OPINIÓN: El poder de los memes

La actriz y cantante Lucero es la 'víctima' más reciente del poder e influencia con la que una simple imagen puede desatar polémica
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María Elena Meneses
Autor: María Elena Meneses | Otra fuente: 1
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Nota del editor: María Elena Meneses es profesora e investigadora del Tecnológico de Monterrey. Puedes seguirla en su cuenta de Twitter @marmenes

(CNNMéxico) — No cabe duda que los memes constituyen un fenómeno cultural de nuestra época, en la cual el uso intensivo y la asequibilidad de Internet móvil en la vida cotidiana potencian prácticas de montaje de fotografías y videos de manera muy sencilla. Además, actualmente estos cobran un poder viral difícil de controlar.

Los memes son relativamente sencillos de hacer. Abundan aplicaciones para elaborarlos y así, mediante estas creaciones caseras, se logran expresar emociones, ideas y opiniones. Es innegable que algunos son ingeniosos y divertidos; otros ofensivos, contundentes, crueles y hasta de mal gusto.

Se esparcen en segundos por los entramados de la virtualidad, por lo que han hecho temblar a las agencias de relaciones públicas y a los estrategas de imagen de personalidades en todo el mundo que no saben cómo controlar su poder comunicativo.

Un fenómeno que además es amplificado por los medios tradicionales que en ocasiones magnifican lo que sucede en las redes sociales y con esto contribuyen a dar notoriedad a situaciones que bien pudieran pasar desapercibidas en países como México, donde los conectados somos minoría ante la poderosa televisión.

Es comprensible la desazón de los diarios, la televisión y la radio que, sin dejar de reportar el nuevo fenómeno, deberían hacer menos juicios y más análisis que promueva la reflexión.

No hay líder político o estrella del espectáculo que no haya sido víctima de estas creaciones digitales espontáneas, esquivas y anónimas, que se replican con una velocidad frenética. El autor de un meme no es "Juan Pérez", sino todo aquel que lo mezcla y lo comparte; somos todos quienes contribuimos con su difusión viral.

Se trata de un producto cultural colaborativo y anónimo propio de la cibercultura. Así, son los memes —concepto atribuido al etólogo Richard Dawkins que en 1976 habría usado el neologismo para equiparar la evolución genética con el desarrollo cultural—.

Para comenzar el año, la cultura de los memes reafirmó su poder viral en México, luego de publicarse en una revista de espectáculos unas fotografías de la actriz y cantante Lucero en compañía de su pareja después de haber cazado una cabra montés. La también conductora participa en el Teletón anual en México, en donde luce humana y compasiva con los niños con discapacidad.

El mensaje detrás de los memes —que se convirtieron en el tema más comentado en las redes sociales como Twitter y Facebook— fue una supuesta incongruencia de la conductora y actriz que, ahora sabemos, disfruta la cacería—ella fijó su postura con un comunicado—; una actividad que con razón cuenta cada vez con más detractores.

Más allá del espectáculo, el fenómeno de los memes merece un análisis sobre la privacidad en tiempos de Instagram, así como una reflexión libre de juicios morales que condenen a las plataformas digitales —sean éstas redes sociales, generadores de memes disponibles en Internet o programas de producción como Photoshop— por ser instrumentos al servicio de los incultos y faltos de instrucción. Visión con la cual disiento, pues no deja de tener un rasgo discriminatorio.

La tecnología democratizada al alcance de todo aquel que tenga la capacidad para apropiarse de ella, ya sea para pasar horas de ocio e improductividad o para montar un pequeño negocio u organizar un movimiento social, tiene efectos duales y contradictorios. Las herramientas digitales provocan la articulación de una sociedad más transparente pero que arrasa con la vida privada.

Ésta queda en manos de empresas de tecnología que guardan cada rastro y gusto en sus inmensas bases de datos, o  bien, se pierde gracias a los creadores y difusores de memes que a veces contribuyen a aniquilar reputaciones. También la vida privada está siendo erosionada por el propio gusto de sus protagonistas, los cuales disfrutan haciéndose fotos.

Las ahora llamadas selfies son una forma de presentación peculiar de nuestro tiempo, la cual nos cuesta trabajo comprender a los mayores de 40 años. ¿Cómo es que alguien siente la necesidad de hacer públicos momentos privados? ¿Cómo es que alguien se fotografía desnudo y se muestra sin rubor al mundo?

La privacidad está cada vez más acotada, pero eso no parece incomodar a quienes se toman su propia foto, sí en cambio a generaciones previas, las de la era de la televisión aérea y la prensa de masas que dejaba una línea más clara entre lo público y lo privado, entre el recato y el pudor, dejando espacio para lo accidental, estremecedor y singular. Eso parece estar pasando a la historia.

Si bien cada vez hay menos espacio para la privacidad en la época de la omnipresencia digital, se abre al mismo tiempo un ventana para develar lo falso y oculto. De ahí la necesidad de congruencia que deben procurar personajes públicos, sin importar si se trata de políticos o estrellas del espectáculo.

La tecnología al alcance de todos no es una pesadilla, ni fomenta el caos, ni es el fin del mundo, solo marca el término de una época en la que existían más certezas que ahora y el inicio de otra que adopta prácticas culturales distintas y que está por definirse del todo.

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Prefiero observar las herramientas tecnológicas al servicio de los aficionados como una oportunidad de reinventarnos. Lo único cierto es que cada vez será más difícil para los personajes de la vida pública mantener una imagen fake.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a María Elena Meneses.

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