OPINIÓN: El papel de Gran Bretaña en el mundo, ¿aún es importante?

El nuevo primer ministro británico deberá definir cuál será el rol de la isla en la situación política mundial
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Autor: Simon Tisdall | Otra fuente: 1

Nota del editor: Simon Tisdall es editor asistente y columnista de asuntos internacionales en el diario británico The Guardian. Fue editor en el exterior del Guardian y del Observer, así como corresponsal en la Casa Blanca y editor de noticias de Estados Unidos en Washington, D.C.

(CNN) — Quien gane las elecciones del 7 de mayo se enfrentará a desafíos internacionales que llegarán al núcleo de la cuestión que ha intrigado a cada gobierno de Londres desde 1945: ¿Cuál es o cual debería ser el rol de Gran Bretaña en el mundo?

Al ser uno de los países vencedores en la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña ayudó a moldear el mundo de la posguerra. Fue notable que se hiciera de un asiento permanente y del poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, mismo que conserva al día de hoy.

Sin embargo, estos triunfos de guerra disfrazan una debilidad fundamental. Las dos guerras mundiales mermaron gravemente los recursos humanos y materiales de Gran Bretaña. Los días de gloria del imperio más grande del mundo y del dominio de Liverpool y Londres sobre una vasta red de comercio marítimo han quedado atrás.

Conforme la Guerra Fría se fue apoderando del mundo, Estados Unidos puso a Gran Bretaña de su lado. Estados Unidos tomó sus bases militares, sus ámbitos de influencia y sus mercados. Consciente de su decadencia, Londres se aferró, un tanto patéticamente, a lo que consideraba una "relación especial" con Washington.

Conservar esta relación esencial con Estados Unidos es el desafío más importante en política exterior al que se enfrentará el primer ministro británico después del 7 de mayo. No importa si esa persona es David Cameron, del Partido Conservador, o Ed Milliband, del Partido Laborista de oposición.

La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca ahora parece un parteaguas en las relaciones bilaterales. A diferencia de sus predecesores de la posguerra, Obama no es ningún anglófilo. No aludió a la herencia anglosajona, escocesa o irlandesa. Ciertamente, la experiencia infeliz de su abuelo en la Kenia colonial le dio razones para que no le gustaran los ingleses.

Obama, el analista imparcial, encontró pocas razones objetivas para dar prioridad a la alianza con Gran Bretaña y con Europa en general. Para él, la Unión Europea es una potencia dominante y amistosa y su capital es Berlín, no Londres.

Al otro lado, en Asia, Obama vio oportunidades y amenazas de mayor trascendencia en las potencias en ciernes como China e India, lo que explica que se haya "inclinado" hacia Asia.

El mayor valor que Gran Bretaña tiene para Estados Unidos yace en sus capacidades de defensa. Demostró en Afganistán e Iraq que era un aliado leal, aunque no particularmente efectivo. Aunque la capacidad ha decaído constantemente a lo largo de los pasados 30 años, Gran Bretaña ocupó en 2013 el séptimo lugar mundial en gasto militar y sigue siendo un delegado confiable de Estados Unidos en la OTAN.

Sin embargo, el consenso previo a las elecciones indica que el siguiente gobierno británico se verá obligado a reducir radicalmente el gasto en defensa una vez más, probablemente por debajo del umbral del 2% del producto interno bruto que los miembros de la OTAN están obligados a mantener. Se proyecta una reducción considerable de tropas en el Ejército y la Fuerza Aérea. Mantener incluso un portaaviones moderno se ha vuelto un verdadero problema.

De acuerdo con estas tendencias, es probable que Gran Bretaña no pueda contribuir por su cuenta a cualquier nueva campaña internacional y que se vea obligada a poner sus tropas bajo las órdenes del comando estadounidense, como señaló recientemente el general Raymond Odierno, jefe del Estado Mayor del Ejército estadounidense.

