OPINIÓN: Recuperar los suelos, la otra cruzada contra el hambre

La desertificación en México alcanza 59% del país y amenaza con crear trampas de pobreza como las que causaron hambrunas en África
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Autor: Juan Mayorga | Otra fuente: 1

Nota del editor: Juan Mayorga es periodista especializado en asuntos ambientales y maestro en Public Management y GeoGovernance por la Universidad de Potsdam, Alemania. Es colaborador de CNNMéxico.com. Síguelo en @JuanPMayorga.

(CNNMéxico) — En 1985, el gobierno mexicano mantenía el reparto de tierras iniciado tras la Revolución de 1910. La Secretaría de la Reforma Agraria era la encargada de repartir entre los campesinos más de 100 millones de hectáreas (la mitad del territorio mexicano) con la intención de dar certidumbre legal para el desarrollo agropecuario y forestal en el país, y cumplir con los sueños revolucionarios de progreso social, según el extitular de la dependencia, Arturo Warman.

México se veía a sí mismo como una cornucopia abundante en tierras y recursos naturales para alimentar a sus habitantes.

Al mismo tiempo pero del otro lado del mundo, la región del Sahel —un territorio de África situado entre el desierto del Sahara y las grandes praderas del continente— sufría sequías excepcionales que devastaban los endebles sistemas agrícolas y precarios medios de subsistencia en Burkina Fasso, Niger, Mauritania, Mali y Chad, Etiopía y Eritrea. Las imágenes de las consecuentes hambrunas, con gente cadavérica demasiado débil incluso para ahuyentarse las moscas del cuerpo, horrorizaron al mundo durante los años siguientes.

La respuesta internacional llegó primero a través de asistencia humanitaria y luego motivó la creación de la Convención de Naciones Unidas para la Lucha contra la Desertificación (CNULD) en 1994.

Tres décadas después, la situación de ambas regiones parece, toda proporción guardada, haberse invertido. Aunque los países del Sahel siguen amenazados por las sequías exacerbadas por el cambio climático, han robustecido sus sistemas de producción de alimentos y abastecimiento de agua gracias a un manejo sustentable de los suelos. Regiones extensas que antes eran desiertos con tierra dura como roca ahora son bosques sustentables visibles desde el espacio con imágenes satelitales al tiempo que las comunidades humanas de nuevo florecen en esas latitudes, según se aprecia en distintos casos de éxito presentados las últimas dos semanas durante la duodécima conferencia de las partes (COP) de la CNULD en Ankara, Turquía.

Por el contrario, la reforma agraria en México culminó el reparto de tierras pero no alcanzó a dinamitar el desarrollo rural esperado debido a deficiencia en las políticas públicas que lo acompañaron. En el sector rural, las acusaciones de que el campo se encuentra abandonado son el pan de cada día, mientras que el gobierno federal sigue apostando por una política agropecuaria que rompe anualmente sus récords de exportaciones (12,204 millones de dólares el año pasado), pero es incapaz de detener el avance de la pobreza (dos millones más en los últimos dos años) o garantizar de forma sustentable la seguridad alimentaria.

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Un subproducto menos visible de la política agraria en México es su incidencia en la degradación del suelo, que propicia un agravamiento de la pobreza y luego más degradación, un círculo vicioso descrito por especialistas como la “trampa de pobreza”. Tanto por el abandono de tierras como por su explotación insostenible a través de actividades como la agricultura, la ganadería, la minería y el desarrollo urbano, además del decisivo efecto del cambio climático, el ayer cuerno de la abundancia mexicano enfrenta hoy la misma amenaza que precipitó el desastre en el Sahel hace 30 años: el 59% de las tierras en el país sufren degradación severa o extrema (desertificación), según cifras de la Comisión Nacional Forestal (Conafor), la cual reconoce como “grave” la pérdida asociada de productividad.

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El problema le cuesta al país entre 260 y 528 pesos (16 y 32 dólares) por hectárea al año, lo cual en 2007 significó casi de la mitad de los subsidios de Procampo para la producción de maíz, según un estudio del Instituto Nacional de Ecología y la UNAM.

Además, dada la estrecha relación entre salud de los suelos y disponibilidad de agua, la degradación grave afecta el abastecimiento de agua en 17 de las 21 ciudades más importantes del país, además de que vulnera a segmentos de por sí vulnerables como productores rurales de autosubsistencia, según Conafor.

Si bien en México no hemos visto gente en los huesos por causa del hambre, ésta sigue ahí. Además, otras consecuencias del deterioro ambiental y sus impactos sociales están a la vista de todos: migración, pobreza, desintegración del tejido social y crecimiento de los cinturones de miseria en las ciudades. Sin embargo, tanto sociedad civil y gobierno hemos fallado en identificar el vínculo causal entre estos puntos. Un ejemplo de esto es el éxodo de miles de campesinos de la degradada Mixteca oaxaqueña hacia zonas agrícolas del norte de México (Oaxacalifornia) y Estados Unidos desde la década de 1990, un fenómeno que recordaron en Ankara funcionarios de Conafor, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y activistas.

Científicos, productores, legisladores y activistas concuerdan en que México no puede darse el lujo de posponer una respuesta contundente a la crisis de los campos, pero eso no garantiza que el asunto tenga asegurada la atención entre la complicada agenda nacional. A fin de cuentas, los suelos son otra expresión de los recursos comunes, esos elementos como el agua y el aire que damos por sentados a la hora de actuar. La situación se explica porque nuestra civilización asigna valor con base en la escasez, no en la disponibilidad, de tal manera que priorizamos el oro sobre los suelos aunque el primero no tenga ninguna utilidad funcional para nadie, explicó en estos días el diplomático italiano y especialista en desarrollo sustentable Grammenos Mastrojeni.

Pero si lo que necesitan los suelos para ser atendidos son números, aquí comparto algunos de los más recientes presentados en los últimos días por la UNCLD:

  • Los ciclos de nutrientes en el suelo proveen la mayor contribución (51%) del valor total (33 billones de dólares) de servicios ecosistémicos cada año.
  • Los suelos proveen más del 99% de las calorías consumidas como alimento por el ser humano.
  • Los suelos son la vía más económica para capturar carbono y mitigar el cambio climático.
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