OPINIÓN: ¿La verdad sobre los pilotos? Son humanos con defectos

Los pilotos en general son personas orgullosas de su trabajo y sus habilidades, pero no dejan de ser humanos llenos de defectos
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Peter Garrison
Autor: Peter Garrison | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Peter Garrison es piloto y escribe una columna de análisis de accidentes en la revista Flying.

(CNN)— Si resulta, como algunos expertos sospechan, que el primer oficial Andreas Lubitz aseguró la puerta para impedir que su capitán entrara a la cabina de mando, inició un descenso pronunciado con su avión (el vuelo 9525 de Germanwings) y luego se puso a esperar tranquilamente a que llegara el fin, será uno más de los pocos pilotos comerciales —un puñado a lo largo de las dos décadas pasadas— que habrán usado sus aviones para combinar el suicidio con el asesinato en masa.

¿Por qué esta idea es a la vez fascinante y aterradora?

Se debe a la incompatibilidad entre lo que queremos creer acerca de la aviación y lo que estamos viendo. Los viajes aéreos se dejan ver como una actividad altamente controlada, rigurosamente profesional, carente de cualquier elemento impredecible. Las tripulaciones técnicas usan uniformes estilo militar no porque no puedan volar bien con su ropa de siempre, sino porque los uniformes transmiten a los pasajeros la idea subliminal de que pertenecen a una raza diferente, tan distinta de la gente común como lo es un atleta de clase mundial respecto a un torpe novato.

Esas barras y esas gorras indican que los pilotos no solo son más inteligentes y están mejor capacitados que la gente común, sino que seguramente son menos olvidadizos que nosotros, se distraen con menos facilidad, descansan mejor, no son propensos a la irritabilidad, a la tristeza ni a los resentimientos recalcitrantes. Al igual que los soldados, deben ser un tanto como robots, eficientes, valientes y limpios de la basura que infesta el alma de los humanos comunes.

Como se han ganado sus barras, nos sentimos a salvo, incluso cuando parece imposible que entendamos o que alguien pueda explicar cómo es que esos enormes artilugios de metal se mantienen en el aire.

La verdad es que, como lo revela la larga historia de accidentes de aviación, los pilotos no son diferentes del resto de las personas. Pueden ser descuidados, perezosos, distraídos e imprudentes. Tal vez beban demasiado. Cuando los pilotos charlan entre sí, los temas favoritos son los errores, las situaciones peligrosas, los desastres que se evitaron por pura suerte.

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Pero si los pilotos cometen errores pequeños de vez en cuando, el apasionante drama de la aviación (en la que son los actores y nosotros el público) eclipsa sus defectos. Además, la mayoría de los vuelos son algo de rutina: horas de aburrimiento salpicados de momentos de terror puro, según el cliché. Los pequeños defectos se han corregido desde hace mucho y los aviones están diseñados tan maravillosamente que usualmente protegen de sí mismo hasta al peor piloto.

Los pilotos tampoco son entidades moralmente más elevadas que nosotros. A pesar de las muestras de piedad ocasionales, los pilotos no cargan conscientemente con la responsabilidad de llevar cientos de vidas en sus manos, ni se sienten más responsables cuando llevan un avión lleno que cuando va vacío.

Los pilotos, en general, se sienten orgullosos. Se identifican con el avión; es una extensión y una prolongación de su ser y el piloto siente el mismo impulso de llevarlo a salvo a su destino que tú cuando conduces un auto en una autopista atestada. Un piloto valora un aterrizaje suave porque demuestra pericia, no porque la gente que va atrás siga viva. La mayor garantía que tienes de que tu piloto está comprometido con tu seguridad es que él o ella va en el avión contigo.

Por eso no debería sorprendernos demasiado si de vez en cuando un piloto hace algo completamente incompatible con nuestra confianza.

Los pilotos provienen de la diversa fuente de tipos de personas. La mente humana es la caja más negra; nadie, sea colega o examinador psicológico, puede escudriñar de forma confiable sus profundidades. En el mundo ocurren actos desesperados y apocalípticos casi todos los días. ¿Por qué no habrían de ocurrir de vez en cuando en una cabina de mando?

Tal vez, con el tiempo, entendamos mejor quién era Andreas Lubitz y qué fue lo que hizo. Por ahora sabemos muy poco.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Peter Garrison

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