OPINIÓN: El terrorismo no puede matar la libertad de expresión

El modo en que la sociedad libre, amenazada e intimidada por el extremismo debe reaccionar es defendiendo la sátira sin calificativos
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Frida Ghitis
Autor: Frida Ghitis | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Frida Ghitis es columnista de temas internacionales para The Miami Herald y World Politics Review. Es exproductora/excorresponsal de CNN y autora del libro The End of Revolution: A Changing World in the Age of Live Television (El fin de la revolución: un mundo cambiante en la era de la televisión en vivo). Síguela en Twitter @FridaGhitis.

(CNN)— Las reacciones a la masacre de los caricaturistas, periodistas y civiles en la oficina del semanario satírico Charlie Hebdo caerán en dos categorías.

Un grupo va a instarnos a respetar las religiones, a evitar cruzar la línea invisible de la ofensa. Van a criticar la revista, prolongando cuidadosamente una condena por las víctimas, los caricaturistas y sus editores, diciendo que nada justifica el asesinato, pero después dejarán claro su punto, explicando que su sátira había ido demasiado lejos, que ya se veía venir.

Hay otra forma de responder. Es el modo en que la sociedad libre, amenazada e intimidada por asesinatos extremistas, reacciona cuando sus principios más fundamentales son puestos en juego. Sátira, humor, incluso de la variedad más ofensiva e insípida, debe ser defendida sin calificativos. Así es como debemos responder.

El último tuit de la cuenta de la revista, tan solo unas pocas horas antes de que hombres embozados y armados irrumpieran mataran a por lo menos 12 personas, muestra a un caricaturista deseando un feliz año nuevo “y una salud particularmente buena” al líder del Estados Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi. Eso, en el mundo actual, es tener mucho coraje.

Mientras escribo esto, todavía no hay confirmación sobre quién llevó a cabo el ataque, pero tenemos experiencia con este tipo de actos.

Nuestro primer encuentro moderno con la amenaza de asesinato contra los artistas ofensivos llegó en 1989, cuando el Ayatola Khomeini, de Irán, dictó una fatwa— fue cuando todos conocimos la palabra—, un decreto religioso que ordenaba el asesinato del escritor Salman Rushdie por su novela Los versos satánicos. Rushdie se escondió. Las librerías que tenían el libro fueron incendiadas y el traductor de la novela al japonés fue asesinado.

La reacción del mundo osciló entre la más profunda indignación hasta la más relajada empatía por los sentimientos heridos de los agresores.

Luego de que el líder de Irán reafirmara el fatwa en 2012 y elevara la recompensa por la cabeza de Rushdie, el escritor le dijo a un entrevistador que pudo haber trazado una línea recta de la amenaza de 1989 a los atentados del 9/11.

Desde entonces, los atentados contra la libertad de expresión se han vuelto casi rutina, dejando un rastro de muerte a su paso.

Lo más problemático es lo mucho que han logrado esos atentados, produciendo medidas de autocensura precautoria en las sociedades democráticas.

La más famosa de todas las controversias vino en 2005, cuando el diario danés Jyllands-Posten publicó caricaturas del profeta Mahoma. El islam prohíbe las representaciones del profeta. La ley danesa, casualmente, no lo hace. Los activistas usaron la caricatura para atizar las protestas de ira contra Occidente, que dejaron cientos de muertos en las embajadas y las iglesias.

La intimidación funcionó. Recuerdo ver en televisión una entrevista donde el editor danés inesperadamente levantó una copia de papel donde se muestra la caricatura, y alguien en el estudio casi tiró la cámara al suelo, para prevenir que las imágenes fueran transmitidas.

Las discusiones sobre la necesidad de “respetar las religiones” se popularizaron en Occidente. Irlanda incluso aprobó una ley que prohíbe la “blasfemia”. La definición irlandesa de blasfemia, en caso de que se lo pregunten, es “publicar cosas que son mayormente abusivas o insultantes en materia religiosa y, por lo tanto, ocasionan indignación entre un número sustancial de adherentes a dicha religión”.

Claramente, la ley es una blasfemia a la libertad de expresión.

Las personas más razonables no insultarían una religión. Pero en la sociedad libre, los sentimientos de las personas son heridos. Frecuentemente nos estresa lo que escuchamos. Publicaciones como Charlie Hebdo nos sobresaltan regularmente. Sus audiencias son racistas, extremistas de cada religión y casi cualquiera con interés en la sátira. Un dibujo mostraba tres rollos de papel de baño, etiquetados como La Biblia, el Corán y la Tora, bajo el encabezado: “En el baño, todas las religiones”. Cristianos, judíos, musulmanes, políticos, empresarios, gente inocente y culpable ha tenido una caricatura, frecuentemente vulgar.

¿Ofendido? Qué mal. No necesitas suscribirte. No necesita gustarte. Pero si quieres vivir en un mundo donde las ideas fluyen libremente, en donde incluso los más poderosos no son inmunes al escrutinio, el trabajo debe ser defendido.

Los extremistas no necesitan excusas. La sátira es solo la fruta que cuelga más bajo. Si los caricaturistas son silenciados, van a encontrar muchas otras cosas que alteren su sentido del bien y el mal.

Charlie Hebdo y Salman Rushdie, y Theo Van Gogh, el director holandés asesinado por hacer una película sobre el islam, ofendieron a muchas personas. La gran mayoría respondió moviéndose o argumentando a favor de sus visiones, no uniéndose a los asesinatos.

El arte, la comedia y la sátira en particular, se encuentran a la vanguardia de las libertades democráticas. Los ataques en su contra solo sirven como alarma sobre las amenazas a otros aspectos de nuestras vidas.

Hace unos años, tiradores en Damasco atacaron al caricaturista sirio Ali Ferzat. Lo golpearon y le rompieron los dedos luego de que dibujara una caricatura del dictador Bachar al Asad saliendo de la ciudad con el libio Muammar Gadhafi, quien había sido derrocado.

Al Asad no soportó la broma. Los tiranos y futuros tiranos no toleran la burla. Las Democracias, sociedades libres, no tiene opción. Deben defenderla como si su sobrevivencia dependiera de ello. Incluso las bromas que no son graciosas. Incluso las ofensivas. Incluso si crean riesgo.

Es necesario que la película que molestó al dictador de Corea del Norte sea mostrada a pesar —no, debido a— las amenazas.

Cuando las oficinasa de Charlie Hebdo fueron incendiadas en 2011, luego de que publicaran su número de Sharia Hebdo, que dijeron había editado el profeta Mahoma, los críticos dijeron que los editores se lo habían buscado, que era su culpa. “Lamentamos tu pérdida, Charlie”, escribió la revista Time. “¿Todavía crees que el precio que pagaste por imprimir una ofensiva, humillante y deficiente parodia… Lo valió.”

Los editores de Hebdo lo creyeron. Y ahora han pagado un premio mayor.

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La gente que puede silenciar a los caricaturistas tienen más que las caricaturas en la mira. No son solo los dibujos lo que no les gusta. Si pudieron matar por una caricatura, imaginen cuántas vidas más serían dignas de ser asesinadas.

Las opiniones expresadas en este comentario son únicamente las de la autora

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