OPINIÓN: También es difícil rehabilitarse de una adicción a la comida

El problema puede ser tan severo como consumir cocaína, pero tanto los especialistas como quienes la padecen no lo han tomado en serio
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Autor: Amy Chillag | Otra fuente: 1

Nota del editor: Amy Chillag es escritora y productora de CNN.

(CNN) — Mi pequeño cuerpo de 1.52 metros y 42 años soportaba un terrible índice de masa corporal. Empezaba con medio litro de helado de café a las tres de la tarde, todos los días. Pero no era cualquier helado, sino el décimo mejor helado de la lista de "los mejores del país" de la publicación Bon Appetit, que por casualidad está a cinco minutos de mi casa.

No sabía cómo parar. Me sentaba en mi sofá y comía una cremosa cucharada tras otra. Nunca era suficiente. No podía dejar la cuchara. Me sentía mal después de comerme tres cuartas partes del medio litro de esa tentación de café.

Más tarde, mi psicóloga me explicó que intento llenar un vacío. ¿Cuál vacío? Tengo un buen empleo, un novio considerado y amoroso, dos perros boston terrier que me aman. Pero estas cosas, como siempre, se remontan hasta la niñez.

De lo que no me daba cuenta es que he estado deprimida durante par de años; he empeorado y dependo de los dulces para darle al centro del placer en mi cerebro un impulso que, según pruebas cada vez más abundantes, puede ser tan adictivo como la cocaína.

Los estudios han demostrado que la misma zona del cerebro que se ilumina en los estudios de resonancia magnética cuando la gente consume drogas, también muestran un incremento en la actividad cuando ingieres —o tan solo miras — alimentos altos en grasa y azúcares como el helado o el tocino. Sin embargo, el concepto de adicción a la comida es controvertido y un psiquiatra del Instituto American Enterprise indica que los humanos son más capaces de controlar los antojos de comida que los antojos de drogas.

De cualquier forma, aparentemente soy una de esas personas que sucumbe con mayor facilidad que otras. Por eso hice lo que tenía que hacer para romper este ciclo de muerte a través del helado: me inscribí a un programa de desintoxicación con Yoga.

Antes de que me juzguen por haber tomado una decisión digna de un "nuevo hippie", escúchenme. Necesitaba algo que me arrancara de mi adicción y varios meses de desánimo. Además tenía que ir: el maldito estudio de yoga estaba a solo tres cuadras de mi casa, ¡en la misma calle! Solía pasar en mi auto y ver a la gente que llevaba sus tapetes para yoga enrollados; sentía un gran desprecio. Tal vez en el fondo pensaba que eran mejores que yo, que habían aprendido el secreto para llevar una vida feliz y equilibrada.

Me inscribí para este asunto de 10 días: nada de azúcar, de aceite, mantequilla ni grasa; nada de carne, nada que tuviera buen sabor. Fue un camino difícil, soso y lleno de frijoles. Mi cocina, que de por sí ya estaba atiborrada, estaba llena de tallos de vegetales que nunca había probado. Iba a yoga todos los días y bebía tés con cúrcuma que sabían horrible, pero que supuestamente limpiarían mi hígado… sabían a tierra. Bajé tres kilos en diez días, lo que tal vez parezca alarmante, pero que era inevitable al cambiar los excesos al comer y el helado por el yoga y los frijoles.

Mi cuerpo y mi mente se sentían ligeros. No sentía la negatividad. Era bueno no tener crisis por falta de azúcar. A riesgo de parecer un comercial de Jenny Craig, no he subido de peso en casi dos meses y desde entonces he perdido dos kilos más. Me sentí un tanto victoriosa por haberme mantenido firme en algo para variar y por tener una disciplina que no recuerdo haber tenido.

Estaba muy orgullosa de haber evitado el frasco de dulces de mi amiga del trabajo a pesar de que pasaba frente a él diez veces al día. Halloween pasó sin que tocara siquiera una barra de chocolate miniatura. Eso es asombroso si consideramos que pasé la mitad de mi niñez hurgando en los gabinetes de la cocina en busca de los dulces que mis bienintencionados padres escondían.

Ahora estoy en la batalla de nuevo contra la adicción a la comida, a pesar de todos los halagos que recibí en el trabajo por mi piel más limpia y por mi perfil más esbelto. Empecé hace una semana con el hechizante olor de las palomitas que flotaba por el pasillo de la oficina, proveniente de una máquina de palomitas como las de los cines, que al parecer el nuevo gerente de la cafetería instaló para ganarse nuestro cariño. Parece que es una adición permanente. Nadie ha venido a desmantelar la máquina satánica de mantequilla.

