OPINIÓN: Las decapitaciones de ISIS, aterradoras ¿y fascinantes?

Los militantes islamistas han explotado la tecnología para infundir temor por medio de la difusión de sus actividades en el ciberespacio
Un video difundido por ISIS muestra la decapitación de un periodista estadounidense, desaparecido en 2012
Un video difundido por ISIS muestra la decapitación de un pe  Un video difundido por ISIS muestra la decapitación de un periodista estadounidense, desaparecido en 2012
Autor: Frances Larson, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: Frances Larson es investigadora honoraria en Antropología en la Universidad de Durham. Su libro más reciente, Severed: A History of Heads Lost and Heads Found, se publicó en 2014.

(CNN)— En 2014, los militantes islamistas demostraron que la decapitación de un occidental era una estrategia escalofriantemente efectiva. La muerte de James Foley, Steven Sotloff, David Haines, Alan Henning y Abdul Rahman Peter Kassig fueron un acto de barbarie y modernidad singular al mismo tiempo.

Los asesinos actuaron pensando en un sector demográfico clave, a sabiendas de que millones de personas lo verían. Así, las cámaras han creado un público nuevo en nuestra larga historia de decapitaciones públicas. Su entrada en escena, el 17 de junio de 1939 en Francia, tuvo un efecto inmediato e inequívoco similar.

Esa mañana, sin que las autoridades lo supieran, un espectador filmó la muerte en la guillotina del asesino en serie alemán Eugen Weidmann afuera de la prisión de Saint Pierre en Versalles. Hoy se puede ver el material en internet. También los fotógrafos registraron la acción y sus fotos llenaron diarios y revistas en los días posteriores a la muerte de Weidmann.

Como si las muchedumbres escandalosas de ese entonces no fueran lo suficientemente malas, cientos de voyeristas podrían ver la acción una y otra vez.

Después de eso, colocaron la guillotina dentro de la prisión, no porque las decapitaciones fueran un espectáculo demasiado aterrador, sino porque la gente las veía sin importar lo horripilantes que fueran.

Durante siglos, las ejecuciones públicas tenían el objeto de aterrorizar con el ejemplo, aunque para muchas personas eran poco más que un entretenimiento ligero. La llegada de la película fotográfica lo demostró sin lugar a dudas. Si algo nos enseña la historia de las decapitaciones es que siempre habrá gente que quiere ver. Hoy internet nos ofrece asientos en primera fila en el entendido de que nadie necesita saber que estamos sentados observando. Los asesinatos pueden ser "totalmente ajenos a nosotros" aunque hagamos clic en la pantalla para reproducir el video.

En el siglo XXI, los espectadores sienten cierto desapego del acontecimiento (algo que ha ocurrido en otras ocasiones y en "otro mundo" supuestamente lejano del nuestro) y una sensación de intimidad sin precedentes. Ahora podemos ver de cerca pero en privado, en nuestro propio tiempo y espacio.

Muchos espectadores consideraron que las recientes decapitaciones por parte de ISIS eran una serie dramática horripilante y los asesinos saben que estaremos atentos al siguiente episodio. Aún aquellos que no ven el "programa" de ISIS apenas pueden evitar el análisis mediático que acompaña a cada episodio.

La producción de esos videos requiere relativamente poca organización, dinero o tecnologías complejas. En comparación con otras ofensivas terroristas, es de baja tecnología y alto impacto. La acción se puede coreografiar cuidadosamente al tiempo que conserva su autenticidad implacable y los resultados son sensacionales.

La cámara se ha vuelto el escenario de las decapitaciones públicas, una nueva lanza en la que se presume una cabeza como trofeo.

Cuando los criminales patológicos decapitan a civiles inocentes, los asesinos se dirigen a su público y presentan su botín, con lo que incluyen a los espectadores en su narrativa. El espectáculo denota la impotencia de la víctima y, por extensión, la impotencia de sus compatriotas.

Los espectadores que ven decapitaciones en internet satisfacen sin poder hacer nada el deseo de ser visto del perpetrador. Los asesinos de ISIS han confiado en la manipulación sofisticada de las redes sociales para garantizar que su material gráfico surja en nuestras pantallas antes de que sepamos qué estamos viendo.

De igual forma, la reacción de una persona puede reverberar instantáneamente en el ciberespacio, lo que crea una especie de mentalidad de grupo que refleja la dinámica de un público real.

Cuando el video del asesinato de James Foley circuló a través de redes sociales como Twitter y Facebook en agosto de 2014, una activista siria de nombre Hend Amry pidió a la gente que no lo compartiera e inició la etiqueta #ISISmediablackout. "Vertamos agua en su llama", tuiteó.

El boicot al video ganó impulso en las horas siguientes y Twitter respondió retirando los tuits en los que se incrustó el video o capturas de pantalla de él. Por primera vez, desde la muerte de Daniel Pearl en Pakistán en 2004, la mayoría silenciosa tuvo una voz y cada vez más miembros del público se negaron a observar.

Un grupo de militantes ha tratado de generar un impacto de forma atroz y sus esfuerzos empezaban a fracasar.

Cuando la víctima de una decapitación está atada e indefensa, él o ella se vuelve peón de la producción de alguien más. El poder ya no deriva del acto mismo de la decapitación (lo que podría requerir un perpetrador patológico), pero no requiere la suerte y la habilidad para ganar una batalla. El poder surge de cómo se percibe al asesino mientras hace su papel en el escenario. No hay triunfo en los actos del asesino hasta que los observamos.

Lee: La esclavitud y las decapitaciones son la religión dentro de ISIS

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La tecnología moderna podría ofrecer un escondite para los voyeristas, pero también puede dar voz a la dignidad humana. Del asesinato nunca puede surgir un bien, pero si la opinión pública es capaz de neutralizar el triunfo de los asesinos al negarse a transmitir las imágenes explícitas que quieren que veamos, ya es un avance.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Frances Larson

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