OPINIÓN: El uso de las armas químicas, una pesadilla para Siria

Los expertos concluyen que la sustancia esparcida en la región fue gas sarín, un componente que causa una muerte lenta y dolorosa
Siria ante una posible intervención militar
Autor: Laurie Garrett, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: Laurie Garrett es miembro sénior de la sección de salud mundial del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos y periodista galardonada con el premio Pulitzer.

(CNN) — Esta semana, el mundo supo que el 21 de agosto, el régimen de al Asad, en Siria, atacó a los civiles que habitan a las afueras de Damasco y mató a al menos 355, entre los que se encontraban varios niños. De acuerdo con el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, "no hay duda" de que fue el régimen el que usó armas químicas y no las fuerzas rebeldes, como afirma el gobierno de al Asad.

Las víctimas murieron de forma terrible y dolorosa. Muchos expertos llegaron a la conclusión de que lo más probable es que haya sido esparcido gas sarín. El sarín es una especie de organofosfato (OP), una clase de sustancia química utilizada para fabricar herbicidas, insecticidas y gases neurotóxicos.

Los efectos que el gas sarín y otros OP tienen sobre el cuerpo humano son profundos, impactantes y pueden ser duraderos. En algunos casos de exposición, las víctimas sobrevivientes han quedado paralizadas durante semanas, tal vez con insuficiencias hepáticas permanentes y trastornos neurológicos duraderos.

Los OP se descomponen en cuestión de horas. Sin embargo, durante su periodo comparativamente breve de peligro volátil, las letales moléculas pueden penetrar en la piel, las fosas nasales, los pulmones e incluso los ojos y llegar hasta el torrente sanguíneo y luego al cerebro. Si llega una cantidad suficiente al cerebro como para saturar el sistema nervioso, la agonía precede a la muerte.

Supe acerca del gas sarín en 1978, cuando fui contratada por el Departamento de Alimentos y Agricultura de California para evaluar sus efectos en los humanos, de entre 33,000 fórmulas de pesticidas que utilizan los agricultores y las empresas de erradicación de plagas. Obviamente el estado no hablaba muy en serio sobre esto. ¿Quién contrata a una estudiante de último año de Inmunología para que a sus 26 años evalúe por sí sola tantas sustancias químicas?

Descubrí que entre las decenas de miles de sustancias químicas que los agricultores y fumigadores de todo el mundo utilizan, las más potentes y populares eran y todavía son los organofosfatos. Matan a los insectos al impedir la regulación adecuada de un neurotransmisor esencial llamado acetilcolina (el uso agrícola de los OP fue popular luego de prohibir el DDT y otras sustancias químicas debido a que permanecen indefinidamente en el ambiente).

Sin embargo, tanto en ese momento como ahora, un agricultor podía inhalar los OP inodoros e insípidos sin notarlo al rociar los pesticidas, a lo que seguirían los terribles síntomas neurológicos y la muerte.

Para entender por qué y cómo es que esos compuestos tan peligrosos se usan comúnmente, investigué la literatura científica y di con la invención, en 1938, del primer miembro de esta familia de sustancias químicas, el sarín, producto del trabajo del químico alemán Gerhard Schrader.

Aunque Schrader empezó a investigar el gas sarín en busca de sustancias químicas para uso agrícola, reconoció su utilidad como gas neurotóxico y ayudó a las fuerzas armadas de su país para su desarrollo durante la Segunda Guerra Mundial. En el transcurso de la guerra fría, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética desarrollaron formas letales de OP, entre ellas el gas VX.

En 1993, la Convención de Armas Químicas de la ONU prohibió el sarín, el VX y otros gases neurotóxicos. También restringió los compuestos usados para la preparación de esos gases letales, como el difluoruro de metilfosfonilo, una sustancia química inofensiva que cuando es mezclada con alcohol, produce sarín.

A la Convención se adhirieron 162 países, entre ellos Estados Unidos y la Unión Soviética. Sin embargo, Siria nunca se unió y el régimen de Bachar al Asad ha acumulado grandes cantidades de difluoruro de metilfosfonilo, listo para combinar.

Hace tres décadas, descubrí con asombro que muchos de los pesticidas organofosfatados que se usan al año en Estados Unidos para el control de plagas eran químicamente cercanos a las sustancias esparcidas con fines genocidas.

