OPINIÓN: No debemos desaprovechar el caso Iguala

La energía de la sociedad en general debe canalizarse debidamente y no caer en el fanatismo que sólo puede provocar confusiones
Una protesta en la Ciudad de México por la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa, Guerrero
Una protesta en la Ciudad de México por la desaparición de 4  Una protesta en la Ciudad de México por la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa, Guerrero
Pablo Majluf
Autor: Pablo Majluf | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Majluf son a título personal y no representan el criterio o los valores del CEEY. Síguelo en su cuenta de twitter

(CNNMéxico)– Es probable que el epílogo de Iguala se obscurezca, que las energías se canalicen indebidamente hacia el fanatismo, que reine la confusión, que se hagan las preguntas incorrectas…y que se desperdicie una oportunidad potencialmente catártica.

No me refiero a las jornadas inadmisibles de violencia y vandalismo de las últimas semanas -provocaciones malévolas que, lo sabemos, surgen de grupos antidemocráticos dedicados a la inestabilidad- sino a formas más tácitas y furtivas de manipulación, a simulaciones indecorosas, a propuestas vacías y, sobre todo, a discusiones inútiles.

¿De qué sirve, por ejemplo, pedir la renuncia de Enrique Peña Nieto? ¿No es acaso una solicitud efímera y simplista, más digna de multitudes que buscan la descarga con un grito, que de una sociedad comprometida con el cambio duradero? ¿No estaremos frente a un impulso irreflexivo, impráctico, y de paso anti-institucional? ¿O será impaciencia ante la democracia: la nostalgia de un manotazo omnipotente que todo lo resuelve ipso facto?

El inoportuno soundbite del procurador Jesús Murillo Karam cansado físicamente; el viaje del presidente a China (por cierto el adversario económico más férreo de México en el mundo), la casa de la primera dama en Las Lomas, el maquillista, los viajes de la hija del presidente… son todas distracciones conspicuas que abonan a la dispersión.

Desde luego, la patética e ingenua estrategia de comunicación del presidente y su equipo, caracterizada no sólo por la tibieza, sino por la ausencia del diálogo y la negación subrepticia; la falta de claridad en la estrategia contra el crimen organizado; y el triunfalismo reformista anticipado, son enteramente criticables. Sin embargo, distan de ser discusiones trascendentales que propicien una transformación sustancial. El acento deberíamos ponerlo -considero- en la sílaba que es de hecho la tónica:

  • ¿Cómo controlar el poder de los gobernadores y alcaldes? ¿Nos funciona una república federal, o es preferible una centralista? ¿Debe la federación seguir dando recursos a los estados sin que éstos rindan cuentas?

  • ¿Cómo purificar a los partidos políticos? ¿Cómo transparentar los procesos de selección de candidatos?

  • ¿Tiene algún sentido el fuero político? ¿Podemos someter a los funcionarios públicos a la justicia común?

  • ¿Cómo fortalecer el Estado y sus aparatos de seguridad? ¿Es necesaria otra reforma fiscal que recaude losuficiente para este rubro? ¿Por qué un policía municipal gana $8 mil pesos al mes? ¿Por qué sólo hay 250 mil elementos de seguridad en todo el país?

  • ¿Cómo contener las protestas violentas? ¿Cómo controlar a los grupos subversivos?

  • ¿Cuál es el papel de los medios de comunicación? ¿Qué responsabilidades tiene la sociedad civil y la academia? ¿Cómo pueden ayudar los grandes empresarios y la elite cultural?

  • Y quizá lo más importante: ¿cómo instaurar un Estado de derecho? ¿Cómo validar la aplicación de la ley? ¿Es un tema de poder público, o uno educativo? ¿Es un tema cultural, o uno cívico?

Éstas son, a la luz de Iguala, las preguntas importantes. Lo demás es escenografía-espectacular evidencia de la dificultad histórica que tiene México para concentrarse en lo necesario, para discutir lo primordial y, con eficiencia, alcanzar el cambio. En contraste, admiro la facilidad con la que evoluciona la sociedad estadunidense: hace 10 años advirtieron su gran dependencia del petróleo extranjero. Después de una oportuna discusión en la que participaron think-tanks, universidades, periodistas, medios de comunicación, partidos políticos, e intelectuales públicos, hoy los gringos son el primer productor mundial de ese energético… aunque usted no lo crea. El racismo, los derechos civiles, la despenalización de las drogas, el matrimonio homosexual, la Gran Recesión, el empoderamiento de la mujer, you name it… siguieron la misma línea.

Desproporcionada y quizá injusta la comparación con el país más poderoso del mundo, pero contiene una lección importante: que con voluntad ciudadana y un poquito de inteligencia, las discusiones bien encaminadas pueden resultar en cambios tangibles. El carácter de una sociedad se mide más por su capacidad de digerir y encauzar las crisis (evolucionar), que por indignaciones momentáneas y reclamos inconsecuentes. Sería muy triste que la muerte de 43 jóvenes quedara sepultada, como siempre, entre gritos y susurros.

Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Pablo Majluf.

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