OPINIÓN: Las reformas de Peña Nieto ¿acompañadas de tentaciones?

Con los cambios en diversas legislaciones podría surgir la tensión entre los beneficios y costos políticos en el corto y en el largo plazo
Peña Nieto en su informe
Opinión Vidal  Peña Nieto en su informe
Vidal Romero
Autor: Vidal Romero | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Vidal Romero es doctor en Ciencia Política por la Universidad de Stanford. Actualmente es jefe del Departamento de Ciencia Política del ITAM. Síguelo en su cuenta de Twitter: @vidalromero_

(CNNMéxico) — Hemos sido testigos de la etapa más intensa de reformas institucionales en la historia reciente de México. En términos generales, estos cambios a las instituciones tienen muchos más aspectos positivos que negativos. Se establecen mejores incentivos para el desarrollo económico del país.

Las reformas establecen un gobierno con menor injerencia en las decisiones económicas y que le es relativamente más fácil comprometerse creíblemente con los actores económicos a no inclinar la balanza a favor de uno u otro grupo económico—claro que esto en grado relativo, el gobierno mexicano aún conserva mucha injerencia en la economía.

Esto debiera incentivar la competencia, y la competencia generará más riqueza en la economía. El país como agregado ganará, aunque grupos específicos y minoritarios perderán.

En el aspecto político la ecuación es más complicada. Se trata de reformas cuyos efectos tangibles en el bienestar de la población se verán—si todo sale bien—después de terminado el sexenio de Enrique Peña Nieto.

¿Por qué entonces impulsó estas reformas el presidente? La respuesta es relativamente sencilla y tiene que ver con el deseo de los presidentes por dejar un legado positivo. Dado que no hay reelección y el legado es una construcción de largo plazo, los efectos inmediatos de las reformas no debieran pesar fuertemente en el ejecutivo.

Un poco más complicado es explicar por qué el partido del presidente, el PRI, estuvo de acuerdo con invertir su capital en reformas que darán resultados concretos a los electores probablemente hasta después de las elecciones presidenciales de 2018. El hecho de que sean compañeros de partido no implica que tengan los mismos intereses.

Por ahora el PRI y el presidente Peña Nieto sólo pueden vender promesas. La propaganda gubernamental, de hecho, es bastante explícita a este respecto.

Entonces, debe ser el caso que el PRI recibirá algo a cambio por parte del presidente Peña Nieto. Sabemos, por ejemplo, que muchas de las reformas de mercado de los años 1990 en México y en América Latina se lograron gracias a que los ejecutivos fueron capaces de compensar a sus partidos por su apoyo legislativo. En México durante el gobierno de Carlos Salinas, el PRI se benefició de programas como Solidaridad y de una importante inversión en infraestructura, a cambio de apoyar las reformas del gobierno de Salinas.

Este intercambio entre actores políticos es lo esperado y no necesariamente implica acciones corruptas. Pero sí implica una gran tentación para el gobierno para manipular los recursos fiscales para beneficiar al partido en el gobierno o para mejorar artificialmente la economía. Esto, lo sabemos, tiene consecuencias desastrosas.

Y no implica que las reformas sean parte de un plan malvado que arruinará la economía para lograr la reelección del PRI. No es un tema de "buenos" y "malos". Simplemente se trata de incentivos ciertamente perversos que surgen por la tensión entre los beneficios y costos políticos en el corto y en el largo plazo.

Y la tentación de manipular la economía en el corto plazo será muy fuerte para el gobierno del presidente Peña Nieto. Habrá que estar atentos, por ejemplo, a incrementos anómalos en el gasto corriente, en subsidios, y transferencias que pretendan hacer creer a los ciudadanos que la economía está mejor de lo que realmente está con el propósito de aumentar la probabilidad de voto por el PRI.

Conforme se acerque el día de la elección intermedia y luego de la elección presidencial, la tentación para manipular la economía crecerá. Ciertamente existen hoy en día más controles que en las épocas de hegemonía priista de los años 1970  y 1980, pero todavía el gobierno federal tiene amplio control sobre buena parte de los recursos fiscales.

El sistema fiscal mexicano que concentra la recaudación en el gobierno federal y ha incrementado notablemente la descentralización del gasto no ayuda a mantener bajo control el uso de los recursos fiscales. Así, los meses siguientes serán de mucha tentación y debieran ser también de mucha vigilancia.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Vidal Romero.

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