OPINIÓN: Los niños refugiados de Siria serán los que reconstruyan su país

Una especialista narra los temores, frustraciones e incertidumbres que enfrentan los niños refugiados por el conflicto armado en Siria
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Autor: Cassandra Nelson | Otra fuente: 1

Nota del editor: Cassandra Nelson ha sido una trabajadora humanitaria con la organización internacional Mercy Corps desde 2002. Ha sido de las primeras en atender casi todas las crisis humanitaria de la década pasada como el tsunami de 2004, la guerra de Iraq, el temblor de Haití y la hambruna de Mogadishu en 2011.

LÍBANO (CNN)— El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados anunció que hemos alcanzado la marca de un millón de niños sirios refugiados. Es una terrible estadística si uno realmente quiere digerirla y no solo leerla como una cuenta desinfectada de una guerra trágica.

He trabajado con Mercy Corps respondiendo a la crisis de los refugiados de Siria por más de un año y he conocido a cientos de refugiados, muchos de ellos niños.

Recientemente acudí a uno de los centros de actividades en Baalbek, Líbano, donde trabajamos con niños traumatizados. Muchos de los niños estaban participando en los juegos organizados y las actividades, pero en las orillas observé a un pequeño sentado solo y mirando hacia la nada.

Me acerqué a él para ver si estaba bien, pero no me miró. Mientras me acercaba vi que tenía manchas de color gris en sus sienes. Él niño era frágil y sus cejas estaban ceñidas con preocupación. Era claramente un niño, pero se veía muy viejo. Me contó que su nombre era Mustafa.

Cuando le pregunté por primera vez que había pasado en Siria no me contestó. Solo miro hacia otro lado y pretendió que no escuchó. Sus ojos eran oscuros e ilegibles. El niño parecía esconder terribles secretos dentro de él.

Yo traté otra técnica y le pregunté si tenía hermanos o hermanas. Lentamente Mustafa me contestó que tenía seis hermanos. Después de persuadirlo, Mustafa se abrió y me dijo un poco más. Él tenía 12 años y vivía en Aleppo, Siria, antes de que llegara a Líbano con su familia hace seis meses.

En Siria, Mustafa vivía en una casa en un amplio territorio de tierra. Él se pasaba los días en la escuela con sus amigos y luego volvía a casa y cuidaba a sus corderos. Estaba criando a seis corderos y cuidar a sus animales era su parte favorita del día.

La casa familiar en Aleppo estaba cerca de una fábrica de armas que estaba bajo el control de las fuerzas gubernamentales. Durante los primeros dos años del conflicto, no hubo ningún combate significativo en el área, así que la familia no había hecho ningún plan para irse.

Pero hace seis meses, el Ejército Libre Sirio (FSA), empezó un ataque para tratar de apoderarse de la fábrica de armas. Sin ninguna advertencia, la familia se encontró en el medio de una zona de guerra.
Mustafa recuerda cómo las bombas empezaron a caer cerca de su casa y el suelo se sacudió bajo sus pies. Recuerda a su madre gritando y a sus hermanas llorando. Finalmente sus padres les dijeron que tenían que irse inmediatamente. Mustafa trató de ir al campo a recoger a sus corderos, pero su padre se lo prohibió.

En este punto, Mustafa dejó de hablar. Se sentó en silencio, frenando una inundación de lágrimas.

Su hermana mayor, Fatima, se unió a la conversación y ayudó a completar la historia. La familia empezó a correr de su casa, hacia la villa. Ella sacó a Mustafa de la casa mientras huían. Cada vez que ella lo soltaba de la mano, el niño trataba de correr para ir por sus corderos, incluso cuando las bombas estaban cada vez más cerca.

La familia logró escapar de la villa y se pasó dos días en un autobús para llegar a Líbano. Las personas tuvieron que cruzar muchos puestos de control durante la ruta.

Algunos estaban bajo el mando de las tropas gubernamentales, otras bajo el ejército rebelde o la FSA. En cada puesto de control el autobús se detenía y hombres con armas forzaban a algunos de los pasajeros a bajarse del autobús, y luego el vehículo proseguía sin ellos.

Fatima no recuerda a nadie hablar durante el largo viaje. Pareciera que todos estaban conteniendo la respiración, pero en la noche ella pudo escuchar a las personas llorar en la oscuridad.

La familia llegó a Baalbek con solo las prendas que vestían. Ellos no tenían ningún amigo o pariente en Líbano y no había campos de refugios oficiales, así que rentaron parte de una casa para vivir en ella. La familia de nueve miembros se acomodó en dos cuartos que servían de cocina, sala, baño y dormitorios. Durante el invierno era frío y húmedo y el techo goteaba. Ahora, en el calor del verano, el pequeño espacio es como una estufa.

Desde que llegaron a Líbano, Mustafa y sus hermanos no han acudido a la escuela. Como la mayoría de los niños refugiados, ellos se enfrentan a las barreras del lenguaje porque los niños sirios son educados en árabe, mientras que la educación libanés es proveída en francés o inglés.

La escuela está sobrepoblada y ellos no tienen dinero para autobuses o útiles escolares. Mustafa se pasa la mayoría de los días ayudando a sus padres. Echa de menos a sus corderos y dice que se siente solo y no tiene amigos todavía.

Mustafa no es un caso aislado. Mercy Corps ha llevado a cabo evaluaciones periódicas de la salud psicosocial de los niños refugiados en Líbano y encontró que más del 55% de la juventud evaluada experimentó constante temor de que algo malo sucedería y no son capaces de expresar sus sentimientos acerca del conflicto.

Cerca de la mitad, un 46%, se siente desconectado de los otros y tienen problemas para hacer amigos, y más de dos tercios, un 70%, tiene problemas para dormir o moja la cama.

Mientras el número de refugiados forzados a dejar Siria por la guerra civil continúa creciendo rápidamente, un número se mantiene igual, más de la mitad de los refugiados son niños.

Cada día, miles son apartados de sus hogares y sus escuelas, marcados con memorias dolorosas de violencia y confusión sobre lo que han perdido. Muchos de ellos viven en constante miedo e incertidumbre y han perdido la esperanza en el futuro.

Mercy Corps se ha enfocado en proteger a estos jóvenes refugiados desde el inicio de la crisis. Nosotros hemos creado espacios seguros y hemos desarrollado actividades constructivas donde puedan curar su trauma, construir amistades y desarrollar las destrezas necesarias para la vida.

Nosotros hemos ayudado a las familias con sus necesidades básicas, mientras continuamos encontrando nuevas maneras de asegurar que su salud emocional y desarrollo no se olviden.

La realidad es que no sabemos cuándo se termine sus crisis. Pero cuando ocurra, estos niños serán los que queden para reconstruir sus vidas y su país.

Hoy fue el primer día que Mustafa acudió a un programa juvenil de Mercy Corps. Empezó el día solo en las márgenes de sus actividades. Pero después de varios consejos y mucho estímulo de nuestro equipo de trabajo, se unió a otros niños.

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Lo observé durante el día y lo vi empezar a relajarse, a hacer amigos e incluso a reírse algunas veces. Y mientras se iba, prometió que volverá para la siguiente sesión.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Cassandra Nelson.

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