OPINIÓN: Los salones de clase se convierten en campos de batalla

El más reciente ataque contra una escuela pakistaní subraya la vulnerabilidad de los niños en los conflictos armados de la actualidad
8 horas de terror en una escuela de Pakistán
Gayle Tzemach Lemmon
Autor: Gayle Tzemach Lemmon | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Gayle Tzemach Lemmon es investigadora y subdirectora del Programa Mujeres y Política Exterior del Council on Foreign Relations. Escribió el libro The Dressmaker of Khair Khana, en el que cuenta la historia de una niña afgana cuyo negocio creó empleos y esperanza durante la época del Talibán.

(CNN) — "A mi alrededor mis amigos yacían heridos y muertos".

Esta no es la confesión de un soldado endurecido por la batalla que se enlistó para pelear una guerra por su país. Son las palabras de un niño de 15 años que yace en la cama de un hospital en Peshawar, Pakistán, luego de que los militantes del Talibán atacaran su escuela en un acto de salvajismo tan sangriento y descarado que llamó la atención de un mundo que es cada vez más indiferente a la crueldad que compite por su atención.

En una época en la que hay bombardeos en patios de juegos en Siria, secuestros de estudiantes en Nigeria, cierres de escuelas para niñas en Afganistán y conflictos en tiempo real, el ataque contra la Escuela Militar Pública de Pakistán puso de relieve una vez más el peligro al que los niños están expuestos por el simple hecho de ir a la escuela.

¿Estamos preparados para que las escuelas se vuelvan el frente de batalla? Es una pregunta a la que todos debemos responder.

El ataque en Peshawar no fue un hecho aislado. Simplemente fue más grande y más horripilante que la masacre anterior.

"En 2013 se reportaron ante Naciones Unidas 78 ataques contra escuelas, maestros y estudiantes en Pakistán", señala un comunicado de prensa del representante especial de la ONU para los niños y los conflictos armados.

Esta mañana las condenas no se hicieron esperar, entre ellas la de una lideresa mundial que vivió en carne propia esa violencia letal.

"Condeno estos actos atroces y cobardes", dijo la ganadora del Premio Nobel de la Paz, Malala Yousafzai, en un comunicado.

Hace dos años, el Talibán le disparó a quemarropa a la adolescente pakistaní en el autobús escolar en represalia por su defensa elocuente de la educación de las niñas del Valle del Swat, en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa. La capital de esa provincia es Peshawar, sitio del ataque del martes 16 de diciembre.

La violencia tampoco es algo nuevo. Los niños son el frente de batalla en los conflictos armados con cada vez más frecuencia. En una entrevista devastadora, una niña llamada Margaret cuenta que 14 de los soldados de Joseph Kony la secuestraron en su escuela para niñas en el norte de Uganda en 2004. La obligaron a ser su esclava sexual y a tener a sus hijos.

Fue una de los incontables niños a los que el Ejército de Resistencia del Señor de Kony obliga a ser soldados y esclavos.

Las escuelas se vuelven campos de batalla, por lo que la necesidad de protegerlos nunca ha sido tan apremiante.

Ciertamente la educación es una de las armas más potentes en la lucha por la estabilidad y la seguridad mundiales. Otro ganador del Nobel, el economista Amartya Sen, escribió que no hay una ruta más clara hacia el desarrollo económico y por ende a la paz que la educación.

En 2011, 57 millones de niños no iban a la escuela; la mitad se encontraba en países en los que hay conflictos armados. Eso debería preocupar a cualquier persona que quiera un mundo estable, pacífico y seguro.

Sin embargo, hoy en día hay millones de niños refugiados en Siria que no van a la escuela. Se está llevando a cabo una campaña llamada No Lost Generation (no a una generación perdida) para conseguir financiamiento para la educación y apoyo para estos niños, aunque aún faltan muchos recursos.

"Antes de la guerra, casi todos los niños de Siria estaban inscritos en la escuela", según la organización benéfica Save the Children. Hoy, "Siria registra la peor tasa de inscripciones en el mundo con casi tres millones de niños sirios en edad escolar que ya no van a la escuela".

Se podía sentir la frustración en un evento que el Enviado para la Educación de la ONU, Gordon Brown, organizó en septiembre de 2014.

Todo el mundo coincidió en que la educación es la clave para garantizar que millones de niños sirios tengan una oportunidad en el futuro. Pero lograr que el mundo saque su cartera para mantener a los niños en cualquier clase de aula ha sido un desafío mayor.

Una de las personas que luchan por un mundo más seguro es Beatrice Ayuru Byaruhanga, fundadora de la Lira Integrated School en el norte de Uganda, región que alguna vez sufrió el azote de la violencia.

Ayuru es una pionera (se graduó de la universidad) que creció y vendió mandioca para financiar una escuela en la que se combatiría el analfabetismo y la pobreza y se pelearía por el derecho de los niños a seguir estudiando.

"Durante la guerra siempre corríamos con los niños desde la escuela hacia el pueblo para esconderlos", contó Ayuru a un reportero. "Luego, durante el día los recogíamos en el pueblo para regresar a clases".

Ayuru no se dejó acobardar por la violencia que la rodeaba.

Tampoco Malala Yousafzai. "Yo, junto con millones de personas más en todo el mundo, lloro por estos niños, mis hermanos y hermanas, pero nunca nos derrotarán", dijo Yousafzai en su comunicado.

Esa determinación será necesaria para la batalla que se avecina.

Los rebeldes demostraron que no se detendrán ante nada para llevar la lucha hasta el Ejército pakistaní. Además dejaron en claro qué hay en juego.

Quienes se preocupan por el futuro, no solo el de sus propios hijos, sino de la estabilidad y prosperidad del mundo que heredarán, deben estar de acuerdo en que el mundo necesita más Malalas y Beatrice Ayurus si queremos que haya menos días sangrientos como este.

Deben financiar, respaldar y defender el derecho de cada niño a tener un salón de clases que no haga las veces de campo de batalla.

Es una lucha compartida en la que todos tenemos algo que perder.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Gayle Tzemach Lemmon.

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