OPINIÓN: El nuevo cine, adicto a la "pornografía de la destrucción"

Las cintas sobre catástrofes de reciente estreno son un termómetro de la situación psíquica de la sociedad estadounidense
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Autor: Lewis Beale | Otra fuente: 1

Nota del editor: Lewis Beale escribe sobre cultura y cine para publicaciones como el diario Los Angeles Times, Newsday y otras. Ha dado clases de ensayo sobre cine en la Universidad de Carolina del Norte en Wilmington.

(CNN) — En la cinta más reciente de los X-Men, Magneto hace levitar un estadio y lo usa para cercar la Casa Blanca; el estadio queda destruido.

En Godzilla, el monstruo lucha contra lo que parece ser todo el Ejército estadounidense mientras arrasa con Honolulú y San Francisco. En la nueva cinta de Tom Cruise, Al filo del mañana, París queda bajo el agua tras un ataque extraterrestre y una invasión como la del Día D termina con una playa francesa llena de cadáveres y escombros en llamas.

Aún hay mucho caos por llegar en esta temporada llena de estrenos de cintas de acción: Transformers: La era de la extinción (unos extraterrestres arrojan un crucero sobre una ciudad), Los guardianes de la galaxia (vehículos espaciales licuados por docenas), Hércules, (el protagonista lucha con leones, monstruos marinos y un ejército de malosos) y Los indestructibles 3 (Sylvester Stallone y su pandilla; un tren se estrella contra una prisión).

La revista estadounidense Entertainment Weekly lo calificó recientemente como "el verano de la destrucción".

Pero llamémoslo como lo que es: pornografía de la destrucción.

Al igual que la pornografía real, estas cintas apelan a nuestros instintos más básicos. Todas recurren a cierto suspenso, la expectación latente de que está a punto de ocurrir algo muy malo pero cool. El clímax llega generalmente con una escena masiva de destrucción generada por computadora. Al igual que la pornografía real, se supone que al final debemos sentirnos satisfechos hasta el delirio y exhaustos.

La realidad es que deberíamos odiarnos por sentirnos así, como si acabáramos de tener un encuentro sexual muy malo. Pero esa no es la reacción que provoca la pornografía de la destrucción. Peor aún, estamos exportando a todo el mundo este morbo estadounidense por la sangre y damos a los forasteros la impresión de que somos un país que ha entrado totalmente al Lado Oscuro.

No es que no haya habido destrucción masiva en cintas anteriores a estas. Hollywood ha producido muchas películas de guerra, cintas sobre desastres ecológicos y aventuras épicas sobre invasiones extraterrestres. Pero actualmente la frecuencia con la que se estrenan cintas de pornografía de la destrucción —al menos 11 cintas de esta clase en el verano de 2012 (Los vengadores, El Caballero de la Noche asciende, etc.) y 12 durante la misma temporada del año pasado (La caída de la Casa Blanca, Guerra Mundial Z, etc.)— y nuestra fascinación por ver cosas estallar deberían preocuparnos sobre la salud mental de la sociedad.

El cine siempre ha reflejado las inquietudes de la época. En la década de 1950 hubo gran cantidad de cintas llenas de paranoia nuclear que a menudo presentaban formas de vida mutantes (¿Puedes pronunciar Godzilla?). Las décadas de 1960 y 1970 nos trajeron temas de terror ecológico y biológico como The Omega Man y Naves Misteriosas. Cintas posteriores, como Mad Max 2, reflejan una ideología apocalíptica.

Sin embargo, parece que la oleada reciente de cintas refleja un colapso psíquico colectivo. Claro que hay razones para ello: temor al terrorismo y la inseguridad que generan todos esos asesinatos en masa (como lo que ocurrió recientemente en Santa Barbara). Sentimos que el mundo se ha vuelto aún más caótico. Hay demasiado de todo. La sociedad se ha vuelto demasiado complicada: hay demasiada gente, demasiada tecnología, demasiadas ideologías opuestas que chocan entre sí.

Esto evoca a Cántico por Leibowitz, la clásica novela distópica de 1959 en la que Walter Miller hijo escribe sobre el fin de la civilización industrial, al que llama La simplificación. Es como si nos estuviéramos preparando para un colapso mundial.

El verano, época en la que supuestamente deberíamos relajarnos, es el momento perfecto para que Hollywood explote nuestro apetito creciente por esta clase de masacres. Para ello hay dos razones específicas: la mayoría de los espectadores tienen menos de 40 años y buscan escapar del calor una noche y poner su cerebro en pausa… y créanme, no hay nada que requiera menos consciencia que ver cosas estallar. Y si la fotografía está bien hecha y los gráficos computarizados son increíblemente buenos, mejor.

La segunda razón es la importancia del mercado extranjero, que actualmente representa casi el 70% de los ingresos netos en taquilla.

Nuestros vecinos del mundo tienden a elegir eso que hacemos mejor: cintas de grandes presupuestos con efectos especiales sofisticados, un mínimo de diálogo (las explosiones son un idioma universal) y mucho caos. Mucho. Tenemos dos ejemplos recientes: La cinta de X-Men que se acaba de estrenar recaudó 168 millones de dólares (unos 2,184 millones de pesos) en Estados Unidos y el doble en el extranjero. La nueva cinta del Capitán América ha recaudado 255 millones de dólares (unos 3,315 millones de pesos) en Estados Unidos y apabullantes 454 millones de dólares (unos 5,902 millones de pesos) en el extranjero.

Estados Unidos, el país en el que las escenas de destrucción masiva son la norma y se prefieren las masacres en vez de la paz, el amor y la comprensión. ¿Es esta la clase de imagen negativa de Estados Unidos que queremos exportar? Claro que todos sabemos que "es solo una película", pero no se engañen: nuestro entusiasmo por la destrucción de ciudades enteras dice algo sobre quiénes somos y hacia dónde va nuestra sociedad.

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Se pensaría que tras el 11-S y los interminables asesinatos en masa en Estados Unidos seríamos un poco más sensibles a las escenas de ciudades destruidas y miles de vidas segadas, pero parece que ha ocurrido lo opuesto: nos deleitamos con ello. Lo aplaudimos. Al igual que con la pornografía, no podemos dejar de mirar. Es seductor e increíblemente adictivo. ¿Es la satisfacción de un deseo? ¿Una catarsis? ¿Entretenimiento puro y simple? En realidad no importa. Mientras la psicosis social que alimenta esta avidez de destrucción nos controle, Hollywood estará dispuesto a complacernos.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Lewis Beale.

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