OPINIÓN: El 'yihadista John', un terrorista burgués

Los expertos señalan que los mandos de los grupos radicales suelen ser personas preparadas que basan sus ideales en una ideología religiosa
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Nota del editor: Peter Bergen es analista de seguridad nacional, profesor en la Universidad Estatal de Arizona y vicepresidente de la Fundación New America. Escribió el libro Manhunt: The Ten-Year Search for bin Laden -- From 9/11 to Abbottabad.

(CNN) — Souad Mekhennet y Adam Goldman, los prominentes reporteros de seguridad nacional del diario estadunidense The Washington Post que dieron a conocer la historia de que se había identificado al famoso terrorista de ISIS conocido como el yihadista John, lo describen como "un británico de una familia acomodada, que creció en el oeste de Londres y obtuvo un título en programación de computadoras en la universidad".

Agregan que Emwazi "creció en un vecindario de clase media en Londres" y asistió a la Universidad de Westminster, una universidad londinense que se fundó a principios del siglo XIX.

Emwazi es una especie de inconveniente para la narrativa que el gobierno del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha tejido respecto a quiénes se vuelven terroristas y por qué. La semana pasada, el gobierno celebró una conferencia de tres días sobre Combate al Extremismo Violento, que es un eufemismo que el gobierno usa para referirse a la mejor manera de lidiar con el terrorismo islamista.

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Escuchamos que los funcionarios del gobierno de Obama y que el presidente mismo dijeron que el terrorismo tiene que ver con la falta de oportunidades y la pobreza. Obama dijo que "tenemos que abordar las carencias que los terroristas aprovechan, entre ellas las carencias económicas".

Dijo que "cuando millones de personas, especialmente jóvenes, están empobrecidas y no tienen esperanzas para el futuro, cuando la corrupción humilla a diario a la gente, cuando no hay medios para que la gente pueda expresar sus inquietudes, los resentimientos se acumulan. Crece el riesgo de que haya inestabilidad y extremismo. Cuando los jóvenes no tienen educación, son más vulnerables a las teorías de conspiraciones y a las ideas radicales…".

El presidente reconoció que los terroristas pueden ser ricos, como Osama bin Laden, quien era hijo de un magnate saudí de la construcción y asistió a las mejores escuelas de Arabia Saudita. Es difícil imaginar a alguien que hubiera tenido más oportunidades. Piensen en la familia Trump estilo saudí (salvo por la ostentosidad) e incluyan una profunda admiración por el Talibán.

Pero, en realidad, Osama bin Laden es la regla, no la excepción. Tomen en cuenta no solo a Emwazi/el yihadista John, sino al famoso terrorista británico, Omar Sheikh, quien asistió a la Escuela de Economía de Londres y secuestró al periodista estadounidense Daniel Pearl en Pakistán, en 2002.

Pearl fue la primera víctima de al Qaeda a la que decapitaron. El terrorista que lo decapitó fue Khalid Sheikh Mohammed, quien estudió ingeniería mecánica en la Universidad Estatal Agrícola y Técnica de Carolina del Norte en Greensboro, Estados Unidos.

Piensen en Mohamed Atta, hijo de un abogado egipcio, quien estudió un doctorado en conservación urbana en una universidad en Alemania y que propició los ataques del 11-S. O en el actual líder de al Qaeda, Ayman al Zawahiri, cirujano procedente de una importante familia egipcia en la que hay embajadores, políticos y clérigos prominentes.

Más cerca de casa podemos señalar al pistolero de Fort Hood, el mayor Nidal Hasan, quien no solo era oficial del Ejército estadounidense y psiquiatra, sino que también provenía de una familia estadounidense de clase media.

También habría que tomar en cuenta a Faisal Shahzad, quien trató de hacer estallar una camioneta cargada de explosivos en Times Square, en Nueva York, el 1º de mayo de 2010. Hizo una maestría en Estados Unidos y había sido analista financiero para la empresa de cosméticos Elizabeth Arden. Su padre era uno de los más altos oficiales de las fuerzas armadas pakistaníes.

Ellos no estaban desvalidos. Ellos son los que tienen el poder.

Preguntar "¿quién se hace terrorista?" es, en muchos casos, como preguntar "¿quién tiene un Volvo?".

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Desde los ataques del 11-S, New America ha estudiado los antecedentes de unos 250 militantes que viven en Estados Unidos y a los que se ha consignado o condenado por alguna clase de delito relacionado con el terrorismo yihadista. Pertenecen a la clase media, son hombres de familias considerablemente cultas y tienen hijos. En pocas palabras, son estadounidenses comunes.

