OPINIÓN: Cómo responder a una Rusia autoritaria

La reacción moderada de Estados Unidos y sus aliados al anuncio de operaciones navales rusas en el Caribe fue la ideal, según el autor
Vladimir Putin, presidente de Rusia
Vladimir Putin  Vladimir Putin, presidente de Rusia
James Holmes
Autor: James Holmes | Otra fuente: 1
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Nota del editor: James Holmes es profesor de Estrategia en el Naval War College y escribe en un blog con el nombre de Naval Diplomat.

(CNN) — A mediados de noviembre se difundió la noticia de que unas aeronaves rusas empezarán a patrullar los cielos del Caribe.  El gobierno estadounidense reaccionó moderadamente al anuncio del ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigu. El Departamento de Estado de Estados Unidos cuestionó los motivos del gobierno ruso para operar en las costas de América del Norte e insistió en que esos vuelos "deben ser acordes con el derecho internacional y deberán efectuarse con el debido respeto a los derechos de otros países y a la seguridad de otras aeronaves y embarcaciones".

Eso fue prácticamente todo. Washington no debería ir más allá de emitir una declaración formal como esta. ¿Por qué? Porque una declaración concisa informal conserva la libertad de los cielos y los mares. Los Estados costeros rechinan los dientes y toleran la presencia del rival a cambio de su propia libertad de operar en costas extranjeras. Es una forma de reciprocidad.

El anuncio de Shoigu coincidió con la presencia de una flotilla naval rusa en las aguas del norte de Australia, lo que causó frenesí entre los analistas australianos. Sin embargo, el gobierno del primer ministro Tony Abbott, al igual que la administración de Obama, emitió un comunicado discreto en relación con ese viaje. El portavoz del departamento de Defensa australiano señaló que los navíos rusos (un lanzamisiles Varyag acompañado de una escolta de tres barcos) no estaban haciendo nada ilegal ni provocador.

Y así fue.

Nadie afirmó que la fuerza de tarea rusa hubiera pasado por las aguas territoriales australianas (el cinturón de 12 millas náuticas o 22 kilómetros de aguas que rodea a todos los Estados costeros), aunque pudo haberlo hecho siempre y cuando los comandantes cumplieran las reglas del paso inocente. Nadie afirmó que hubieran puesto en riesgo la seguridad de Australia. No obstante, como lo hacen los Estados costeros, el gobierno australiano envió naves de observación. Los marinos de la Real Armada Australiana y las aeronaves de vigilancia salieron al mar para vigilar a los buques de guerra rusos y suponemos que para documentar sus actividades.

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Y así están las cosas. Maniobra, reacción: un día normal en la vida de los servicios marítimos. ¿Por qué el gobierno ruso se tomaría la molestia de enviar a un crucero del Pacífico tan lejos de las costas rusas? Tucídides, el cronista de la Guerra del Peloponeso, ofrece un punto de partida para responder a esa clase de pregunta. Enlista el "temor, el honor y el interés" como los tres principales motivos de los actos humanos. Es probable que cada uno de ellos moldee las decisiones que se toman en Moscú.

Pongamos los motivos de Tucídides en orden inverso. La dirigencia rusa probablemente se interesó en manifestar la seriedad con la que se está tomando la cumbre del G20 que se está celebrando en Brisbane. Tal vez quiera también impresionar a los posibles compradores de armas rusas en el sureste de Asia. El hacer un despliegue de poderío naval en los alrededores de Australia podría constituir parte de la estrategia de ventas. Cuando se los usa con destreza, los barcos siguen siendo objeto de interés político y económico como lo han sido a lo largo de la historia marítima.

¿Qué hay del honor? Está claro que Rusia quiere anunciar, una vez más, que está de vuelta en la historia. A la caída de la Unión Soviética siguió un doloroso interludio de debilidad. Enviar a una rejuvenecida Flota del Pacífico a pasear por la región ayuda a borrar los recuerdos dolorosos mientras restaura la reputación de Rusia como gran potencia. A nivel personal, el viaje podría representar la forma en la que el presidente de Rusia, Vladimir Putin, responde al compromiso de Abbott de castigarlo por el derribo de un avión comercial malasio sobre territorio ucraniano a mediados de este año. ¿Infantil? Tal vez. Pero hay precedentes. Se sabe que los líderes políticos han recurrido a los medios del Estado para vengar afrentas personales.

Finalmente, el miedo. No cabe duda de que el gobierno ruso se siente asediado. La comunidad internacional reaccionó vehementemente a la guerra indirecta de Rusia contra Ucrania e impuso una gran variedad de sanciones. Rusia creó por sí sola su problema de aislamiento, ciertamente. Pero el despliegue de las fuerzas navales en el Pacífico Sur recuerda a Occidente y a sus aliados que el gobierno ruso aún tiene opciones.

