OPINIÓN: La verdadera razón por la que hay armas militares en Ferguson

Los acontecimientos en el suburbio de St. Louis son el indicio de una preocupante tendencia militarizadora en las policías, dice Kara Dansky
Kara Dansky
Autor: Kara Dansky | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Kara Dansky es consejera sénior del Centro para la Justicia de la Unión para los Derechos Civiles de Estados Unidos (ACLU) y escribió el libro War Comes Home: The Excessive Militarization of American Policing.

(CNN) — Solían usar toletes, mangueras y pastores alemanes intimidantes. Ahora usan vehículos blindados y granadas aturdidoras. El armamento ha cambiado, pero el objetivo sigue siendo el mismo.

Si algunas de las fotos que se tomaron en Ferguson la semana pasada fueran en blanco y negro, tal vez habrías pensado que eran escenas del sur de Estados Unidos en la década de 1950. Los agentes blancos golpeaban a los manifestantes negros. Los jóvenes negros yacían boca abajo mientras los policías blancos se alzaban junto a ellos con rifles de asalto.

Desde hace mucho tiempo hemos aplicado la ley agresivamente en las comunidades de color de Estados Unidos. Desde hace décadas, la policía ha tratado a la gente negra y morena como si fueran el enemigo. En ese contexto, los acontecimientos recientes en Ferguson tras la muerte de Michael Brown no sorprenden. Pero van más allá de Ferguson.

Estamos atestiguando la militarización de las fuerzas policiales y se ha vuelto común en las ciudades de todo Estados Unidos.

Cada año, los departamentos de Defensa, Seguridad Nacional y Justicia destinan miles de millones de dólares y equipo militar a las corporaciones policiacas estatales y locales para ayudarles a acumular arsenales de armas listas para el combate, según nuestro reporte War Comes Home: The Excessive Militarization of American Policing (la guerra llega a casa: la militarización excesiva de las fuerzas policiales estadounidenses).

Dos de los vehículos blindados que patrullan St. Louis en este momento se compraron con estos recursos federales. Se calcula que unos 600 departamentos de policía recibieron vehículos protegidos para emboscadas y resistentes a las minas, que son tanques construidos para soportar el embate de las bombas callejeras que perforan el blindaje. Desde los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, esta clase de recursos federales ha estado más al alcance de los departamentos de policía estatales y locales.

Nos han dicho que parte de los motivos de las agencias federales es deshacerse del equipo militar sobrante. Pero esa ciertamente no es la razón completa.

Al menos una tercera parte de las armas que fluyen hacia las policías estatales y locales son nuevas. La mejor explicación es que la militarización de la policía estatal y local es una estrategia deliberada que cuenta con el respaldo económico del gobierno federal con el fin de librar la fallida guerra contra las drogas. Como ocurre siempre con la guerra contra las drogas, hay una cantidad desproporcionada de campos de batalla en las comunidades de color.

Esta estrategia deliberada explica por qué casi el 80% de las redadas paramilitares que estudiamos tenían como objetivo catear casas (usualmente en busca de drogas); por qué los equipos de armas y tácticas especiales (SWAT) irrumpían en las casas de la gente por medio del uso de equipo militar —como arietes— el 60% de las veces, y por qué era 14 veces más probable que lanzaran granadas aturdidoras (que se inventaron para emboscar a los enemigos en la guerra) en los cateos en busca de drogas que durante las redadas que los SWAT ejecutaban con otros fines.

De igual forma, se sabe que desde hace décadas, las tácticas más agresivas de nuestra policía hacen un daño desproporcionado a las comunidades de color. En total, el 54% de la gente que resultó afectada por los cateos paramilitares eran gente de color.

El depositar en los vecindarios locales el armamento y equipo diseñado para combate en el extranjero solo agrega combustible peligroso al fuego de la implementación agresiva de la ley.

Podría ser tentador pensar que las tácticas brutales que hemos visto son la consecuencia de los actos de unos cuantos agentes malos. Tal vez sería reconfortante pensar que esto es una mala racha. Eso podría ser parcialmente cierto. Pero cuando el gobierno arma a los policías como si fueran soldados, les da capacitación en contrainsurgencia y les dice que están combatiendo al enemigo, deberíamos esperar este resultado trágico e incendiario.

Sin embargo, eso no significa que debemos aceptar el statu quo. Necesitamos cambiarlo.

Es hora de que el Congreso estadounidense limite su apoyo a programas como el programa 1033 del Departamento de Defensa, en el que permite que el Pentágono reparta armas, e impida que los departamentos de Justicia y Seguridad Nacional entreguen dinero en efectivo a los departamentos de policía.

El reducir estos recursos es parte del reconocimiento en general de que la lucha agresiva contra las drogas no ha logrado abatir el uso de drogas, sino que ha provocado daños increíbles a las comunidades. El gobierno federal debe reconocer que el dinero que actualmente se destina a esta guerra puede y debería gastarse en intervenciones más eficaces como tratamientos contra drogas, salud mental y vivienda.

Los gobiernos estatales y locales deberían concurrir para limitar la capacidad de las fuerzas policiales para hacer redadas en las casas de la gente y evitar que las policías locales usen tácticas y armas de guerra. Parte de la razón por la que esto no ha ocurrido es que mucha gente simplemente no estaba consciente del grado de militarización que ha alcanzado nuestra policía. Los acontecimientos en Ferguson deberían disipar cualquier ilusión que la gente tenga al respecto.

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Es hora de que el gobierno federal deje de financiar el sitio a las comunidades de color.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Kara Dansky.

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