De forma similar, el psiquiatra Marc Sageman, exagente de la CIA, examinó los antecedentes de 172 militantes que pertenecían a al Qaeda o a algún grupo parecido en su libro de 2004, Understanding Terror Networks (Cómo entender a las redes terroristas). Poco menos de la mitad eran profesionistas; dos terceras partes pertenecían a la clase media o alta y habían asistido a la universidad, varios tenían doctorados.

En un estudio que se llevó a cabo en 2006, Swati Pandey y yo examinamos los antecedentes educativos de 79 terroristas responsables de cinco de los peores ataques terroristas anti-Occidente de la era moderna: el ataque contra el Centro Mundial de Comercio en 1993; los ataques contra dos embajadas estadounidenses en África en 1998; los ataques del 11-S; los ataques en un centro nocturno en Bali en 2002, y los ataques en Londres del 7 de julio de 2005.

Descubrimos que más de la mitad de los terroristas habían asistido a la universidad, por lo que tienen una educación similar a la del estadounidense promedio. Dos de los sujetos tenían doctorados y otros dos habían empezado a hacerlos.

Ninguno de ellos asistió a una madraza (escuela religiosa o secular).

Es notable que descubriéramos que de aquellos que asistieron a la universidad o que hicieron un posgrado, el 58% obtuvo un título científico o técnico. Se dice que Emwazi/el yihadista John estudió programación de computadoras, por lo que sería el clásico terrorista yihadista anti-Occidente, como los que estudiamos.

Ciertamente los grupos insurgentes de gran escala, tales como ISIS y el Talibán, reclutan soldados que se unen a la causa para recibir un salario. Pero la gente que dirige a estas organizaciones lo hace por razones ideológicas.

Un punto de vista optimista

El diagnosticar que la pobreza, la falta de educación o la falta de oportunidades tienen mucho que ver con el terrorismo requiere una postura optimista respecto a la naturaleza humana. Este diagnóstico lleva a pronosticar que todo lo que tenemos que hacer para resolver el problema del terrorismo es crear sociedades menos pobres, mejor educadas y con más oportunidades.

Lo cierto es que la gente trabajadora común, que tiene pocas oportunidades y una educación deficiente, generalmente está demasiado ocupada sobreviviendo como para participar en proyectos revolucionarios para rehacer la sociedad. La historia nos muestra que el terrorismo es generalmente una empresa burguesa. Sirvan de ejemplo los anarquistas rusos de finales del siglo XIX, los marxistas alemanes de la banda Baader-Meinhof de la década de 1970 y el grupo terrorista japonés Aum Shinrikyo de la década de 1990.

Las investigaciones que se hicieron después del 11-S, que demuestran que el terrorismo islamista es mayormente una lucha de la clase media, hicieron eco en un estudio importante sobre los militantes egipcios que hizo el académico francés, Gilles Kepel, a mediados de la década de 1980.

Kepel investigó a los 300 militantes islamistas a los que se juzgó tras el asesinato del presidente de Egipto, Anwar Sadat, en 1981. Uno de cada cinco eran profesionistas, ingenieros, por ejemplo; una cuarta parte trabajaba en el gobierno; poco menos de la mitad eran artesanos o comerciantes; uno de cada diez pertenecían a las fuerzas armadas o a la policía, y solo uno de cada diez eran campesinos o estaban desempleados. De los que eran estudiantes, casi una tercera parte estudiaba en los campos de la medicina y la ingeniería.

Por otro lado, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos publicó un estudio, dos años antes de los ataques del 11-S, en el que formulaba la pregunta: "¿Quién se vuelve terrorista y por qué?". La conclusión, que se basó en un análisis de toda la literatura que se ha publicado, fue que solo había unas cuantas "excepciones considerables al origen de los grupos terroristas en las clases media y alta".

Claro que hay cualquier cantidad de excepciones al clásico terrorista de clase media. Los terroristas que atacaron las oficinas de la revista Charlie Hebdo en París en enero y la cafetería de Copenhague en la que se presentó el caricaturista sueco, Lars Vilks, a mediados de febrero, provenían de los bordes de la sociedad.

Leer: Un joven de 22 años originó los ataques de Copenhague

Pero, por cada ejemplo de pobreza o falta de oportunidades como supuesta explicación del terrorismo, es fácil encontrar ejemplos que las contradicen. El atacante de la ropa interior, Umar Abdulmuttalab, quien trató de hacer estallar una bomba en un avión de pasajeros estadounidense que viajaba hacia Detroit en Navidad de 2009, es hijo de uno de los hombres más ricos de África y asistió al University College de Londres, que usualmente está entre las mejores universidades del mundo.

