OPINIÓN: Yo huí de Centroamérica, igual que esos niños

La crisis de los niños inmigrantes debe hacernos reflexionar sobre las causas de este fenómeno y las verdaderas soluciones
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Autor: Pablo Alvarado | Otra fuente: 1

Nota del editor: Pablo Alvarado es director ejecutivo de la Red Organizadora Nacional de Jornaleros.

(CNN) — Unos días después de que amenazaran de muerte a mi hermano menor, él y yo nos subimos a La Bestia, el tren que se dirige al norte, para escapar de El Salvador. El país que financiaba a las fuerzas armadas que querían matar a nuestros amigos y familiares sería nuestro destino para encontrar la seguridad. Al igual que los millones de personas que se ven obligadas a emigrar, me vi en la necesidad de dejar mi hogar para enfrentar la incertidumbre y el rechazo en Estados Unidos.

Partí el último día de clases, antes de graduarme de la universidad, y me dediqué a garantizar la seguridad de mi hermano, quien en ese entonces era un adolescente no mayor que los menores sin acompañante que actualmente llegan en masa a la frontera entre México y Estados Unidos. Aunque no puedo fingir que conozco su situación, puedo ver los rostros de nuestros compañeros de viaje en las fotos de esos niños apiñados en los centros de detención.

Los conservadores de derecha han aprovechado al máximo este giro del debate inmigratorio para insistir en la seguridad fronteriza y recriminar a las tropas por ser incapaces de detener a unos niñitos. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama —quien al parecer emprendió la misión de apaciguarlos en sus primeros seis años de mandato—, ahora haría bien en ignorarlos completamente en vez de seguir impulsando su sistema de deportaciones.

En un debate que se ha concentrado en la criminalización de los inmigrantes y del acto de emigrar, los rostros de los niños —acurrucados y asustados, esperanzados y vulnerables— desafían al desprecio. Demuestran, en cambio, eso que el presidente ha declarado pero ante lo que no ha actuado: la inmigración es una crisis humanitaria. No se resuelve con soldados, prisiones ni esposas, sino con asistencia.

Los nacionalistas recalcitrantes, incapaces de satanizar a la gente que cruza la frontera cuando se enfrentan a estos niños, recurrirán a su otro objetivo favorito: satanizar a la administración.

Uno de los impulsores de las iniciativas antiinmigrantes de la Asamblea de Representantes de Estados Unidos, Bob Goodlate, insiste en repetir el rumor de que el programa de Acción Diferida para las Llegadas durante la Niñez y la mala comprensión de la posibilidad de una reforma inmigratoria han provocado la llegada de estos jóvenes. Quiere que creamos que este Congreso provocó que la legalización pareciera tan prometedora que los niños que en otras circunstancias se hubieran quedado en sus países ahora cruzan un continente para aprovechar sus rumorados beneficios.

Pero, al igual que cualquier teoría sobre el magnetismo, pasa por alto el factor esencial del desplazamiento. La repelencia es más fuerte que cualquier atracción. La Casa Blanca trató al principio de acallar las peroratas de la derecha. Sin embargo, el debate ha seguido el patrón más común en la política inmigratoria: la derecha hace denuncias exageradas, la administración los calma y el aparato político en Washington calla casi por completo.

Para tener una conversación real sobre los niños que están en la frontera es necesario entender la crisis humanitaria, pero eso también requiere abordar la dinámica entre Estados Unidos y sus vecinos.

Debemos examinar la razón por la que la gente se ve obligada a ir al norte. ¿Qué ocurre exactamente en sus países de origen? ¿Qué tiene qué ver Estados Unidos en la creación de esos problemas?

Mi hermano y yo no dejamos a nuestros padres solo para que nos agredieran en un viaje de un mes hacia el norte ni para atestiguar lo peor, incluso la muerte, solo porque queríamos. No dejamos el empleo que teníamos ni la vida que habíamos empezado a construir solo porque seríamos más felices buscando empleo en las calles y pagando lo que pudiéramos para dormir en la sala de una casa. Nos fuimos porque era nuestra oportunidad para sobrevivir, porque las fuerzas contrainsurgentes (que ahora se sabe que recibían financiamiento de la administración de Reagan) libraban una guerra sucia en El Salvador que cobró la vida de 70,000 personas y desplazó a un millón más.

Espero que la difícil situación de los niños que están bajo los reflectores del debate inmigratorio pueda derribar el mito de que podemos seguir con esta conversación sin tomar en cuenta a nuestros vecinos.

Los niños han demostrado que las propuestas y los temas que se debaten no han sido los adecuados. Cuando regreso a El Salvador (ya como ciudadano estadounidense) para entrevistar a quienes deportaron para un estudio que se publicará próximamente, la frase que la gente recita comúnmente es: "¿Qué opción tengo que no sea ir al norte?".

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Los muros que se han levantado, las tropas que se han desplegado e incluso las leyes que se han promulgado no responden a la pregunta ni atienden a la gente que desea sobrevivir y albergar la esperanza de algo mejor, pero que no ve la posibilidad de que eso ocurra.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Pablo Alvarado

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