OPINIÓN: El voto, dos caras de una moneda…

Aún no existe una cercana relación entre políticos y sus circunscipciones; aunque, la opinión pública mexicana ciñe cada vez más a políticos
Abstencionismo, desafío electoral: Lorenzo Córdova
Autor: Pablo Majluf | Otra fuente: 1

Nota del editor: Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY. Síguelo en su cuenta de twitter 

(CNNMéxico)— El panorama electoral entraña una conspicua dicotomía. Por momentos parece que la democracia mexicana avanza hacia la madurez; otros que retrocede hacia tiempos infames.

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En la primera categoría se revela una clase media cada vez más ávida de información, dispuesta al diálogo, interesada en el juego político y, sobre todo, exigente. Quizá no dueña de una exigencia firme y duradera que vigile al poder implacablemente o se traduzca en políticas públicas de interés general. Hasta ahora las demandas ciudadanas exitosas provienen de agentes voluntarios de la sociedad civil –como los think-tanks– y no tanto de un grueso social "no profesional" organizado. En ese sentido, aún no existe –como en las democracias avanzadas– una cercana relación entre los políticos y sus circunscripciones. Sin embargo, la opinión pública mexicana ciñe cada vez más a los políticos. Se han erigido algunas reglas básicas, algunas líneas por lo menos discursivas, que empiezan a delimitar al poder. Por ejemplo, si antes la bravuconería y la insolencia caciquil eran admiradas, ahora son fórmulas peligrosas; si antes la suntuosidad y el derroche sólo eran mal vistos, ahora son explícitamente inadmisibles. Y aunque esos códigos sean susceptibles de dobles morales o de manipulaciones sentimentales, constituyen un primer paso en la producción de políticos responsables frente a la ciudadanía. Para tal efecto, la relativa pluralidad periodística que la transición nos regaló juega un rol fundamental: los deslices ya tienen evidentes consecuencias electorales. Hoy, como nunca antes en la historia de México, los políticos están ligeramente preocupados por su prestigio. Y es ahí donde ha madurado nuestra democracia: el voto tiene cada vez más poder.

Sin embargo, dado que el voto se ha vuelto el tesoro codiciado, no faltan los zopilotes en pos de él, bárbaros que arruinan las celebraciones civilizadas. Lo que sucedió en la delegación Cuajimalpa es un claro ejemplo. El PRI y el PRD locales se disputaron el territorio no con debates, ideas o propuestas, sino con el máximo elogio a la civilidad democrática: ¡los golpes! A un mes de la elección, extremistas de ambos lados, incluidos los candidatos, prefirieron al instinto sobre la razón. ¿Resultado? 25 heridos… uno de los cuales –el candidato priista a diputado federal, Adrián Ruvalcaba– con 17 puntadas en la frente. La dirigencia local del PRI ha reportado agresiones similares en seis delegaciones. Casos como el del diputado federal y candidato del PVEM a la asamblea legislativa del DF, Fernando Zárate, quien soltó un cabezazo a un funcionario local de la delegación Álvaro Obregón en una querella callejera, no parecen inusitados.   

Eso en la calle.

En los medios –particularmente las redes sociales–, se libran batallas descarnadas que no aluden al civismo ni a la construcción de un espacio público libre y secular, sino obscuro y pre-democrático. El espionaje ilegal al presidente del INE, Lorenzo Córdova, es una muestra inequívoca; la guerra electoral que se libra en Sonora –retratada por el periodista Héctor de Mauleón en El Universal– también. No se trata de ganar el voto con ideas, sino de minar el campo de batalla. Es el corolario inevitable de la reforma electoral de 2007, cuya prohibición de campañas "negativas" cerró efectivamente la puerta a la confrontación argumentativa –tan necesaria en tiempos electorales– y la abrió a la beligerancia subrepticia. Por eso tanta recurrencia al escándalo, a la filtración, al espionaje... cómodos sustitutos de las ideas.

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Estamos, entonces, frente a una espada de doble filo. Por un lado, el voto es un instrumento de empoderamiento ciudadano cada vez más efectivo; por otro, es un objeto de deseo –un capital cada vez más codiciado por los políticos. En realidad es una paradoja del tipo vicioso: entre más poder da el voto al ciudadano, más anhelado se vuelve para los políticos. Aunque la primera parte es una excelente noticia –prueba fehaciente de que la ciudadanía empieza a dirigir la orquesta–, debemos cambiar las reglas de la segunda parte antes de que el caldo nos salga más caro que las albóndigas; debemos abrir la discusión en el próximo trienio, o quién sabe cómo se pongan las cosas en 2018.  

Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Pablo Majluf

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