OPINIÓN: El 'revolucionario' papa Francisco, ¿podrá cambiar a la Iglesia?

El pontífice ha causado revuelo con sus constantes declaraciones, pero no son suficientes como para cambiar a la Iglesia
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Autor: David M. Perry, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: David M. Perry es profesor asociado de Historia y director de la especialidad en Estudios Católicos de la Universidad Dominica de Illinois. Síguelo en Twitter.

(CNN) — Llegó el momento para dejar de sorprenderse con el papa Francisco.

Desde que asumió el pontificado, ha dado mucho de qué hablar. Sus tuits resuenan en todo el mundo. Encarna los principios de humildad y piedad. Evita los elementos elegantes del puesto de los que gustaba su predecesor: el papamóvil, los zapatos rojos. El Jueves Santo lavó los pies de unos prisioneros, entre ellos una mujer musulmana. Llama por teléfono a las personas comunes que le escriben.

En Roma pidió a los "revolucionarios" que abandonaran las comodidades de su hogar y corrieran la voz en las calles. En Río de Janeiro dijo a los jóvenes que "hicieran un desorden" en las diócesis al ayudar a la Iglesia a despojarse del clericalismo. Ha buscado crear una "cultura del encuentro" en la que converjan católicos y los ateos. "Hagan el bien", dijo memorablemente. "Nos encontraremos allá".

Cuando anunció que canonizaría al papa Juan XXIII, el gran reformador, el mismo día que a Juan Pablo II, enfatizó la continuidad entre todos los católicos, incluso entre los que pertenecen a facciones diferentes. Cuando le preguntaron sobre los sacerdotes gay, respondió: "¿Quién soy yo para juzgar?".

Recientemente concedió una prolongada entrevista en la que describió una nueva visión de la iglesia que efectivamente parece revolucionaria. En Occidente, las reacciones se han concentrado en sus declaraciones sobre temas sociales polémicos. Por ejemplo, dijo: "Las enseñanzas de la Iglesia sobre esos temas (el aborto, el matrimonio gay, la anticoncepción) son claras, (pero) no es necesario hablar de esos temas todo el tiempo".

En vista de la vehemencia con la que la jerarquía de la Iglesia católica estadounidense habla sobre esos temas precisamente, da la impresión de que la declaración es una reprimenda sorpresiva.

Por lo menos, Francisco ha encontrado un mensaje que tiene eco entre los católicos y los no católicos por igual. Pero no ha cambiado nada, como lo señalan repetidamente los comentaristas y los funcionarios de la Iglesia. No ha hecho un llamado a implementar nuevas doctrinas. Su reorganización del Vaticano marcha lentamente. Permanecen los problemas que aquejaban a la Iglesia antes de que lo eligieran.

Los tradicionalistas que desean conservar las ganancias que se obtuvieron durante el mandato de los dos papas anteriores y los reformadores frustrados por el ritmo del cambio coinciden en este punto. Hasta ahora, el impacto de Francisco proviene de sus acciones y sus palabras, no de su poder ejecutivo como papa.

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Sin embargo, aún tiene la capacidad de sorprender. Cada vez que demuestra su humildad o empatía, sus palabras hacen eco tanto entre católicos como no católicos, provoca placer y asombro que una persona aparentemente honesta, humilde y realmente santa, sea Papa.

Que no los desconcierte lo que Francisco hace; pregúntense si el resto de la jerarquía de la Iglesia va a ponerse a la par. La revolución de Francisco surge en el núcleo del catolicismo. Él enfatiza la humildad, la pobreza, la justicia social, el no juzgar, la paz y especialmente la misericordia. Ese aspecto transformador, sin cambiar ningún principio teológico, es prueba de la profundidad y la fuerza de sus reformas, no de sus limitaciones.

Una reforma de esa clase tiene un antecedente histórico. Hace más de 800 años, otro Francisco, el hijo de un mercader de textiles de Asís, fue a Roma a ver al Papa. La Iglesia del siglo XIII dependía en gran medida de los rituales y los formalismos. Esta dependencia alejaba a los sacerdotes de sus feligreses y era un problema creciente en una época de cambios sociales. Francisco y sus discípulos, que trataban de vivir en perfecta pobreza y humildad, se dedicaron a predicar y a ponerse en contacto con las personas. Trataron de guiar sus vidas con los principios de Cristo.

El papa Inocencio III dio su aprobación a Francisco y respaldó a la nueva orden franciscana. Esperaba que la humildad carismática de Francisco pudiera ayudar a abordar algunos de los problemas con los que la Iglesia se enfrentaba. Ochocientos años después, el arzobispo Jorge Bergoglio se convirtió en el primer papa en adoptar el nombre de Francisco.

El mensaje revolucionario de san Francisco tenía que ver con el retorno a los principios fundamentales como él los interpretaba. El papa Francisco ascendió al trono de san Pedro y san Francisco, a pesar de que nunca quiso ordenarse, y aún así es posible detectar ciertas similitudes entre ambos hombres y sus esfuerzos reformadores. Este Papa también recurre a los principios fundamentales como él los percibe.

El papa Francisco argumenta que todo lo que necesita para transformar a la Iglesia ya existe en las enseñanzas esenciales. Y si son esenciales, ¿cómo podría alguien decidir no seguirlas?

¿Cómo serían las cosas para el resto de la jerarquía si siguieran a Francisco? Para empezar, tal vez encontrarían que muchos de sus feligreses laicos, así como hombres y mujeres ordenados ya están allá, trabajando.

Aunque está claro que la jerarquía eligió a Francisco para reformar los mecanismos del Vaticano, tal vez no esperaban que su piedad los pusiera bajo tanta presión. La reacción tradicionalista a Francisco se ha concentrado en su carisma al tiempo que subraya la ortodoxia de sus posturas doctrinales. Esas respuestas parecen indicar que hay resistencia a la idea de que tal vez necesitan cambiar algo.

Durante una entrevista reciente con el semanario New Catholic Reporter, el cardenal de Nueva York, Timothy Dolan, habló sobre el nuevo papa. Dijo que gracias a Francisco se encontró "examinando mi propia consciencia, respecto al estilo, a la simplicidad, a muchas cosas". El cardenal se preguntó si era correcta la forma de vida que lleva en la residencia histórica de los arzobispos de Nueva York. Sin embargo, el cardenal no estaba muy seguro de qué hacer al respecto, ya que no puede vender el edificio.

San Francisco habría estado de acuerdo. Tenía cuidado de nunca promover que la Iglesia vendiera sus propiedades ni que se deshiciera de sus ingresos. Claro que se encontraba fuera de la jerarquía de la Iglesia y su seguridad dependía de la protección del Papa.

Por otro lado, tal vez el papa Francisco tenga un plan para usar la residencia arzobispal vacante si el cardenal Dolan quisiera reducir costos. Después de todo, recientemente insinuó que las propiedades vacantes de la Iglesia deberían usarse para albergar a los refugiados.

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Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a David Perry.

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