OPINIÓN: ¿Exactamente qué celebramos los mexicanos el 16 de septiembre?

Actualmente podemos decir que la independencia de México es tangible, en el siglo pasado era una narrativa del nacionalismo-revolucionario
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Pablo Majluf
Autor: Pablo Majluf | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY.

(CNNMéxico)– ¿Exactamente qué celebramos el 16 de septiembre? La respuesta es como una lista de libros favoritos, cambia con la edad y las circunstancias. No es lo mismo leer Cartas a un joven disidente a los 25 que a los 50, o Anna Karenina casado que soltero. Como dijo Ortega y Gasset: "El hombre y sus circunstancias".

La analogía viene al caso porque el 16 de septiembre seguramenteno significalo mismo, y no exige las mismas reflexiones hoy, que hace 50, 100, o 200 años. La distinción es importante. Sumergidos en patrioterismos del pasado, solemos despreciar la importancia actual de nuestra independencia, una virtud que hoy, en pleno s.XXI –en un mundo como el que estamos viviendo– merece gratitud.

Me di cuenta de esto leyendo la reciente columna de Mario Vargas Llosa, Las guerras del fin del mundo (El País), que sin decir nada nuevo, pinta un mundo en el que los pueblos sin independencia son acechados violentamente por bárbaros déspotas. Pienso en los ucranianos no-rusos, los chechenos, los kurdos, los yazidíes y los chiíes de Iraq; pienso en Sudán y Palestina. Pueblos enteros que viven en la desolación y el desamparo porque no tienen (o no pudieron mantener) lo que nosotros sí: un Estado soberano.

Esta es la gratitud que, en un mundo arbitrario dondenadie te defiende de la opresión ajena, profiere alguien sensible como Vargas Llosa. En sus palabras:

"Dentro de semejante barbarie, quién lo hubiera dicho, América Latina parece un ejemplo de civilización. No hay guerras, la mayor parte de los países tienen elecciones más o menos libres y en la mayoría de ellos se practica la convivencia en la diversidad".

Desde luego que, como lo advierte el propio Vargas Llosa, se trata de una generalización con excepciones, como Cuba y Venezuela. Pero México no es una de ellas. De hecho, si nos comparamos con los demás, podríamos decir que somos –junto con Chile y Costa Rica– el más democrático, tolerante, económicamente abierto y culturalmente diverso de la región: virtudes que no se pueden alcanzar sin soberanía (aunque ésta no basta).

Es cierto que esta soberanía también se vitoreaba hace 50, 100 y 200 años. Pero por razones distintas. En la incipiente república, la independencia se celebró desde las élites como una separación que permitió prolongar, y sobre todo legitimar, el saqueo. Unas décadas después, a mediados del siglo XIX, mientras nos poníamos de acuerdo en la construcción de un proyecto nacional, perdimos la mitad del territorio y fuimos invadidos innumerables veces, lo cual convirtió a la independencia en un símbolo parecido al nacionalismo decimonónico europeo pero volcado hacia dentro (como lo dijo Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México).

El siglo siguiente fuimos víctimas del nacionalismo-revolucionario, una narrativa fuertemente marcada por la justicia social, el colectivismo, y la retórica pobrista del materialismo histórico. En esa lógica, la independencia se integró al discurso revolucionario y se utilizó, junto con otros procesos históricos, para legitimar al partido en el poder. Fue realmente el PRI el que homogenizó a los héroes nacionales–independentistas, reformistas y revolucionarios– y los ascendió todos juntos al aparador de las glorias históricas.

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Hoy, la independencia –quitando protocolos burocráticos y celebraciones efímeras– ya no es una artimaña del poder. Espero no pecar de idealista pero creo que hoy, por primera vez en la historia, la independencia es algo tangible y de todos losmexicanos. Falta asomarse al mundo, falta vivir en el Medio Oriente (como lo hice yo), o sumergirse en el mar Negro, o el Cuerno de África, o ir a Coyoacán por un helado con lafamilia, para agradecer a muchoshombres que durantedoscientos años –voluntariamente o no, con verdadero patriotismo o por ambiciones coyunturales–perpetuaron nuestra independencia enun mundo tan cruel.

Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Pablo Majluf.

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