OPINIÓN: México y Brasil, los motores para el desarrollo de América Latina

Las dos naciones, cuyo PIB representa el 60% de la región, están llamadas a profundizar sus relaciones para el desarrollo latinoamericano
Brasil, ¿bajo una polarización social?
Autor: Rina Mussali | Otra fuente: 1

Nota del editor: Rina Mussali es analista, internacionalista y conductora de Vértice Internacional y de la serie 2015: Elecciones en el Mundo, en el Canal del Congreso. Síguela en su cuenta de Twitter: @RinaMussali

(CNNMéxico) —México y Brasil han transitado por un trayecto de altibajos en sus relaciones bilaterales. Episodios de cooperación, rivalidad y conflicto han tenido lugar para las dos economías más importantes de América Latina, cuyo PIB en conjunto representa más del 60% del producto total latinoamericano. Como los dos gigantes de América Latina, México y Brasil comparten una responsabilidad mayor: profundizar sus lazos y detonar un efecto arrastre en América Latina.  

Más allá de voluntades, coyunturas e inercias, la relación México y Brasil está inserta en determinantes geográficos y económicos. Mientras que México está inscrito en la esfera de influencia de Estados Unidos, Brasil se inscribe en la zona de reafirmación extracontinental de China, la economía que está desplazando a Estados Unidos del primer puesto mundial.

El vacío que ha dejado Washington en el continente, China lo ha sabido aprovechar convirtiéndose en el primer socio comercial de muchos países de América del Sur, incluidos Brasil y Chile. Precisamente antes de viajar a México, Dilma Rousseff recibió al primer ministro chino Li Keqiang para concretar negocios en Brasil por unos 50,000 millones de dólares, destacando un proyecto para construir un ferrocarril transoceánico desde Brasil hacia Perú.

La rivalidad entre México y Brasil por obtener el liderazgo latinoamericano ha sido una constante histórica de la relación bilateral, una realidad destazada en las sendas dispares de la política exterior. Desde su temprana historia, Brasil aspiró en convertirse en un actor con presencia regional y global equivalente a su extenso territorio y tradición diplomática.

Por el contrario, la vecindad con Estados Unidos obligó a México a mirar hacia el exterior de manera más recelosa, desconfiada e incluso aislacionista. Nuestra senda principista basada en la soberanía y autodeterminación terminó por construir élites políticas provincianas y descontextualizadas del acontecer global.

Los signos de ascenso en la jerarquía internacional se palpan con las formas divergentes de conceptualizar la reforma de la ONU. Mientras que Brasil busca conseguir un asiento permanente en el Consejo de Seguridad para representar al conjunto latinoamericano de mano de la India, Alemania y Japón, México es partidario de promover el Grupo de Amigos de la Reforma de la ONU para democratizar, ampliar y suprimir el derecho de veto del máximo órgano de seguridad internacional.

A su vez, Brasil ha destacado por su rol en las Operaciones de Mantenimiento de la Paz de la ONU (OMP), un activo que le ha asegurado una enorme presencia en África y Asia a contrapelo de la negativa mexicana de participar en cascos azules bajo el componente militar, una realidad recientemente modificada por el gobierno de Enrique Peña Nieto que alentará un mayor activismo por la vía multilateral.

La pelea por la corona entre México y Brasil ha entrado en un momento de impasse. Las noticias no son halagadoras. Ambos países viven momentos convulsos que nos hacen cuestionar su talla internacional. La vitrina mundialista del futbol desenmascaró la grandeza brasileña con las nuevas reivindicaciones de las clases medias y los jóvenes indignados que demandan mejores servicios en educación, salud y transporte.

El boom económico brasileño se descobijó al tiempo que México ganó un mejor estatus internacional frente a la aprobación del paquete de reformas estructurales que pronto se desinfló ante la caída de los precios internacionales del petróleo que en conjunto fallaron en imprimir un crecimiento dinámico de nuestra economía.

La brecha del enojo y la desconfianza ciudadana tanto en México como Brasil se toca por los escándalos de corrupción e impunidad que parecen no terminar. Ni el Mensalao, ni las irregularidades de Petrobras en Brasil, ni la Casa Blanca en México han invitado a tomar decisiones valientes.

En contraste, Chile y su presidenta Michelle Bachelet han puesto el ejemplo: relevar y designar a un nuevo gabinete como respuesta a los actos de corrupción, el gesto que obliga a agachar la cabeza de los dos países punteros de América Latina.

Apuestas contrarias concernientes al proceso de globalización también han tenido lugar entre México y Brasil. Siendo dos países alejados culturalmente existen visiones contrapuestas de cómo articular el desarrollo e insertarse en los flujos comerciales internacionales.

México se convirtió en el socio menor de América del Norte, y Brasil se erigió en el país cabeza del Mercosur, el punto de quiebre que ha reforzado el divisionismo entre los dos países. A las rivalidades regionales también se imponen los senderos económicos dispares. Mientras que México se ha convertido en una de las economías más abiertas del mundo y campeona de los TLC, Brasil ha mostrado más desconfianza de los circuitos comerciales que lo han llevado a proteger altamente su economía.

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Ahora las divergencias se cifran entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico que no han encontrado un camino para la convergencia. Efectivamente, la visita de Dilma Rousseff atiende a los nuevos cambios en la política exterior de Brasil en donde crece el consenso de no poner todas las cánicas en el Mercosur que camina lento, maniatado y supeditado a criterios políticos. Es por ello que Brasil busca profundizar sus relaciones económicas y comerciales con México, además del interés de facilitar las inversiones entre ambos países, tomando en cuenta que Brasil es el principal inversor latinoamericano en México.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen a exclusivamente a Rina Mussali 

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