OPINIÓN: El Caro Quintero que yo conocí sabía dar consejos en la cárcel

El capo mexicano era reservado, hablaba poco con los internos, pero siempre estaba presto a dar un consejo y a tranquilizar a algún preso
Rafael Caro Quintero
J. Jesús Lemus
Autor: J. Jesús Lemus | Otra fuente: 1
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Nota del editor:  El periodista Jesús Lemus es autor del libro Los Malditos  escrito tras su estancia de tres años en el Penal de Puente Grande, Jalisco. En el libro relata sus encuentros y conversaciones con algunos de los presos más célebres de ese penal, antes de que él mismo fuera exonerado en el 2011 de los delitos de delincuenca organizada y fomento al narcotráfico. 

PERFIL: ¿Quién es Rafael Caro Quintero?

(CNNMéxico) — A Rafael Caro Quintero lo conocí en diciembre del 2008. Nunca me pareció el delincuente del que se habló en los medios de comunicación cuando dieron cuenta de su captura en 1985.

Cuando lo vi en el pasillo 2-B del módulo uno de la cárcel federal de Puente Grande, en Jalisco, ya no había ni rastros de aquella imagen que en su momento vimos hasta el cansancio en televisión: el 'narco' bigotón, de melena larga y abundante. Yo conocí al hombre cansado por la cárcel, pero con un carácter firme que pocas veces había visto.

Nunca hablé con él sobre su aspiración de libertad ni su proceso, pero me parece que era evidente –como en todos los presos- que deseaba con toda su alma salir de prisión y dejar atrás las altas y sucias paredes de concreto, coronadas por serpentinas de alambres frías y filosas. Él tenía 56 años cuando lo conocí y ya llevaba más de 24 años encarcelado.

En alguna ocasión me habló de lo difícil que es la cárcel y de todo lo que se tiene que soportar si se quiere seguir vivo y cuerdo. Sus consejos siempre los aquilaté, no por venir de Rafael Caro Quintero, sino por ser un preso con tantos años en la cárcel. Una vez me dijo el refrán que le caía al dedillo: más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Nunca fue un diablo en la cárcel, más bien muchos lo vieron como un ángel que siempre estaba presto a dar un consejo y a tranquilizar a aquellos presos que de pronto se sumían en la depresión de la soledad.

Su carácter era reservado. Hablaba poco con los internos. Casi siempre se concentraba en sus propios pensamientos y para ello se alejaba de los grupos de presos. Él prefería la soledad de una banca, al sol. Ahí pasaba los pocos minutos que se nos permitía estar fuera de la celda.

A veces la mirada se le iba como buscando algo a lo lejos. Se quedaba pensativo y quieto, como en espera de pescar algún recuerdo mientras hacia el recuento de sus cosas en la cabeza, y poco a poco iba desmarañando ese laberinto de ideas en el que él solo se metía y del que al término del día, también solo, salía.

Dejó la cárcel este viernes. Rafael Caro Quintero ya es un hombre totalmente libre, con 'todas las de la ley' –como dicen en la cárcel, cada vez que sale un preso-. Me parece que los medios de comunicación debaten cuestiones morales, ajenas al Estado de Derecho que priva en México, preguntando si su liberación es o no aceptable.

Los medios de comunicación están inundados de expertos en leyes que hablan y opinan sobre el derecho y la justicia en nuestro país. Considero que esa discusión tiene poca trascendencia para el reo que alcanzó finalmente su libertad.

Al margen de los cuestionamientos públicos y de si es moralmente aceptable o no la liberación de Caro Quintero, creo que hay algo de cierto en todo esto: otro reo –más allá de si está o no rehabilitado- le ha ganado a la cárcel y a la ferocidad de las rejas que todos los días le tiraban a matar.

Un preso más ha salido avante del sistema carcelario mexicano, uno de los más feroces e inhumanos que pueden existir en el mundo, dada la política de exterminio que allí se practica y donde todos los días, los derechos humanos de los reos son ignorados, por sistema.

Salir vivo de una cárcel de alta seguridad, como Puente Grande, es ganarle a la muerte todos los días. Es en sí mismo un festejo de vida. Y me parece que Rafael Caro Quintero tiene hoy mismo ese festejo de vida muy al alcance de su mano, quedando atrás 28 años de pesadillas que difícilmente podrá borrar de su pensamiento, pues cuando se es preso una vez ya no dejas de serlo nunca más.

Me quiero imaginar la cara de Caro al momento de  recibir la sentencia de libertad, a deshoras de la madrugada –él que es tan puntual para dormir y tan estricto que es con sus horas de sueño-, tratando de entender lo que se le dicta en la sentencia y tratando de acomodar las ideas en su revuelta cabeza.

Me lo quiero imaginar llegando de regreso a su estancia en la cárcel de mediana seguridad -a donde fue trasladado el 31 de mayo de 2010-, con el gusto que no le cabe en las manos y no teniendo a nadie con quien compartirlo porque es de madrugada y todos los presos duermen el sueño de los justos.

Quiero –pero no puedo- imaginarme a Rafael Caro Quintero saliendo de la cárcel, con la plena certeza de que lo que está pasando no es un sueño, que no es una de esas tantas imágenes que se hace uno cuando sueña despierto con la libertad. Quiero imaginarme a Rafael recogiendo sus escasas y pobres pertenencias, las que lo han acompañado en los últimos 28 años de vida, todas envueltas en una sábana, donde seguro también se lleva miles de recuerdos de los años vividos en prisión.

Quiero imaginarme al Rafael Caro que conocí allá por diciembre del 2008, sonriente, caminando por los pasillos de una sucia cárcel, encaminando sus pasos a la libertad, a la calle, en donde lo espera la familia, y en donde me parece que habrá de ir diluyendo con el café de todos y el desayuno en un verde jardín, esos tristes y grises días de su estancia el pasillo 2-B del módulo uno de la cárcel federal de Puente Grande, donde era un hombre que parecía cansado por la cárcel, pero con un carácter de firmeza como pocas veces había visto.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen a J. Jesús Lemus.

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