OPINIÓN: Por qué 'me chocan' los Oscar

Para esta veterana crítica de cine, los Premios de la Academia no representan a lo mejor del cine por diversas razones
estatuillas del oscar en una tienda de recuerdos
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Autor: Molly Haskell | Otra fuente: 1

Nota del editor: Molly Haskell fue crítica de teatro y cine para las publicaciones estadounidenses The Village Voice, New York Magazine y Vogue. Dio clases de Estudios Cinematográficos en el Barnard College y en la Universidad de Columbia y escribió dos ensayos y tres libros sobre crítica cinematográfica.

(CNN) — Soy crítica de cine. Pero gracias a que no trabajo para algún periódico o canal de televisión, revista en línea, agencia de publicidad o institución que contribuya o se beneficie del carnaval mediático en el que se han convertido los Premios de la Academia, puedo reconocer sin temor a las represalias que los Oscar me dejan más fría que un vórtice polar.

Si hubiera algún planeta remoto o isla soleada a la que pudiera ir para escapar del bullicio, lo haría. Pero apuesto a que hasta en los sitios más remotos, en la tundra siberiana o en los buques perdidos en el mar, sitios que no tienen agua ni calefacción, tienen algún contacto con la cuenta regresiva de los Oscar.

Al igual que la Navidad y la campaña presidencial, la carrera por los Oscar —que erróneamente indica velocidad— se prolonga demasiado. Esto ocurre incluso en los años en los que los nominados son más emocionantes de lo normal y tal vez hasta justifiquen la afirmación común de que la Academia ha rejuvenecido y se ha vuelto menos aburrida. Escándalo Americano es una comedia; Her es una delicada historia de amor entre un hombre y un programa computarizado; El lobo de Wall Street es escandalosa y controvertida; Nebraska es árida. (Claro que nos han sorprendido antes. Recuerden Perdidos en la noche).

La Academia nunca ha sido indicador de calidad; de hecho tiene una trayectoria bastante deficiente cuando se trata de cintas realmente grandiosas o ligeramente complicadas. Tiende a favorecer lo inspirador sobre lo fatalista; los dramas nobles sobre la comedia o el cine negro; lo británico sobre lo estadounidense (El discurso del rey contra Red social). Cuando TMC —el canal de televisión estadounidense al que soy devota por sobre los demás— programa un mes completo de cintas ganadoras del Oscar, pierdo interés.

Otros medios de difusión no se contienen tanto. El New York Times —sin duda al igual que otros órganos de registro— empieza temprano, en algún punto del verano, a hablar de posibilidades y probabilidades, publica perfiles y artículos especiales que preceden y explotan los estrenos del otoño hasta que se vuelve virtualmente una cobertura total. Las mentes que deberían estar haciendo cosas mejores están ocupadas calculando estadísticas y haciendo listas. Al igual que en las elecciones primarias presidenciales, (¿recuerdan cuando Hillary era la ganadora segura?), los pronósticos yerran con la misma frecuencia con la que aciertan, pero no se responsabiliza a nadie. Ahora que los Globos de Oro se han vuelto el ensayo para la ceremonia del Oscar y la moda recibe más atención que las noticias nacionales e internacionales juntas, vemos cómo una legión de reporteros se despliega para transmitir los acontecimientos y las historias se filtran en todas las secciones, excepto en la de deportes.

Pero lo más importante es el efecto que esta histeria colectiva cuidadosamente planeada y la cobertura incesante tienen sobre las cintas y las estrellas. Las cintas que se estrenan a principios del año están virtualmente fuera a causa del intenso patrón de estrenos y conmoción que rodea a las cintas de "prestigio" a fin de año. Gemas como Antes de la medianoche y Frances Ha bien pudieron haberse estrenado hace siete años y no hace apenas siete meses.

Los actores que han brindado actuaciones notables y complejas de repente suplican como cachorritos huérfanos, desfilan de un programa a otro y se encuentran siempre en exhibición. ¿En dónde están los representantes que solían gestionar las carreras de las estrellas, los mantenían discretamente alejados de los fans y los rodeaban de cierto misterio?

Lo irónico es que conforme menos gente va al cine, el espectáculo anual de lo Oscar ocupa un espacio mayor en la escena pública. Se supone que la ventaja es que se trata de un raro placer común, la forma en la que este tipo de ocasiones reúne al país (de acuerdo con el cliché), igual que la Navidad, la campaña política o un desastre natural. Por una vez en nuestra época fragmentada, jóvenes y viejos, demócratas y republicanos supuestamente se reúnen en un auditorio virtual para admirar algunos vestidos y reír con algunos chistes.

¡Pero esperen! Si no mal recuerdo (y las noches se confunden entre sí), nuestro anfitrión del año pasado fue alguien que casi no tenía que ver con el cine y que dirigió una especie de coloquio privado con el público designado: varones jóvenes que ven televisión. Ahí tienen el reencuentro intergeneracional.

La televisión se aferra a los espectadores para atraer a los anunciantes; los periódicos publican promocionales de películas; los actores se marchitan por la sobreexposición, y las cintas mismas decepcionan en la hora decisiva. ¿Cómo es posible, incluso para los mejores, conservar la chispa de la sorpresa? Escándalo americano lo hace con su coreografía exquisita y su provocación sutil…Todavía trato de descubrir quién sabía qué y cuándo. La ingeniosa Her, de Spike Jonze, con el romance entre un hombre y una máquina que demuestra que la ciencia ficción y el sexo no se excluyen mutuamente.

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Cuando llegue la noche, claro que miraré. Prometo irme a dormir antes de medianoche. Y quedarme despierta de todas formas. Después de todo, valió la pena ver los Golden Globes solo por Tina Fey y Amy Poehler; tal vez Ellen De Generes pueda hacer que las largas horas de la noche del domingo 2 de marzo sean tolerables esta vez. Pero mientras tanto, lucharé contra la corriente para ignorar las historias sobre los Oscar.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Molly Haskell.

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