian? Tenemos a la realeza y ellos han existido durante casi un milenio.

Y luego, claro está, reconocemos secretamente que la familia real es virtualmente la única reliquia sobreviviente del rígido sistema de clases del pasado británico. Aunque (la mayoría de nosotros) no lo extrañamos en la práctica, una buena parte de los miembros de la clase media conservadora británica comparte un orgullo pretencioso al presentarnos ante el mundo como una tierra de rangos y títulos, de sangre azul y alta cuna, una nación que todavía tiene una ilógica veta de honor en su corazón.

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El hecho de que esto parezca contradecir todos los credos liberales de nuestro tiempo —igualdad, democracia, meritocracia, apertura, transparencia, justicia— solo lo vuelve más suculento. En el corazón de la Gran Bretaña moderna existe algo medieval y creo que nos gusta que el mundo entero esté preparado y atento para celebrarlo.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Dan Jones.

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