OPINIÓN: Peña Nieto apostó por regresar a la diplomacia tradicional

El presidente mexicano apeló por lo menos a tres modificaciones en materia de relaciones exteriores en comparación con sexenios anteriores
Adolfo Laborde
Autor: Adolfo Laborde | Otra fuente: 1
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Nota del Editor: Adolfo Laborde es director de la licenciatura en Relaciones Internacionales del Tec de Monterrey, campus Santa Fe. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1 del CONACYT.

(CNNMéxico) — En el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto sí son visibles, desde mi punto de vista, algunos cambios significativos en materia de política exterior.

De acuerdo a nuestra Constitución, el responsable del diseño de la política exterior de México es el presidente de la República y el encargado de ejecutarla u operarla es el canciller, a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE).

Aclaro esto porque suele creerse que quien tiene esa responsabilidad es el titular de la SRE y no el presidente. El canciller es quien mediante "acuerdo" con el presidente traza la ruta crítica para cumplir lo que a juicio del jefe del Ejecutivo será el interés nacional en ese aspecto.

En este contexto, me gustaría enumerar las que considero son las tres principales modificaciones de la diplomacia mexicana del 1 de diciembre de 2012 —día en que Peña Nieto asumió la presidencia— a la fecha:

Primero, observo un retorno a lo ocurrido antes del año 2000, época conocida como la tradición diplomática histórica apegada a los siete principios básicos o instrumentos diplomáticos con los que se operó desde hace más de 70 años: autodeterminación de los pueblos, no intervención, solución pacífica de las controversias internacionales, proscripción o amenaza o del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, igualdad jurídica de los Estados, cooperación internacional para el desarrollo, y la lucha por la paz y la seguridad internacional.

Esto lo podemos corroborar con el activismo y acercamiento actual de la Secretaría de Relaciones Exteriores con países con los que si no se hubiesen pasado por alto estos principios, no tendríamos que operar para restablecer las relaciones diplomáticas. En esto perdemos tiempo y recursos humanos que deberían estar trabajando en otras prioridades del país. Me refiero, por ejemplo, a Cuba y Venezuela.

Segundo, se ha hecho un trabajo efectivo en la alineación de la estrategia hacia el exterior con otras dependencias y organismos de la administración pública, algo que desde mi punto de vista se había perdido. Considero que, por ejemplo, destacan los casos de ProMéxico —organismo desconcentrado que promueve la economía mexicana en el exterior—, entre otros.

Tercero, se ha hecho un esfuerzo por regresar a lo que llamo "oficio diplomático", en donde a pesar de que en algunos casos se haya tomado en cuenta el ingrediente o carácter político de los nombramientos de los embajadores, se aprecia que la mayoría de ellos cuentan con las herramientas necesarias para desempeñarse eficientemente y alinearse a lo que el presidente Peña les encomienda, aunque por su puesto, hay casos excepcionales que, sin pretender justificarlos, son prácticas habituales en la mayoría de las cancillerías del mundo.

En resumen, considero que hay avances palpables en materia de política exterior que no son solo los viajes del presidente Peña, sino el cambio de rumbo retomando lo que en su momento fue funcional, y adaptando estrategias para operarla a la altura de las relaciones internacionales de una potencia media, como considero es México.

Existen, no lo niego, retos para nuestra diplomacia: el posicionamiento en América Latina y el Caribe; equilibrar las asimetrías de nuestras relaciones con Estados Unidos y Canadá; pasar del acercamiento a la alianza con los países del Pacífico, recobrar los espacios en Europa y retomar nuestra presencia en África.

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No estamos muy lejos de lograrlo, pero la visión de largo plazo, los recursos humanos y económicas, sin duda, tendrán que acompañar cualquier estrategia de política exterior, ya sea tradicional o pragmática.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Adolfo Laborde.

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