OPINIÓN: El cine mexicano no tiene (ni tendrá) una nueva María Félix

La actriz mexicana fue un ícono de la moda internacional, la inspiración de compositores y la musa de artistas como Orozco y Carrington
Autor: Mario de la Rosa | Otra fuente: 1

Nota del editor: Mario de la Rosa es periodista y actual editor adjunto de la revista Quién, publicación que forma parte de Grupo Expansión, al igual que CNNMéxico.

(CNNMéxico) — Una mañana de 1998, a sus 84 años de edad, le pregunté a La Doña: "¿conoce usted a alguna otra mujer mexicana que haya logrado situarse a su altura de diva?".

"Yo no la conozco, mi trabajo no tenía rivales", me dijo convencida. “Yo creo que nunca tuve competencia real”. En sus palabras había más razón que altanería.

El término “diva”, importado por el cine de la jerga operística, es un apelativo que define a las pocas cantantes o actrices cuyas personalidades excepcionales, mezcla de misticismo y talento, provocan tal fascinación en el público que, al rayar en la idolatría, les garantizan una fama superlativa y las elevan por encima de la tierra, a un pedestal donde solo caben ellas. Las divinidades.

Grace Kelly, Elizabeth Taylor, Sophia Loren, Marlene Dietrich, Marilyn Monroe o Monica Belucci, portentos de divinidad, íconos de su tiempo y mujeres-diosas con las que tantos habrán soñado, son divas indiscutibles.

Y en México María bonita, María del alma, como el compositor Agustín Lara, su pareja de 1945 a 1948, la llamó en aquel himno de letra aún no superada en romanticismo en el que inmortalizó su idolatría por ella.

“Ser 'La Doña' es como un sueño”, aceptaba ella.

Es verdad que María (Sonora, 8 de abril de 1914-Ciudad de México, 8 de abril de 2002) no es la única mexicana que ha figurado en el cine internacional. Antes, en la década de 1930 del siglo pasado, Dolores del Río triunfó en Hollywood, a donde María no quiso ir. Hoy, también es verdad, Salma Hayek se mueve ligera de blockbuster en blockbuster.

Pero cierto es también que ninguna mexicana después de María ha logrado un enamoramiento platónico masivo que ponga a sus pies al pueblo, pero también a artistas de la talla de Diego Rivera o intelectuales como Carlos Monsiváis.

El Premio Nobel de Literatura mexicano Octavio Paz decía de María que había nacido dos veces: “Sus padres la engendraron y después ella se inventó a sí misma”.

El escritor -quien nació hace 100 años igual que ella, pero murió cuatro antes- se refería al momento clave de la vida pública de María: los 29 años, cuando se mimetizó para siempre con el personaje de la indomable “Doña Bárbara”, de Rómulo Gallegos, tras interpretarlo en el cine.

Ahí nació "La Doña", mujer insumisa de garbo incomparable, cuyo culto alimentó ella misma con un discurso de empoderamiento de las mujeres, desprecio de las banalidades y fascinación por la idolatría a sí misma.

Su fama cosmopolita se extendió de México a España, Francia, Italia y Argentina en la década de 1950, que parecen más lejanos de lo que son porque el concepto de globalización aún no cambiaba el paradigma de la fama mundial.

María, ciudadana del mundo, fue además y sigue siendo ícono de estilo, inspiración de Dior, Valentino, Chanel, Yves Saint Laurent, Balenciaga, Hermes y Cartier; musa de Orozco y Carrington; inspiración de José Alfredo y Juan Gabriel.

Su personalidad fue el sello de su marca personal, su sombrero y su puro fueron símbolos, y no accesorios. Pero esto no fue suficiente.

“Soy una improvisada”, reconoció en aquella charla. “Pero me apuré a aprender porque vi que tenía mucho éxito”, me aseguró.

“Yo nunca estuve en escuelas de arte dramático ni nada, aprendí al paso de la vida, lo que me ensañaban mis papeles, mis roles, la gente buena que trabajó conmigo; por ejemplo, yo no sabía hablar francés, pero aprendí para trabajar”.

Lejos de actuar como un maniquí, María se mostró siempre impecable, siempre glamourosa, siempre perfecta, montada en su papel toda la vida.

Aquella mañana de 1998, cuando la entrevisté en el antiguo Palacio de Lecumberri, sede del Archivo General de la Nación, donde inauguraba una exposición de fotografías de divas de todos los tiempos encabezadas por ella, caminaba con garbo y soltura. O como diría Pita Amor, “iba como un cuchillo, desafiando al aire”. Vestía toda de negro: pantalón, blusa, chalina y zapatos de piso. Lo único refulgente eran las piedras preciosas de sus anillos, el oro de sus aretes, su peineta de carey y la cascada de su pelo.

"Necesita uno saber caminar, estar siempre limpia, creo yo que es lo más importante, ir con el dentista, hacer gimnasia para ponerse siempre en forma”, decía.

María irradiaba un halo de misterio que confundía su realidad con sus ficciones, pero abría la puerta generosa a quien la tocara seriamente, quizá consciente de la importancia de que sus contemporáneos documentaran su vida y pensamiento.

"Yo nunca tuve que estar con las patas pa’ arriba para trabajar”, me dijo sin empacho. “Nunca me dediqué a eso, nunca me tuve que ir con un hombre para tener trabajo, jamás, ni por dinero ni por trabajo”.

Mujer adelantada a su época, decía sólo ser feminista en el sentido de su interés de que las mujeres progresaran, no de que se equipararan con los hombres. “Para mandar hay que estar informadas, y aprender y estar preparadas, por eso es necesario que la mujer se eduque. Mujeres: abusadas, a estudiar, a aprender, a informarse, de todo”, clamó una vez en televisión.

Tampoco le preocupaba expresar sus ideas políticas y menos le temía a la opinión ajena. “A las mujeres no les va a gustar esto que voy a decir; pero para que un hombre pueda saber cómo es la mujer de su casa necesita probar otras”, me dijo aquella vez sabiendo que la grababa. “También la mujer, no nada más el hombre, la cosa debe ser pareja”, agregó.

“¿Se quedó con ganas de tener un romance con alguien?”, le pregunté, para probar hasta dónde llegaba. “No, todos se me dieron muy bien. Siempre he tenido un hombre cerca… uno o dos. ¿Y cuál es el defecto de andar con tres o cuatro?”, me respondió sin aspavientos.

México tiene un puñado de grandes actrices de todas las edades, quizá con más talento actoral del que tuvo María. Hay algunas muy carismáticas y muy populares. Y hay otras, como en todo, que no son más que estrellas fugaces y desechables.

Pero ni en las primeras ni en las segundas se vislumbra a una nueva María Félix. Y no es un tema de belleza, que eso abunda en la televisión, sino de personalidades (de todos modos, “ser bonita, bonitilla nada más no, no basta”, me dijo María).

La actriz Silvia Pinal, de 82 años de edad, sonorense igual que María, rostro consentido de Luis Buñuel en la década de 1960, del teatro musical en la década de 1980 y de la televisión en años recientes, podría ser hoy llamada la diva de México. Sin embargo, no existe consenso en torno a otorgarle esa distinción, como sí se hacía sin regateos con María. Igual ocurre con otras actrices, como la legendaria Elsa Aguirre.

¿Por qué el star-system mexicano no ha producido una nueva María Félix? Porque su asidero es la exaltación de personajes efímeros, desechables, huecos, el relego de lo divino y la devaluación del arte como maquila, lo que eclipsa, devalúa y apaga al talento, el mito, a la divinidad.

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Y a una diva se le contempla, no se le invita a comer.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Mario de la Rosa.

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