Anwar al Awlaki, el finado líder de Al Qaeda en la Península Arábiga y que asignó su misión al atacante de la ropa interior, estaba haciendo un doctorado en la Universidad George Washington antes de que se levantara en armas con al Qaeda. El padre de al Awlaki fue ministro del gabinete en Yemen.

¿Qué propicia el terrorismo?

Entonces, si está claro que las carencias no propician gran parte del terrorismo islamista, ¿entonces cuál es el motor?

Para eso debemos recurrir a la ideología, específicamente a la ideología religiosa. Aquí es donde la administración de Obama debe aplicar una especie de lógica contradictoria. Es prudente explicar que la guerra contra ISIS no es una guerra contra el islam y que la ideología de ISIS es una perversión de la religión. Parece justo. Pero la administración no parece estar cómoda cuando relaciona al terrorismo islamista con las formas ultrafundamentalistas del islam que no toleran a otras religiones ni a los demás musulmanes cuyos puntos de vista no coinciden totalmente con el suyo.

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Es posible que ISIS sea una perversión del islam, pero es islámico, de igual forma que las creencias cristianas sobre la santidad de los niños nonatos explican por qué algunos fundamentalistas cristianos atacan las clínicas de abortos y a sus médicos. Pero los cristianos fundamentalistas asesinos no matan a miles de civiles al año. Más del 80% de los ataques terroristas del mundo ocurrieron en cinco países cuya población es mayormente musulmana (Afganistán, Iraq, Nigeria, Pakistán y Siria) y los perpetraron en su mayoría grupos que tienen creencias islamistas.

La ONU publicó un reporte en el que mostraban que la cantidad de muertes de civiles en Afganistán era la más alta desde que la organización empezó a llevar cuentas, hace seis años. El Talibán fue responsable de tres cuartas partes de esas muertes.

El Talibán y otros grupos terroristas islamistas no son organizaciones laicas, desde luego. Tratarlas como si lo fueran sería el resultado de una combinación de buenos deseos, corrección política llevada al extremo y la imposibilidad de reconocer que, en una era cada vez más laica, algunas personas matan en nombre de su dios, lo cual es un fenómeno demasiado común en la historia de la humanidad.

Aunque ISIS y otros grupos de ideologías similares no representan a la gran mayoría de los musulmanes del mundo, su ideología está arraigada en las interpretaciones salafistas ultrafundamentalistas del islam y ciertamente pueden señalar versículos del Corán que se pueden interpretar de acuerdo con su punto de vista.

Un conocido versículo del Corán ordena a los musulmanes a "pelear y matar a los incrédulos en donde sea que los encuentren, captúrenlos, asédienlos, acéchenlos en cada estratagema [de la guerra]". Cuando bin Laden declaró formalmente la guerra contra "los judíos y los Cruzados", en 1998, citó este versículo del Corán al principio de su declaración.

Las banderas negras características de ISIS hacen referencia a un supuesto dicho del profeta Mahoma: "si ven pendones negros que llegan desde Khorasan, entonces acérquense a ellas, aunque tengan que arrastrarse, porque entre ellas estará el Califa de Alá, el Mahdi".

En otras palabras, de Khorasan, región que ahora comprende Afganistán, provendrá un ejército que incluye al Mahdi, el salvador islámico del mundo. ISIS surgió de al Qaeda que, desde luego, tenía su cuartel general en Afganistán cuando ocurrieron los ataques del 11-S.

En 2014, el líder de ISIS, Abu Bakr al Baghdadi, se nombró califa, lo que significa que en su mente y ante sus seguidores no solo es el líder de ISIS, sino el líder de los musulmanes de todas partes.

Estas creencias podrían parecer un engaño loco para la mayoría de nosotros, pero es importante entender que tienen naturaleza ideológica y que esta teología está enraizada en el islam ultrafundamentalista.

ISIS se considera el ejército de vanguardia que traerá de vuelta el islam auténtico al mundo. Este proyecto tiene tal importancia que harán lo que sea necesario para concluirlo, lo que explica su campaña asesina contra cada etnia, grupo religioso y nacionalidad que en su opinión se esté interponiendo en su camino.

Los reclutas de ISIS también creen que estamos en el fin de los tiempos y es mejor si se los concibe como miembros de un culto apocalíptico e islamista a la muerte.

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¿Qué implica eso para los políticos? Eso implica que los desafíos auténticos y efectivos a este razonamiento deben provenir de los líderes y estudiosos islámicos que pueden explicar teológicamente que ISIS es una aberración. Este es también un proyecto islámico; no es un proyecto relativo al empleo.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Peter Bergen. 

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