El 16 de marzo de 1988, el gobierno iraquí de Saddam Hussein roció la aldea kurda de Halabja con varios agentes químicos, entre ellos sarín, y murieron miles de civiles. Este fue el mayor ataque con armas químicas en la historia moderna.

Siete años después, el primer uso del sarín para fines terroristas ocurrió en Tokio. El 20 de marzo de 1995, el extraño culto religioso Aum Shinryko esparció gas sarín en el sistema del transporte subterráneo de la ciudad y cobró la vida de 13 personas y afectó a más de 6,000, y gran parte de ellas requirieron hospitalización.

Recientemente, una directora de escuela aparentemente corrupta dio almuerzos baratos contaminados con OP a sus alumnos y murieron al menos 25 menores. Los testigos relataron que los pesticidas provocaron que el sistema nervioso de los niños enviara señales a sus músculos, lo que ocasionó espasmos y convulsiones. Luego, sus pulmones se paralizaron y los niños horrorizados se sofocaron hasta la muerte.

En diciembre, el diario estadounidense The New York Times y la revista Wired reportaron que el gobierno de al Asad había trasladado algunas de sus armas químicas en un supuesto operativo de preparación para un ataque. El letal arsenal estaba almacenado de forma segura.

El dispositivo de lanzamiento está dividido por una delgada membrana. De un lado está el alcohol y del otro el difluoruro de metilfosfonilo. Separadas, las sustancias químicas no representan ningún peligro, pueden ser transportadas y almacenadas fácilmente. Sin embargo, cuando el aparato es detonado, la membrana se rompe, las sustancias se combinan, se crea el sarín y llueve sobre los desafortunados que se encuentran debajo.

En marzo, el sarín fue probado en un ataque a pequeña escala en Siria. Los investigadores de la ONU cuentan con testimonios de que tal vez los usaron las fuerzas rebeldes. Sin embargo, está claro que el régimen de al Asad ejecutó los ataques de este mes a las afueras de Damasco, según Estados Unidos y Gran Bretaña.

El 20 de agosto de 2012, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, hizo su famosa declaración de la "línea roja" y sentenció: "Hemos sido muy claros con el régimen de al Asad —y también con los demás jugadores del campo— en que para nosotros, la línea roja es cuando empecemos a ver que una gran cantidad de armas quícimas han sido trasladadas o utilizadas. Eso cambiaría mi estrategia. Eso cambiaría mi ecuación".

Ese fue el límite diplomático que Estados Unidos trazó. En octubre de ese año, Ali Akbar Salehi, entonces ministro del Exterior de Irán, se dirigió al Consejo de Relaciones Exteriores en Nueva York y trazó su límite. Le pregunté: "Si el gobierno sirio usa sus conocidos arsenales de armas biológicas o químicas y el viento arrastra tales agentes hacia su país y cobra la vida de iraníes, ¿lo consideraría como una amenaza de seguridad nacional?".

"Ciertamente esa situación terminaría con todo", dijo Salehi. Irán es el aliado clave del régimen de al Asad. Pero, ¿qué pasaría si un viento poderoso arrastra el sarín u otras armas químicas desde Siria hacia el otro lado de la frontera con Irán?

Salehi agregó: "Ese es el fin de la validez, elegibilidad, legalidad —o como quieras llamarlo— de ese gobierno. Como dijimos, las armas de destrucción masiva van en contra de la humanidad. Es algo inaceptable. Por ende, si, Dios no lo quiera, se materializa su hipótesis, creo que nadie podría seguir justificándolo, nadie podría seguir al lado de alguien involucrado en un acto de tal… en algo inhumano, diría yo".

El régimen de al Asad juega con el fuego regional.

Aunque las probabilidades de que el viento arrastre el sarín hasta Irán pueden ser insignificantes, la frontera libanesa se encuentra a solo 24 kilómetros de Damasco y Jordania a 110 kilómetros de distancia.

Una "nueva normalidad" transcurre en Medio Oriente desde la Primavera Árabe de 2011 y ha impuesto límites cada vez más peligrosos de inestabilidad y brutalidad, éxodos de refugiados, duras represiones militares, atentados suicidas, demolición de mezquitas y proliferación de enfermedades.

Sería una horrible pesadilla que el uso de armas químicas —esparcidas con el fin de asfixiar a las muchedumbres— se sumara a la letanía de la desesperanza de la horrible "nueva normalidad".

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Laurie Garrett.

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