OPINIÓN: El traspaso del 'edén uruguayo', de Mujica a Vázquez

Tabaré Vázquez tendrá que trabajar para que el carácter progresista y libertario de 'Pepe' Mujica no se vuelva una sombra durante su periodo
En Uruguay no se le pega a la mujer: Mujica
Autor: Rina Mussali | Otra fuente: CNNMéxico

Nota del editor: Rina Mussali es analista, internacionalista y conductora de Vértice Internacional y de la serie 2015: Elecciones en el Mundo, en el Canal del Congreso. Síguela en su cuenta de Twitter: @RinaMussali

(CNNMéxico)— Este domingo 1 de marzo José Mujica pasará la batuta presidencial uruguaya a Tabaré Vázquez, el regreso del médico que por segunda vez ocupará el mismo cargo y quien resultó ser el primer presidente del Frente Amplio (FA) que conquistó el poder hace 10 años.

La izquierda sella así su continuidad, con su tercera victoria consecutiva derivada de la segunda vuelta electoral de noviembre del 2014, y este partido político se convierte en un parteaguas de la vida nacional al haber terminado con el bipartidismo tradicional fundado en el Partido Colorado y el Partido Nacional.

El regreso de Tabaré Vázquez a la silla presidencial pone en la mesa varias pistas. En primera instancia nos muestra que “todo queda en familia” debido al peso de las dinastías políticas y la falta de liderazgos frescos. No olvidemos que el Partido Colorado ha dado cuatro presidentes batllistas —una corriente del partido, fundada por José Batlle— y que el duelo electoral del 2014 se destazó entre un expresidente del FA —Tabaré Vázquez— y el hijo de unexpresidentedel PN —Luis Lacalle Pou—. De igual manera, se presentó la candidatura de Pedro Bordaberry de “Vamos Uruguay”, por el Colorado, quien es hijo de otro expresidente.

Se debe enfatizar que la continuidad de los liderazgos familiares no es una práctica privativa de Uruguay, sino de muchos países de América Latina: los Frei en Chile, los Torrijos en Panamá, los Kirchner en Argentina, los Fujimori en Perú, los Neves en Brasil, entre una larga lista.

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Con su arribo a la presidencia, Tabaré Vázquez se verá obligado a fijar su sello propio a la hora de gobernar. Aunque Uruguay parezca el edén latinoamericano, la tarea no será sencilla, especialmente frente a la imagen carismática y llena de reconocimiento internacional que adquirió José Mujica, el líder revolucionario y con sangre tupamara que no encajó en los círculos tradicionales del poder, habiendo sido un humilde vendedor de flores que pasó 14 años en la cárcel en la dictadura.

Tendrá que trabajar para que el carácter progresista y libertario de Pepe Mujica no se vuelva una sombra durante su periodo, especialmente cuando Uruguay ha sorprendido al mundo por la adopción de una nueva generación de derechos como la legalización de la mariguana, el matrimonio entre parejas del mismo sexo y la despenalización del aborto.

La despedida de Mujica deja un mensaje imborrable y definitivo en la cultura política latinoamericana. El hombre que vivió como los suyos siendo el presidente de la nación y quien no transformó su estilo de vida, a pesar de haber sido el hombre más poderoso del país. No ejerció el culto a la personalidad como muchos otros mandatarios en América Latina. Un ejemplo para quitar la veneración y exaltación hacia los tomadores de decisiones y luchar en contra de la glorificación, una formula que pudo lograrse, gracias a que la sociedad uruguaya no fue cómplice de la megalomanía.

Uruguay cuenta con una cascada de atributos que lo diferencian de muchos países de América Latina. Su larga historia republicana y liberal lo convierten en un ejemplo vivo a replicar. El Banco Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) apuntan cifras sorprendentes en materia educativa. El 98% de la población es alfabetizada —siendo una de las más altas de América Latina, superada solo por Chile y Cuba—, y su tasa bruta de matriculación en educación primaria es del 113.6% pese a que enfrenta retos pendientes de registro en la secundaria. A pesar de contar con un pueblo alfabetizado, informado y participativo, Tabaré Vázquez se topará con la tarea titánica de la reforma educativa —el gran reto de la enseñanza media— que parece agotado y deberá adaptarse a los nuevos tiempos que impone el siglo XXI.

En materia de equidad de género, el índice de desigualdad de género del PNUD sitúa a Uruguay en el puesto 62, la posición más alta de América Latina solo después de Cuba, lo que significa que existen reducidas disparidades de género en salud reproductiva, empoderamiento y participación en el mercado laboral.

Además, Uruguay encabeza el listado latinoamericano de países con desarrollo humano alto y de igualdad de oportunidades en cuanto al acceso a servicios básicos como agua potable, electricidad y saneamiento. No olvidemos que gran parte de estos datos positivos se han hecho realidad gracias al ciclo económico de 10 años de crecimiento sostenido en el país, y que ahora lucen ralentizados y se acompañan de otra preocupación central para sus ciudadanos: la inseguridad.

Otra prueba de fuego que tendrá que enfrentar Tabaré Vázquez —colocado más al centro del espectro izquierdista del FA— será la implementación de la legalización de la mariguana. Uruguay es el primer país del mundo que hace un intento por regular el ciclo comercial, productivo y de distribución de este mercado, lo que pudiera ofrecer una respuesta para toda América Latina y el mundo. Tomando en cuenta que el expresidente es un oncólogo y que enarboló una larga lucha en contra del tabaquismo en su país, cabe preguntarse si diluirá el tema o trabará los detalles más polémicos de dicha legislación.

Los retos en materia de política exterior no serán menores. Para Uruguay —sede del Mercosur en Montevideo— el bloque regional luce pálido, caminando lento y sin grandes resultados. Para muchos, una camisa de fuerza que frena la inserción económica internacional del pequeño país que no puede negociar acuerdos de comercio con terceros países, según lo establece el Tratado de Asunción. Otras ataduras se abren en el camino: las relaciones conflictivas con Argentina y Cuba y un nuevo ímpetu para descongelar las negociaciones comerciales con Estados Unidos, que no solamente encontraron estorbos en Brasilia y Buenos Aires, sino al interior de las fuerzas dispares y heterogéneas del FA.

Se avecinan momentos estratégicos para Uruguay en materia de política exterior. Todo parece indicar que el canciller Luis Almagro podrá conquistar la Secretaria General de la OEA el próximo 18 de marzo y despachar a José Miguel Insulza. Aunque su triunfo avanza con suspenso, no quitemos del radar otro hecho: la candidatura uruguaya para ocupar un asiento como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, una nueva oportunidad para capitalizar su influencia regional en el máximo órgano decisorio a nivel internacional. 

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