OPINIÓN: Las nuevas reglas sobre el cambio climático son un respiro

La imposición de límites estrictos a las emisiones de carbono de las centrales termoeléctricas ayudará a mitigar los efectos en el ambiente
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Autor: Donna Brazile | Otra fuente: 1

Nota del editor: Donna Brazile es colaboradora de CNN, estratega demócrata y vicepresidenta de Registro y Participación Electoral del Comité Nacional Demócrata. Es columnista y profesora adjunta de la Universidad de Georgetown. Escribió el libro Cooking With Grease: Stirring the Pots in America y dirigió la campaña presidencial de la fórmula Gore-Lieberman en 2000.

(CNN) — El debate sobre el cambio climático terminó.

Los científicos están tan seguros de que es una amenaza real, creada por el hombre, tanto como están seguros de que los cigarrillos matan. Sin embargo, limpiar nuestro aire implica más que combatir los cambios en la temperatura y el ambiente en la Tierra.

Los nuevos estándares de contaminación del gobierno estadounidense —las nuevas regulaciones de la Agencia de Protección al Ambiente (EPA, por sus siglas en inglés) que imponen límites estrictos a las emisiones de las plantas de energía que funcionan con carbón— son la respuesta a las oraciones de las familias trabajadoras. Hablo de esas familias que han sufrido daños en sus casas o que han perdido horas de trabajo a causa del clima cada vez más extremo.

La reducción de la contaminación del aire es una ráfaga que alivia a un jubilado que no puede darse el lujo de tener aire acondicionado y que lucha contra el ascenso de las temperaturas y las brutales oleadas de calor. Es una bocanada de aire fresco para todos los niños que juegan a la sombra de una planta de energía y que corren el riesgo de sufrir un ataque de asma solo por estar al aire libre.

Imponer límites a la contaminación por carbono en las plantas termoeléctricas tiene como objetivo asegurar que tengamos aire limpio para respirar y comunidades en las que sea seguro vivir. Los límites a la contaminación por carbono tienen como objetivo defender a las familias que han soportado la mayor parte del efecto del principal contaminante que provoca el cambio climático.

Los eventos como el huracán Katrina y la supertormenta Sandy fueron diferentes a los desastres naturales anteriores. Demostraron al mundo quiénes son los que sufren el impacto del clima extremo: las familias de bajos ingresos y las comunidades afroestadounidenses.

Estas comunidades carecen de los recursos necesarios para aislarse y protegerse de la gravedad de esta crisis emergente. Peor aún, las familias proletarias son particularmente vulnerables en las semanas y meses posteriores, antes de que la gente regrese a sus empleos y los negocios reabran.

Al iniciar la nueva temporada de huracanes, sabemos que los eventos de clima extremo van y vienen. La dinámica del mercado de vivienda y del costo de la tierra obliga a las familias de bajos recursos y la gente de color a vivir muy cerca de las fuentes de la contaminación por carbono (como autopistas, fábricas y plantas de electricidad). Además, ya están predispuestos a ciertos problemas de salud.

La Asociación Estadounidense del Pulmón señala que más de 20 millones 200,000 personas de bajos recursos viven en zonas donde el aire no cumple con al menos uno de los estándares de calidad. Cuatro millones y medio de personas respiran aire que no cumple con los tres estándares de la asociación respecto a la calidad del aire.

El 68% de los afroestadounidenses vive en un radio de 50 kilómetros de una planta que funciona con carbón. Si tomamos en cuenta que uno de cada seis niños afroestadounidenses tiene asma en comparación con uno de cada 10 en general, notamos que es un asunto peligroso. Es 3.6 veces más probable que un niño afroestadounidense termine en la sala de emergencias por un ataque de asma en comparación con los niños blancos, según la oficina de Salud de las Minorías del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos.

Déjame contarte una historia personal. Durante el último domingo del verano de 2005, mi sobrina me llamó desde Nueva Orleans. "Nos vamos", dijo.

"¿A dónde irán?", le pregunté alegremente. "¿Van de vacaciones?".

Su respuesta —y la llegada del huracán Katrina, al día siguiente— fue una de las mayores lecciones de humildad de mi vida. La humildad y la ira fueron mis sentimientos predominantes.

Estaba furiosa por no saber si los familiares que se quedaron atrapados allá, sin transporte, habían logrado salir a salvo. Por no saber si habían sobrevivido en caso de que no hubieran logrado salir. Estaba furiosa cuando los agentes federales me dijeron que tenía que esperar varias semanas para encontrar a mi hermana, quien estaba atrapada en un albergue a causa de las inundaciones. Estaba furiosa porque habían llevado a mi tío de 92 años (quien se había quedado atrapado en su azotea) a Roswell, Georgia, y había sufrido un infarto al llegar.

El huracán Katrina fue la tormenta del siglo XXI. Devastó un área del tamaño de Gran Bretaña. Murieron más de 1,800 estadounidenses; 300,000 casas quedaron destruidas; Los daños a la propiedad ascendieron a 96,000 millones de dólares (más de 96,000 millones 240,000 pesos).

Trabajé para la Autoridad de Recuperación de Luisiana. Vi que el Congreso emitió un cheque jugoso y luego escapó. Respeté al entonces presidente, George W. Bush, quien visitó 17 veces la zona del golfo de México. Laura Bush la visitó 24 veces e hizo que donaran libros a las bibliotecas que perdieron su acervo.

Katrina no fue un desastre aislado, sino tres: una tormenta que arrasó con varios kilómetros de la costa del golfo; una inundación a causa de la ruptura de los diques en Nueva Orleáns, y la violencia y anarquía que estalló en la ciudad.

Podemos agradecer que no fuera peor. Podemos agradecer que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, tenga en la mira una de las principales causas del cambio climático y el clima extremo: la contaminación del aire.

Los estándares de contaminación por carbono de la EPA son el paso más importante que Estados Unidos ha dado para proteger nuestra salud al abordar el cambio climático. Reafirman la esperanza de que algún día cercano, las plantas de electricidad ya no podrán arrojar cantidades ilimitadas de carbono contaminante a nuestro aire.

A pesar de lo que los críticos dicen, esta no es una "guerra contra el carbón".

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Es una guerra por el derecho de todos los estadounidenses a respirar aire limpio.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Donna Brazile.

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