Los principales políticos, soldados y diplomáticos estadounidenses, tales como Samantha Power, embajadora de Estados Unidos ante la ONU, aumentan la presión sobre Gran Bretaña para que gaste en defensa, pero con resultados poco felices hasta ahora. Con el tiempo, este estancamiento podría derivar en una rencilla permanente.

Peor aún: para Estados Unidos, es posible que un gobierno bajo el control de los laboristas (potencialmente en deuda con los partidarios del desarme nuclear unilateral del Partido Nacional Escocés) se aleje de su compromiso con la flota británica Trident de submarinos portamisiles nucleares. El PNE señala que el país ya no puede permitirse tener un disuasivo nuclear por razones morales y económicas.

Las inquietudes del gobierno estadounidense respecto al rol de Gran Bretaña se han exacerbado por la falta de reacción que algunos percibieron por parte del gobierno británico cuando se enfrentó a la posibilidad de independencia de Escocia y la inevitable separación del Reino Unido.

Hay inquietudes similares respecto a la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea, misma que Cameron puso en duda cuando prometió un referéndum nacional para 2017. Estados Unidos valora a Gran Bretaña porque es un portavoz informal e indirecto en la Unión Europea.

Pero, dejando a un lado los intereses del gobierno estadounidense, la Unión Europea es el principal socio comercial de Gran Bretaña y aliado natural en términos de valores democráticos y de normas jurídicas, sociales y culturales. Salir de la Unión Europea satisfaría a la minoría nacionalista de línea dura del Partido Independencia de Reino Unido. Pero ello minaría gravemente la postura de Gran Bretaña en el mundo, en relación con Europa y las potencias emergentes del bloque BRIC.

Todo esto importa más que nunca porque, en medio del desorden posterior a la Guerra Fría, las viejas certezas pierden sus fundamentos y se multiplican las amenazas nuevas o renovadas.

El comportamiento agresivo de la Rusia de Vladimir Putin es un ejemplo obvio. Otro es el auge del terrorismo internacional cuya forma más reciente es ISIS, también conocido como Estado Islámico. Otro ejemplo son las ambiciones hegemónicas de China en los mares de China Oriental y Meridional a costa de vecinos como Japón, Filipinas y Vietnam.

Parece que en estos temas, Gran Bretaña tiene pocas aportaciones concretas que hacer, ya sea intencionalmente o no. Londres permitió que Alemania y Francia tomaran la batuta de la diplomacia en Ucrania. Avergonzado por las críticas del público, Cameron envió muy tarde a unos cuantos asesores del ejército para ayudar a adiestrar a las fuerzas ucranianas.

De igual forma, la contribución militar del gobierno británico a la lucha contra ISIS ha sido mínima y se ha limitado a Iraq. Los legisladores recientemente manifestaron una fuerte indignación porque Gran Bretaña estaba haciendo muy poco.

Lee: La conexión de Gran Bretaña con las decapitaciones de ISIS

En cuanto a Japón, un importante aliado de los británicos, los recientes acuerdos de cooperación en defensa no ocultan la probable inviabilidad de la asistencia en cuestiones problemáticas. Algunas personas creen que los británicos le tienen demasiado respeto a China.

Perturbada por esta prueba de decadencia, la clase política británica se consuela afirmando que el país aún predica con el ejemplo.

Aún destina un parte generosa del presupuesto a la asistencia en el exterior; organiza misiones humanitarias exitosas, tales como la de Sierra Leona durante el brote de ébola; sigue siendo una de las primeras cinco potencias económicas mundiales, y a veces (aunque no siempre) usa su plataforma en la ONU y otros organismos para defender los valores democráticos y los derechos humanos.

Todo esto es cierto. Pero sirve de poco consuelo para un país que, hace 100 años, era una superpotencia con alcance auténticamente mundial. En la campaña electoral, apenas se ha mencionado la política exterior y los temas internacionales del siglo XXI, tales como el cambio climático.

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Esto no es accidental. Los horizontes de Gran Bretaña se encogen. Su fuerza y sus ambiciones internacionales se diluyen. Su destino posimperial es el de una potencia de segunda. El truco es no parecer de segunda.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Simon Tisdall.

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