OPINIÓN: El retrato de México que hacen los medios internacionales

El flujo informativo en los medios mexicanos, puede obedecer a la censura que los caciques locales ponen a la libertad de expresión
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Autor: Pablo Majluf | Otra fuente: 1

Nota del editor: Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Majluf son a título personal y no representan el criterio o los valores del CEEY. Síguelo en su cuenta de twitter 

(CNNMéxico)— Algo está mal con los medios de comunicación de un país cuando buena parte de las investigaciones medulares y subsecuentes revelaciones las hacen medios extranjeros.

Tan sólo esta semana, dos medios foráneos destaparon posibles frentes de corrupción mexicana que nuestros medios, o ignoraban o callaban… Le Monde, el diario vespertino francés, reveló la posible complicidad de casi 2 mil entidades mexicanas en el monumental fraude fiscal de HSBC en Suiza. Y las cejas no sólo las alzaron los lectores mexicanos, sino el SAT mismo, pues al parecer nuestro sistema tributario tampoco estaba al tanto de las irregularidades.

Por su parte, el New York Times arrojó luz sobre la sospechosa adquisición de lujosos bienes inmuebles que la familia del exgobernador de Oaxaca y prominente miembro del partido en el poder, José Murat Casab, realizó en Estados Unidos a través de un complejo entramado de empresas fantasma, pantallas financieras y movimientos bancarios anómalos.

No son los únicos casos vigentes. Dos de los conflictos de interés que hoy rodean al presidente y su gabinete –el de la casa del secretario de Hacienda en Malincalco y el de la casa del propio presidente en Ixtapan de la Sal– fueron desvelados por el Wall Street Journal. Pero tampoco son los primeros: hace dos años, el New York Times puso una bandera roja sobre la fabulosa red de corrupción que Wal-Mart tejió con autoridades mexicanas para la asignación de permisos. No perdamos de vista, además, las noticias de matanzas, desapariciones o crímenes que han llegado a nosotros a través de pequeños periódicos texanos o californianos.

La queja no tiene tintes nacionalistas. En un mundo globalizado y digital, el periodismo es inevitablemente colaborativo y simultáneo; bienvenida sea cuanta investigación externa pueda producirse… especialmente de la mano de los mejores diarios mundiales. El reclamo no es para ellos, sino para nuestros medios y poderes.

Si bien es difícil competir con el New York Times, nuestros medios no se ayudan: en sus primeras planas abundan accidentes viales, asaltos a joyerías, dimes y diretes, chismes y otras noticias insustanciales, mientras que los medios internacionales retratan –aunque en ocasiones de manera exagerada– el México que más importa. Si esto no es prueba inequívoca de mediocridad periodística, entonces lo es de desidia: cualquier editor medianamente competente entiende de jerarquías informativas. Incluso ante la falta de recursos, existen varios instrumentos –desde cables informativos y agencias internacionales, hasta convenios de colaboración con otros medios– que se podrían usar con mayor rigor. La falta de recursos no excusa la mediocridad.

Desde luego, la crítica también es para el poder –oficial y fáctico– porque gran parte del flujo informativo de nuestros medios obedece a la censura y a otras barreras que los caciques locales ponen a la libertad de expresión. No sorprende que un periódico se abstenga de investigar –ya no se diga publicar– asuntos concernientes al poder, si México es uno de los países más peligrosos para ejercer periodismo en el mundo (en este sentido, la labor de algunos periodistas independientes es francamente heroica…y en buena medida acentúa la mediocridad con la que algunos medios nacionales nos subinforman). Las instituciones del Estado deben defender la libertad de expresión: la autocensura por miedo es síntoma inconfundible de un Estado débil que no protege a sus ciudadanos… o en el peor de los casos, de un Estado cómplice volcado en su contra.

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A diferencia de las democracias más avanzadas, México no tiene una tradición periodística sólida, quizá porque tampoco goza de una gran tradición liberal. Antes de la transición, los medios invariablemente fueron –con efímeras excepciones– instrumentos al servicio del Estado… y en ocasiones incluso creados por éste. Hoy, sin embargo, con el advenimiento de la democracia y el pluralismo, ya no hay excusa: toca al Estado proteger la libertad de expresión y asegurar la independencia mediática; toca a los medios ser más rigurosos pro bono; y toca, no olvidemos, volvernos lectores más exigentes. Hasta entonces y en franco perjuicio de nuestra dicha, tendremos que medir nuestro progreso en la materia, a través del periodismo foráneo.

Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Pablo Majluf.

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