OPINIÓN: Obama y sus decretos, ¿un comportamiento de rey?

Como si fuera un rey, Barack Obama ha abusado de sus facultades legislativas para saltarse la voluntad del pueblo estadounidense
Obama reforma inmigratoria  Obama reforma inmigratoria
Robert Pittenger
Autor: Robert Pittenger | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Robert Pittenger, representante republicano del estado de Carolina del Norte, preside el grupo de trabajo del Congreso para el Terrorismo y la Guerra No Convencional y pertenece al Comité de Servicios Financieros de la Asamblea de Representantes de Estados Unidos.

(CNN) — La historia volverá a preguntar si el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se está mostrando presidencial o imperial luego de que dejara ver una vez más que tiene la intención de pasar por encima del Congreso y gobernar a través de un decreto, esta vez con el anuncio sobre la inmigración que dio el lunes 30 de junio.

Consideremos la forma en la que este marcado uso de sus supuestas facultades se compara con las de los gobernantes de otras grandes naciones.

La historia está repleta de crónicas de reyes y líderes, desde los tiempos bíblicos hasta la actualidad. En las Escrituras encontramos al rey David, quien buscaba agradar a Dios, respetaba los límites de su regio mandato y llevó a sus súbditos a una seguridad y prosperidad relativas. Otros, como el rey Saúl, se exaltaron a sí mismos, rebajaron su investidura y llevaron a Israel a las vicisitudes de la calamidad, la derrota y la ruina.

Los grandes reyes de la historia son famosos por haber protegido eficazmente su soberanía, algunos lo hicieron por medio de un decreto benévolo y otros lo hicieron por medio de logros ignominiosos. César Augusto logró un periodo de paz prolongado en Roma. Gengis Kan expandió su imperio con brutalidad eficiente. El emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, José II, abolió la esclavitud y las servidumbres en los dominios de la Austria de los Habsburgo. Napoleón Bonaparte fue famoso por su superioridad militar y estableció el Código Napoleónico, en el que se prohibían los privilegios por nacimiento. Todos gobernaron con una autoridad relativamente carente de oposición.

La democracia se arraigó en la antigua Grecia durante el siglo VI a.C. Los miembros de la sociedad tenían voz y voto en una democracia representativa que distribuía el poder político entre el pueblo. Muchos siglos después surgió la Carta Magna, en la que los súbditos británicos exigieron que su rey les otorgara el derecho a votar, ciertos derechos humanos y participación en el gobierno. La Constitución de Estados Unidos contiene derechos que se originaron en la Carta Magna.

La evolución de la democracia estadounidense llegó a través de la sabiduría de James Madison, Thomas Jefferson, John Locke y otros intelectuales reflexivos que imaginaron un gobierno dividido intencionalmente, con un sistema de frenos y contrapesos que se implementa a través de los poderes ejecutivo, judicial y legislativo.

En contraste con esta visión y con las obligaciones que se establecieron en la Constitución, Obama afirmó abiertamente que usará su pluma y su teléfono (ya lo ha hecho) para cambiar las políticas por medio de decretos. Su despliegue unilateral de poder a través de los decretos evade a los frenos y contrapesos del Congreso y de los límites de la norma constitucional, mismos que debería conocer bien ya que fue profesor de Derecho.

Nuestros padres fundadores crearon los decretos para que se usaran en emergencias en una época en la que los viajes se hacían a caballo y la respuesta expedita del Congreso era imposible. Esta época ya pasó.

Muchos presidentes han recurrido a los decretos para hacer nombramientos de altos funcionarios durante los recesos del Congreso y otros actos, pero Obama los ha emitido para provocar grandes cambios de políticas, lo que supera por mucho los actos de otros líderes al hacer mal uso de estos poderes de emergencia para hacer su voluntad e ignorar a los representantes que el pueblo eligió.

El presidente ha actuado sin autorización al alterar Obamacare; decidió no implementar secciones que lesionaban a sus amigos y mecenas en el gobierno, los sindicatos y las grandes empresas. Extendió el alcance regulador de la Agencia de Protección del Ambiente y apaciguó a sus simpatizantes ambientalistas a costa de los empleos de estadounidenses comunes y trabajadores.

Cuando el Congreso actuó en nombre del pueblo estadounidense y no buscó aprobar la Ley DREAM, el presidente emitió un decreto que provocó la actual crisis humanitaria en la frontera y ahora los niños sin acompañante no son capaces de sostenerse.

Obama actúa como si viviera en un siglo diferente: actúa unilateralmente, sin las limitaciones de lo que para él son las molestias del Congreso.

Recientemente socavó nuestra seguridad nacional y arriesgó la seguridad de nuestros soldados al decidir que liberaría a cinco comandantes talibanes sin consultarlo previamente con el Congreso.

Cuando pensamos en los reyes, no pensamos solo en cómo gobernaron, sino en cómo vivieron; pensamos en sus suntuosos castillos y en sus festines opulentos, en su falta de consideración a las clases bajas que luchaban por salir adelante. "Que coman pasteles".

Esa es también la percepción respecto al presidente de Estados Unidos. En una economía que presentó un crecimiento anémico a causa de las políticas presidenciales fallidas, una economía en la que el alto índice de desempleo se ha vuelto la norma (hay 20 millones de personas sub o desempleadas), que tiene una deuda de 17,500 millones de dólares (unos 227,000 millones de pesos) y en la que demasiadas personas dependen del gobierno, parece que Obama ni se inmuta.

El presidente de Estados Unidos disfruta plenamente de los placeres de su cargo. Sale frecuentemente de vacaciones y viaja a voluntad en el avión presidencial hacia los lujosos centros vacacionales en Florida, California y Hawaii, en donde su equipo de avanzada (que viaja a costa del erario) busca los mejores campos de golf. Mientras tanto, las familias ordinarias pagan impuestos y cancelan o acortan sus vacaciones.

El comportamiento de Obama parece ajustarse más a la descripción de la realeza que a la de un presidente. La historia cuenta con reyes alabados y odiados, pero el presidente debe darse cuenta de que no gobierna en la época de los reyes.

Los medios harían bien en darse cuenta de ello y dejar de alabar a este presidente por decreto. Tenemos una división de poderes cuidadosa e intencional y un sistema que a lo largo de dos siglos ha demostrado que funciona notablemente bien. No se debería aplaudir el desprecio que el presidente muestra a la Constitución y al Congreso.

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Trágicamente, Obama pasará a la historia, pero no como un gran rey ni como un presidente considerado que guió al país con base en la norma constitucional y la democracia representativa.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Robert Pittenger.

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