OPINIÓN: El petróleo, ¿nos define como mexicanos?, no, eso es un mito

Si el 'oro negro' fuera símbolo de lo mexicano, también deberían serlo las clientelas en torno al sindicato y la incapacidad para invertir
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Autor: Luis Serra | Otra fuente: 1

Nota del Editor: Luis Serra es investigador senior del Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC), un think tank independiente, sin fines de lucro, que realiza investigaciones y presenta propuestas viables para el desarrollo de México en el mediano y largo plazo. Sigue la cuenta de twitter: @CIDAC.

(CNNMéxico) — El petróleo es una de las características más salientes de nuestra identidad como mexicanos.

En el imaginario colectivo de la sociedad mexicana se ha enraizado la idea de defender a capa y espada el petróleo como si fuera exclusivamente nuestro. Es por ello que en la actualidad, la apertura del sector energético es vista como tema tabú, como una violación a la independencia que nos otorgó nuestro nacionalismo revolucionario.

Pero la decisión sobre las modificaciones constitucionales en materia energética se trata quizá de la más importante que se ha planteado nuestro país en las últimas décadas, ya que ineludiblemente afectará el bienestar de distintas generaciones de mexicanos. Es por ello que vale la pena hacer las siguientes preguntas: ¿cuándo fue que el petróleo se convirtió en símbolo de lo mexicano? ¿Por qué es necesario reconfigurar el papel del petróleo dentro de nuestra identidad? Y, finalmente, ¿qué elementos pueden resultar más salientes que el petróleo en nuestra identidad como mexicanos?

Algunos analistas políticos trazan el origen de la cultura del petróleo al movimiento revolucionario de principios del Siglo XX. Su argumento se sustenta en la definición del petróleo como una construcción cultural que otorgó legitimidad al régimen autoritario que nuestro país experimentó desde el arribo al poder del entonces Partido de la Revolución Mexicana (PRM) —antecedente del Partido Revolucionario Institucional (PRI)—.

El aparato político manufacturado por el General Lázaro Cárdenas no solo arrebataría a los extranjeros aquello que era legítimamente nuestro —el petróleo y los recursos del subsuelo— sino también generaría un Estado corporativista cuyas clientelas me parece que han inundado desde entonces al sector energético de corrupción e ineficiencias.

Hasta la fecha, ningún partido político en México se ha atrevido a tocar los privilegios de dichas clientelas. Otros analistas, empero, sostienen que la aversión a la "entrega de lo que es nuestro" se remonta a la Conquista, esto es, a un periodo repleto de eventos traumáticos que despojaron a nuestra nación de las riquezas que había en su subsuelo y que, hasta el día de hoy, invocan el más apasionado de los nacionalismos cada vez que se sugiere "entregar" en manos de alguien que no sea la nación la "propiedad" de sus recursos.

Considero que el debate de la apertura del sector energético no se sustenta en argumentos técnicos ni económicos debido a que los candados que lo protegen son políticos.

Mientras nuestro país vivió bajo la fantasía de Cantarell —un yacimiento de petróleo ubicado en la Sonda de Campeche—, la retórica petrolera sirvió de sostén de las finanzas públicas al mismo tiempo que enmascaró las deficiencias del sector y la falta de un manejo de largo plazo de la renta petrolera.

Es hasta ahora que México ha despertado de su letárgico sueño de oro negro que se vuelve imperativo reorganizar de forma eficiente un sector altamente politizado. Pero el cambio genera oposición de aquellas voces que mantienen una alta carga ideológica revolucionaria y que defienden el argumento de que el petróleo es nuestro y es parte fundamental de nuestra soberanía nacional.

De ser esto cierto, entonces todo lo que lo rodea también lo debe ser: la ineficiente y perene simbiosis entre el Estado mexicano y Petróleos Mexicanos; la corrupción que impera en ésta por la influencia que ejerce el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) en su consejo de administración; la incapacidad de la paraestatal para invertir parte de su renta petrolera en investigación y desarrollo, así como para adquirir los recursos tecnológicos y generar los recursos humanos para explotar los cada vez más complejos yacimientos no convencionales de hidrocarburos; y, por último, la imposibilidad organizacional para establecer un portafolio de inversión basado en sus ventajas comparativas.

Siendo así, ¿es válido comprometer el desarrollo de nuestro país simplemente para preservar nuestra identidad revolucionaria?       

Nuestro país necesita adoptar un nuevo paradigma respecto a su identidad cultural que proporcione un significado práctico a nuestra soberanía nacional. La identidad mexicana debe defenderse de forma apasionada, sí. Pero la pasión infundada se convierte en fanatismo y éste nos conduce a la defensa de lo absurdo.

La palabra soberanía significa "por encima de todas las cosas".

De esta forma, se tiene que nada debe estar por encima de nuestra nación, ni siquiera la salvaguarda irracional de un recurso natural que está sustentada en una ilusión de manufactura política. Lo que sí debe estar por encima de todo es nuestro derecho al bienestar y a un desarrollo económico sustentable y, si la organización actual de nuestro sector energético no puede garantizarnos tal derecho, entonces resulta válido plantearse otro rumbo.

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Así, la participación de la inversión privada —extranjera o nacional— en el sector energético no debe ser más un tema tabú. Sin embargo, es cierto que dicha inversión tiene que darse bajo condiciones de transparencia, con un esquema bien definido de rendición de cuentas, un marco regulatorio adecuado con reguladores con dientes y, más importante aún, que proporcione beneficios tangibles para el desarrollo de la sociedad mexicana.     

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Luis Serra.

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