OPINIÓN: Un matrimonio feliz, sin necesidad de ser románticos

No hay festejos de aniversario, salidas para estar a solas o citas para cenar, sin embargo es una relación que goza de mucho amor
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Autor: Daniel Jones | Otra fuente: 1

Nota del editor: Daniel Jones es editor de la columna Modern Love en el diario estadounidense The New York Times; además escribió el libro: Love Illuminated: Exploring Life's Most Mystifying Subject (with the Help of 50,000 Strangers). Síguelo en Twitter: @danjonesnyt.

(CNN) — No soy muy romántico, ni siquiera en el Día de San Valentín. Casi nunca pienso en llevarle flores a mi esposa o planear escapadas divertidas y rara vez recuerdo la fecha de nuestro aniversario. Para ser justos, ella tampoco. Usualmente recordamos nuestro aniversario cuando llega la tarjeta de felicitación de su madre con un pequeño cheque dentro.

"Ah, es verdad", pensamos, "es esa época del año otra vez. ¿Cuántos años han pasado? ¿Qué aniversario es? ¿Papel? ¿Cobre?". A veces tengo que quitarme el anillo de matrimonio para ver la fecha que está grabada en el interior.

Mi suegra suele escribir en la tarjeta: "¡Gasten esto en una cena agradable para los dos!". "Qué dulce que haga esto cada año", dirá Cathi. "Qué amable es al hacer esto todos los años", responderé.

Luego depositaremos el cheque en nuestra cuenta conjunta y nos prometeremos salir a cenar, lo que usualmente no llega a ocurrir. Tal vez una parte del cheque la utilicemos para pagar la cuenta de electricidad que alimenta el aire acondicionado que nos mantiene frescos y cómodos en los meses de verano. Eso es un tanto romántico, ¿no? En realidad no. ¿Qué puedo decir? El romance simplemente no está en nuestro ADN.

No obstante, paso mis días leyendo las historias de amor de otras personas. Durante los últimos 10 años he editado una columna del New York Times titulada Modern Love: los desconocidos escriben ensayos personales en los que detallan su vida amorosa para un público masivo. Muchas de sus historias no son muy románticas, pero muchas otras sí: de solteros que viajan grandes distancias por amor, que planean peticiones de matrimonio elaboradas o que muestran sus sentimientos y quedan expuestos al rechazo aplastante.

Esa clase de historias me hace pensar que debería ser más romántico.

Pero a estas alturas, Cathi y yo hemos estado casados durante casi 22 años. Nuestros patrones ya están establecidos. Nos amamos y apoyamos en el trabajo y las ambiciones del otro. Somos buenos padres. Somos muy buenos para hacernos reír. En las cenas nos gusta sentarnos juntos y que no nos separen o nos obliguen a hablar con otras personas. ¿No es suficiente? Ya sé lo que están pensando: "¡Este tipo no tiene remedio!", y no en el sentido de ser un romántico sin remedio.

Algunos dicen que el romance agoniza en esta era de emparejamiento comercializado y computarizado. Dicen que el romance fallece ante un mundo en comunicación constante. ¿Cómo puedes extrañar a alguien si puedes hablar con él o ella por FaceTime las 24 horas al día, los siete días a la semana? ¿En dónde queda el misterio si puedes estar al pendiente de su actividad en Twitter y de sus publicaciones en Facebook mientras estás en el trabajo o en un viaje de negocios?

Incluso he sabido que los esposos y esposas usan la aplicación Find My iPhone para localizar a sus cónyuges cuando estos no contestan las llamadas o los mensajes, como si eso hubiera sido inventado para servir como dispositivo de rastreo GPS. Luego de que nuestra laptop localiza la señal, pensamos: "Ah, está en la farmacia". "Oh, está paseando al perro al lado del río". No hay mucho misterio.

No hay nada para la imaginación. Si la ausencia hace que el corazón se encariñe, ¿qué provoca la presencia continua? ¿Hace que el corazón se aburra?

En nuestro caso, la tecnología no tiene nada que ver con nuestro padecimiento poco romántico. Nuestro amor dejó a un lado las tradiciones románticas desde el inicio. Nos comprometimos en un transbordador en la bahía de San Francisco. Eso es romántico, ¿no? Bueno, para nosotros no. Habíamos salido del Fishermen's Wharf con destino a Sausalito cuando Cathi dijo: "¿Entonces vamos a casarnos o qué?". "Sí, deberíamos", respondí.

Y eso fue todo. Nos habíamos comprometido. Aunque no se lo propuse. No me arrodillé. No saqué de mi bolsillo un estuche con un anillo dentro para entregárselo con una sonrisa amplia y boba. No memoricé ni pronuncié ninguna frase conmovedora. Creo que ni siquiera nos besamos.

En ese entonces llevábamos casi dos años juntos. Ambos teníamos 29 años, nos acercábamos al final de nuestro posgrado y obviamente teníamos que descifrar qué seguía. El tiempo para casarnos y formar una familia apremiaba y las expectativas de nuestros padres crecían. Quería casarme con Cathi y asumí que lo haríamos, aunque no había dado un solo paso en esa dirección.

¿Por qué? Desearía poder dar alguna excusa común, como que tenía miedo, problemas con el compromiso o una larga lista de dudas, pero no sería cierto. No me preocupaba Cathi en específico ni el matrimonio en general. Esperaba que todo saliera bien. No me preocupaba incorporarme a su familia o que ella fuera parte de la mía. Simplemente buscaba retrasarlo porque no quería tener que enfrentarme al esfuerzo y al estrés de proponérselo y luego planear una boda.

Mientras navegábamos frente a la isla de Alcatraz (no pretendo hacer una metáfora de la prisión), Cathi me preguntó si había pensado sobre el anillo.

"No", respondí, "pero le preguntaré a mi madre".

Fiu.

Al final mi madre me ayudó. Tenía una especie de anillo con un pequeño diamante que era parte del legado familiar; lo medimos para que ajustara al dedo de Cathi y entonces lo oficializamos. Unos meses después, durante los preparativos para nuestra boda, fuimos a un pequeño centro comercial en West Orange, Nueva Jersey, y encargamos un juego de argollas de oro. Mientras salíamos, sentí los ojos húmedos y no creo que haya sido a causa de la contaminación.

Unos meses después caminamos hacia el altar. Pronunciamos nuestros votos. Nos besamos. Bailamos. Celebramos. Más tarde, esa noche, entramos en nuestra elegante habitación de hotel, en donde saqué de mi bolsillo el dinero y los cheques que la gente nos había dado y los esparcí por toda la cama. Nadie me había dicho que la gente suele meter dinero en los bolsillos del novio durante la boda y debo decir que me pareció muy romántico acostarme sobre todo ese dinero en la cama extragrande de una habitación de hotel.

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Lo habíamos logrado. Transformamos nuestro amor en matrimonio. Fue el inicio de todo. Es una fecha que estará grabada para siempre… en mi anillo.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Daniel Jones.

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