Por unos días pude reunir la fuerza para evitar las pequeñas y encantadoras bolsas de palomitas al estilo de la década de 1950. Luego, cedí cuando los mismos compañeros que me habían llenado de halagos insistían en decir: "¿Qué daño te puede hacer una bolsa de palomitas?".

Tomé una de esas bolsas de papel de color rojo con blanco y me uní a la multitud. Comí el contenido de una bolsa y me detuve.

Eso fue totalmente inaudito. Mi cerebro adicto quería muchas, muchas bolsas más. Pero me negué. Fue doloroso, pero seguí adelante. El ejercitar mis músculos de autocontrol me hizo sentir bien y tenía su propio encanto. Yo decido lo que comeré, no mis impulsos inconscientes.

Cualquier artículo que leas sobre la adicción a la comida indicará que las "señales" alimenticias son una de las grandes razones de los antojos y que deberías tratar de evitarlas. Algunos psicólogos dicen que debes enfrentar cara a cara el antojo para sentir la sensación en tu cerebro. Si el pastel de chocolate te da una sensación de calidez y amor, date cuenta de ello, pero espera 30 minutos, ocúpate en otra cosa y el antojo pasará. Eso es lo que Pam Peeke sugiere en su libro publicado en 2012, The Hunger Fix (el remedio para el hambre).

Al parecer no todas las personas tienen el mismo nivel de antojo. Obtuve un puntaje alto cuando completé la Escala de Adicción a la Comida de la Universidad de Yale. Los signos de que puedes tener tendencias adictivas con alimentos "ricos en sabor" que contienen cantidades enormes de grasas, azúcar y carbohidratos son, entre otros: el consumir ciertos alimentos para evitar sentir ansiedad o agitación; aumento de la depresión, ansiedad, autocrítica o culpa por el consumo de alimentos, necesidad de comer más y más para obtener la sensación que buscas para reducir los sentimientos negativos o aumentar el placer.

Hay una lista de 27 cosas que, con base en cuántas veces al día, a la semana o al mes te sientes así, determina qué tan fuerte puede ser tu adicción. Durante el último año me sentí así con demasiada frecuencia.

El Centro Rudd para las Políticas Alimentarias y la Obesidad de la Universidad de Yale aplicó este mismo estudio a 48 mujeres sanas. Luego hicieron imágenes cerebrales para mostrar cómo reaccionaban cuando les indicaban que iban a recibir una malteada o una solución sin sabor. Las mujeres que habían obtenido un mayor puntaje en adicción a los alimentos mostraron mayor actividad en las partes del cerebro responsables de inhibir los impulsos como el deseo de beber una malteada. Estas mujeres tal vez se sientan "fuera de control" cuando comen alimentos muy sabrosos.

El punto es que no hay una solución mágica. Creo que siempre sentiré un impulso tremendo de comer porquerías y me será difícil parar, ya sea helado, el frasco de dulces siempre lleno de mi amiga o unas palomitas llenas de mantequilla en una bolsa.

La vida es más difícil cuando busco consuelo en la comida. Pero es un poco más fácil cada día. En vez de recurrir a la chatarra, poco a poco acostumbro a mi cerebro a otro tipo de alivio. Mi psicóloga diría que tengo hábitos nuevos que crean sendas neurales nuevas en mi cerebro. Dice que romper un mal hábito toma al menos dos o tres meses.

Me doy cuenta de qué es lo que realmente quiero cuando se me antoja la grasa, la sal o los carbohidratos, ya sea una siesta, una caminata por mi adorable vecindario arbolado, una clase de hip-hop o hacer unas cuantas posturas de yoga.

Trato de mantener mi cocina abastecida de alimentos que me encantan, pero no helado ni papas fritas, sino hummus, guacamole, galletas integrales, ensalada de frutas, ensalada de atún. Hay muchas posibilidades deliciosas, pero no hacen que quiera llenarme hasta sentirme mal. Además, son saludables.

Con tan solo saber que algunos alimentos pueden desatar mi ansiedad hace que los evite. No digo que no comí una rebanada de pastel de chocolate en la fiesta de mi amiga. Pero lo hice a sabiendas de que tendría más antojo durante un par de días. Esa no es una sensación buena.

Pero eso significa consciencia y creo que el saberlo ayuda mucho a que cambie mi relación de amor/odio con la comida.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Amy Chillag.

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