Es muy probable que haya muchos motivos detrás de todo. No obstante, el autocontrol sigue siendo la mejor actitud, sin importar los motivos de los actos de Rusia. ¿Por qué? Porque hay que preservar el principio de la libertad de los mares. Los barcos y aviones de guerra australianos viajan todos los días por las zonas comunes del mundo (los mares y cielos que están más allá de la jurisdicción de un Estado y están abiertas al uso libre por parte de cualquiera). Lo mismo ocurre con los barcos y aviones estadounidenses, los de Japón, de Corea del Sur, y más. De hecho es virtualmente imposible proyectar el poder hacia regiones remotas o llevar a cabo operaciones comerciales marítimas si las zonas comunes no estuvieran abiertas. Esa libertad irrestricta es un bien invaluable.

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Además, corresponde a las grandes potencias marítimas, como Australia y Estados Unidos (los principales beneficiarios de la libertad de los mares) hacer todos los esfuerzos posibles para que la zona común siga siendo común. Eso significa evitar pronunciar palabras o actuar de forma que se erosione la libertad que se consagra en el derecho internacional y la costumbre. Reaccionar exageradamente al uso rutinario de la zona común porque no nos gusta que tal o cual potencia la use equivale a un estándar doble: libertad para mí, pero no para ti. Esa es la peor forma de reaccionar. Es mejor observar, esperar y callar hasta que una Armada extranjera haga algo ilegal.

En cierto sentido, se está renovando una discusión añeja acerca del derecho marítimo. Los romanos consideraban que el cada vez más grande Mar Mediterráneo era el mare nostrum, es decir, nuestro mar. Desde este punto de vista, el mar era objeto de propiedad. El holandés Hugo Grocio, uno de los precursores del derecho internacional, propuso durante el siglo XVII la idea del mar libre o mare liberum. Más allá del alcance de un cañón disparado desde la costa (la distancia máxima a la costa, dentro de la que un gobierno podía ejercer su control), los marineros eran libres de comerciar, proyectar su poderío naval y emprender cualquier cantidad de empresas marítimas.

El antagonista de Grocio fue el jurista inglés John Selden (lo cual es irónico porque fue en Gran Bretaña en donde más tarde nació el orden marítimo liberal que conocemos hoy). Selden propuso la doctrina opuesta del mare clausum, es decir, el mar cerrado.

La idea esencial del mare clausum era que los gobiernos tenían derecho a ejercer su soberanía sobre el espacio marítimo así como lo hacían en tierra firme. Los Estados costeros literalmente gobernaban las olas así como ejercían el monopolio de la fuerza legítima dentro de sus fronteras terrestres. Selden insistió que Inglaterra tenía la soberanía sobre las aguas del noroeste de Europa, incluidas las rutas de llegada a los puertos holandeses desde el océano Atlántico. No sorprende que Grocio quisiera negar a su rival, Inglaterra, el derecho de sentar las condiciones de acceso de su país al mar o de cortar del todo ese recurso vital. Algo similar ocurrió en el sur de Asia, en donde Portugal se consideraba amo del océano Índico mientras que los holandeses clamaban por el acceso libre.

Parece que al final ganó la doctrina de los mares libres de Hugo Grocio. Grocio sigue siendo una institución en los círculos del derecho internacional, mientras que John Selden cayó prácticamente en el olvido. Pero hay pocas victorias permanentes en los debates jurídicos.

Protestar ruidosamente por despliegues como el de Rusia da consuelo a los herederos ideológicos de Selden en detrimento de la libertad de los mares. China, por ejemplo, reclama el derecho de dictar las normas del tráfico mercante y naval en el Mar del Sur de China. Quiere prohibir la vigilancia militar, los estudios submarinos y otras empresas que el derecho marítimo permite explícitamente. Quieren reformar el sistema por decreto.

Australia podría impulsar involuntariamente el proyecto de China. Si el gobierno australiano se opusiera vehementemente a las misiones marítimas plenamente legales, daría a entender que el gobierno chino tiene razón para restringir la libertad en los mares y cielos de los otros países que los surcan. Eso se traduciría en que el Estado costero más cercano puede regular quién transita en la zona común, quién no y bajo qué condiciones. Por otro lado, al restarle importancia al despliegue ruso, Australia niega alivio y consuelo a los partidarios de los mares cerrados.

Este despliegue merece que se le reste importancia en todo caso. La prensa australiana señaló que uno de los cuatro navíos rusos era un remolcador al que enviaron en caso de que alguno de los buques de combate presente alguna falla mecánica o alguna otra tragedia. Enviar un remolcador como rutina delata a una Armada que no confía totalmente en su equipo, en su mantenimiento ni en sus habilidades marítimas básicas. Las fuerzas expedicionarias de la Armada estadounidense no llevan remolcadores. Lo mismo ocurre con la Real Armada australiana y con otros de los servicios altamente profesionales que despliegan los aliados de Estados Unidos.

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El público nota esa clase de cosas que restan poder al impacto político del despliegue naval. Uno duda que el viaje de este mes rinda muchos beneficios para el gobierno ruso. Así que reaccionemos moderadamente como moderado es el principio que guía a la diplomacia respecto a los viajes navales, tanto de posibles enemigos como de aliados y amigos.

 Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a James Holmes.

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