OPINIÓN: Al Shabaab y el reclutamiento de los 'niños soldados'

La organización extremista recurre con frecuencia a diversas estrategias para reclutar jóvenes combatientes en Somalia y el extranjero
niños juegan con armas en somalia
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Autor: James Fergusson, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: James Ferguson es periodista independiente y corresponsal en el extranjero; ha escrito para muchas publicaciones, entre ellas el diario The Times, de Londres y The Economist. Además, suele realizar comentarios sobre islamismo y asuntos de seguridad en los canales de televisión y radio de la BBC. La editorial Da Capo Press publicó su más reciente libro, The World's Most Dangerous Place: Inside the Outlaw State of Somalia.

(CNN) — Durante los últimos días de la batalla de Mogadiscio, hace dos años, me encontré con tres prisioneros nuevos en la base costera que las tropas de la Unión Africana Ugandesa usaron durante su exitosa campaña para expulsar a Al Shabaab de la capital. Estaban esposados, sucios y deprimidos; el mayor tenía 17 años y el menor, 15.

Dijeron ser voluntarios que se ofrecieron cuando un reclutador de Al Shabaab llegó a su escuela. Esto había ocurrido dos semanas antes; se rindieron cuando se separaron de su unidad y se les acabaron las balas. Les pregunté por qué se habían ofrecido para empezar. Los niños se miraron entre sí. "Nos daban un trozo de fruta todos los días", dijo uno de ellos.

Más tarde, entrevisté a varios desertores de Al Shabaab en un campamento de gobierno destinado para ellos y estaba preparado para cualquier hostilidad antioccidental de parte de una banda de militantes yihadistas endurecidos. En cambio, me encontré con una multitud de adolescentes, fogosos e indomables y, en su mayoría, instantáneamente agradables. Fue confuso, pero parecían estudiantes de cualquier parte del mundo con sus camisetas de los Lakers y sus pants Nike. Su edad rondaba los 15 años; uno de ellos, Liban, tenía nueve.

Al igual que muchos jóvenes somalíes en este país destruido, Liban era huérfano; los militantes, para quienes había luchado por dos años, eran su familia sustituta.

"¡No estoy asustado!", dijo. "Estoy listo para pelear de nuevo, ¡para el gobierno!". Descubrí que estos niños soldados estaban poco interesados en la ideología islamista. La mayoría se había decidido a unirse a Al Shabaab simplemente para sobrevivir, particularmente en 2011, año de hambruna.

Querían lo que todos los jóvenes de todas partes quieren: seguridad, alimento, agua y (si eran un poco mayores que Liban) al menos la posibilidad de recibir una educación, de tener un empleo, una familia, un hogar, la oportunidad de tener una vida medianamente aceptable. Hasta que el gobierno somalí —y por extensión, los gobiernos occidentales que lo apoyan— encuentre formas de satisfacer esas necesidades básicas, es probable que Al Shabaab siga encontrando ese apoyo.

Los niños siempre han resultado ser útiles para Al Shabaab, una organización cuyo nombre, después de todo, significa "los jóvenes" o "los muchachos" en árabe. Los niños son capaces de actuar con una violencia aterradora y salvaje cuando están armados y demuestran un valor irracional en el campo de batalla. La brújula moral de Liban no era defectuosa, sino completamente inexistente: nadie le había enseñado nada de eso. Hizo parecer que la vida en Al Shabaab era como El señor de las moscas con armas automáticas.

Una buena dosis de disparates yihadistas ayuda a envalentonar a algunos de ellos. Es asombroso lo sencillo que resulta impresionar a algunos de los jóvenes reclutas somalíes. Se sabe que en el más allá se recompensa a los mártires del Islam con las atenciones de 72 vírgenes. Se dice que los entrenadores adultos a veces muestran a sus pupilos DVDs de Bollywood y les dicen a los jóvenes a su cargo que están viendo material real que los militantes que se hicieron volar en pedazos grabaron y luego lo transmitieron desde el Paraíso.

Los reclutas extranjeros generalmente no son tan ingenuos. Los estadounidenses han temido desde hace tiempo que los mercaderes del veneno de Al Shabaab  también operen en comunidades musulmanas de Estados Unidos, principalmente en Minnesota, en donde se asienta la mayor concentración de somalíes en el exilio en Estados Unidos.

Desde 2007, se sabe que al menos 20 jóvenes somalíes-estadounidenses desaparecieron de sus hogares y resurgieron en su tierra natal como voluntarios para la causa islamista. Al menos tres de ellos murieron en ataques suicidas; dos o tres de ellos tal vez estaban entre los que atacaron el centro comercial Westgate, en Kenia.

En Estados Unidos sí hay ideólogos. Anwar al-Awlaki, el yemení-estadounidense que murió en un ataque estadounidense con drones en Yemen en 2011, es probablemente el ejemplo más prominente.

Awlaki era un orador sofisticado: es improbable que los somalíes occidentalizados se dejen seducir con la promesa de un trozo de fruta. Sin embargo, tienen más influencia los videos de discursos fogosos y el material gráfico apasionante de, por ejemplo, los más recientes éxitos de Al Shabaab en el campo de batalla cuidadosamente editados. El FBI señala que el proceso de reclutamiento de Al Shabaab no cuenta con un "autor intelectual" malévolo como tal, pero es—como me contó el agente Especial Supervisor del FBI, E.K. Wilson, en Minneapolis—  "una organización muy horizontal, de iguales", otra forma de decir que los reclutas tienden a persuadirse entre sí para entrar.

A quienes llegan a Somalia a menudo no les gusta lo que encuentran. Algunos de los chicos de Minnesota enviaron correos electrónicos a casa en los que se quejaban del calor o de la malaria. Extrañaban cosas como McDonald's y el café. Burhan Hassan, de 17 años, era un estudiante diligente de preparatoria al que finalmente asesinaron en 2009; llamó a su madre para decirle que mientras viajaba en bote hacia una base de Al Shabaab en alguna parte del sur de Somalia, tuvo vómitos tan violentos que sus lentes cayeron por la borda. Su madre buscó su receta y se la leyó con la leve esperanza de que pudiera encontrar una óptica para reemplazarlos.

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Algunos de los tiradores del centro comercial de Nairobi también revelaron un lado humano conmovedor. Cuando un niño británico de cuatro años lo reprendió y le dijo que era "un hombre muy malo", uno de ellos respondió: "Por favor perdóname, no somos monstruos", y le dio una barra de chocolate. No se pueden ilustrar mejor las contradicciones irracionales y el conflicto moral que surgen al matar a personas inocentes en nombre del Islam.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a James Fergusson. 

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