OPINIÓN: ¿Puede EU aplicar las lecciones de Iraq y Afganistán en Nigeria?

Nigeria necesita paz y seguridad a corto plazo, pero a largo plazo necesitan educación, servicios de salud y formas de ganarse la vida
Boko Haram, el secuestrador de niñas nigerianas
Autor: Richard Dowden, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: Richard Dowden dirige la Real Sociedad Africana y escribió el libro Africa: Altered State, Ordinary Miracles. Síguelo en Twitter: @Dowdenafrica.

(CNN)— La dirigencia de Boko Haram debe pensar que se ganaron la lotería. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el primer ministro británico, David Cameron, denunciaron el secuestro de más de 200 niñas en el noreste de Nigeria.

Eso les proporcionó toda la atención que ansiaban. Ahora su movimiento es el tema principal en todos los canales de noticias del mundo. Sospecho que si Boko Haram se considera una misión suicida para inspirar a los musulmanes a seguirlos y declarar la guerra contra Occidente, deben sentir que su momento ha llegado. La batalla final está por comenzar.

El estado de Bornu, en Nigeria, es una de las partes más pobres e ignoradas del planeta. Hasta hace poco podría haber dicho que lo único que sobra en esa parte de Nigeria es la añeja resignación islámica. Ahora, esa resignación se ha convertido en furia.

Este rincón remoto, árido y polvoriento de Nigeria que solo visitarías si vas camino al desierto del Sahara, se ha vuelto el nuevo campo de batalla entre los militantes islamistas y el mundo Occidental.

¿Cómo? La respuesta yace en un comentario bastante revelador de John Kerry, secretario de Estado de Estados Unidos, quien dijo que su país ha ofrecido ayuda a Nigeria en varias ocasiones pero han ignorado la oferta.

Ignorado. Esa es exactamente la actitud que el gobierno nigeriano ha adoptado desde hace décadas ante el noreste… y ante los terroristas de Boko Haram hasta que atacaron Abuja, la capital. Entonces intentaron controlarlos pero la red de seguridad que tendieron nunca llegó a Maidugri, la capital del estado de Bornu en el noreste, a unos 800 kilómetros de Abuja y a unos 500 kilómetros de Lagos, la megaurbe comercial de África occidental.

Así que no importa. El secuestro de más de 200 niñas no mereció declaración alguna del presidente Goodluck Jonathan sino hasta más de dos semanas después de que ocurriera.

Al gobierno de Nigeria tampoco le importan los índices de pobreza, desempleo, analfabetismo ni la falta de servicios de salud para una población que crece rápidamente en el noreste. Sus ingresos provienen de las empresas petroleras occidentales así que el gobierno tiene poca relación democrática con el pueblo nigeriano. El 60% de la gente vive en la pobreza.

Boko Haram comenzó en 2002 como un movimiento fundamentalista aunque no era particularmente violento. La muerte de su líder, Mohamed Yusuf, mientras estaba bajo custodia de la policía, inspiró a sus miembros a tomar las armas contra el Estado. La policía de Nigeria señaló que mataron a Yusuf mientras trataba de escapar, pero otros reportes indican que se trató de una ejecución sumaria.

La policía, que en épocas normales solo levanta "infracciones personales" a los automovilistas y a otras personas que cometen faltas menores, es demasiado corrupta como para proteger a alguien.

Mientras tanto, el Ejército, que está entrenado para librar una guerra convencional, intervino con pesar y terror y no protegió a la población. Hace un año, Boko Haram atacó un cuartel, una prisión y un puesto policial en la ciudad de Bama. Las fuerzas armadas señalaron que el grupo mató a 55 personas y liberaron a 105 prisioneros.

Nigeria está acostumbrada a los levantamientos. Hace unos años, el Delta del Níger, región que produce la inmensa riqueza petrolera de Nigeria, ardió en llamas. Pandillas de jóvenes armados con ametralladoras mataron a sus rivales y secuestraron a los trabajadores petroleros para pedir rescate.

Ellos también aprovecharon la indiferencia de la población local que permitía que se extrajeran del subsuelo miles de millones de dólares de petróleo sin que se construyera un solo camino. El gobierno de Goodluck Jonathan —quien es originario de la región del Delta— ahora administra un programa de amnistía en el que se paga a los rebeldes para que depongan las armas. Muchos de los rebeldes obtuvieron empleos en el gobierno y cambiaron sus camisetas y paliacates por elegantes trajes y corbatas.

Pero no hay incentivos parecidos para el desarrollo del estado de Bornu. No producen nada ni votarán por el presidente Jonathan quien, a menos que haya un importante descontento político, gobernará otros cuatro años tras las elecciones de febrero del año próximo.

El gran desafío para las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia estadounidenses en Nigeria es este: si limitan su intervención a rastrear y liberar a las niñas y matar o capturar a los miembros de Boko Haram que las secuestraron, tendrán un éxito breve seguido de un fracaso a largo plazo. Ningún movimiento como Boko Haram puede durar mucho sin algo de apoyo, aunque sea tácito, de la gente local. La gente local tiene poco qué agradecer al gobierno.

Yo estuve en la playa en Mogadiscio en 1992, cuando el equipo táctico SEAL de la armada estadounidense llegó a la costa seguido de oleadas de infantes de Marina. Durante unas semanas reinó la paz en Somalia; parecía que la misión se había cumplido y escribimos artículos positivos sobre la restauración en Somalia. La guerra sigue al día de hoy.

Dos años después entré con los infantes de Marina a Kuwait y luego a Iraq, durante la Primera Guerra del Golfo. Parecía que el problema estaba resuelto. Trabajé en Irlanda del Norte a principios de la década de 1970, época en la que el Ejército británico afirmaba todo el tiempo que estaba a punto de derrotar al ERI. Esa actitud los fortaleció.

¿Hemos aprendido algo de Iraq, Afganistán e Irlanda del Norte? La intervención militar es complicada, pero no tanto como el desarrollo a largo plazo que debe acompañarla. El pueblo kanuri del noreste de Nigeria necesita protección, paz y seguridad sólidas a corto plazo, pero a largo plazo necesitan educación, servicios de salud y formas de ganarse la vida.

Necesitan saber que el gobierno nigeriano y sus simpatizantes estadounidenses están de su lado. ¿Puede Estados Unidos lograrlo? ¿O acaso veremos una carga magnífica, muchos tiroteos y arrestos seguidos de una declaración de paz, la partida del Ejército y luego un levantamiento peor dentro de dos?

El mayor reto al que se enfrentan Obama y los estadounidenses es que el presidente Goodluck Jonathan no logre concentrarse en los problemas del noreste de Nigeria.

Tienen que colaborar para trazar un plan a largo plazo para invertir en la región, ofrecer servicios de salud y educación y construir instituciones.

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Sobre todo, tienen que hacer sentir al pueblo que son parte de esta floreciente economía nigeriana que hace poco se volvió la mayor de África.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Richard Dowden

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