OPINIÓN. La peor inversión pública de la historia: la lección de las elecciones

Las elecciones recientes simbolizan la coronación de un sistema de competencia política que ha errado por completo en su conceptualización del dinero necesario para financiarse.
Dinero en campañas  Desde las elecciones de 2000 se ha ido perfeccionando un sistema que pretende resolver el tema del dinero apostando a cancelar cualquier mercado de apoyo político.  (Foto: iStock)
Alejandro Poiré /

Nota del editor: Alejandro Poiré es decano de la Escuela de Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Fue secretario de Gobernación en la administración de Felipe Calderón (2006-2012), así como director general de Análisis Político de la Oficina de la Presidencia, secretario técnico del Consejo de Seguridad Nacional y director del CISEN. Lo puedes seguir en Twitter como @AlejandroPoire. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(Expansión) — Como todas las contemporáneas, somos sociedad de modas; muchas de ellas, pareciendo insustanciales, llegan a ser perniciosas. La del Macron mexicano no es excepción. Pareciera trivial, pero ilustra irresponsabilidades. La búsqueda recurrente de una solución providencial, personalizada muestra que no reconocemos el compromiso, perseverancia y creatividad que de todos exige un futuro distinto.

Pero hay otra moda, la de la angustia por la suciedad creciente de nuestras elecciones, que sería bueno deje de serlo para convertirse en vertiente central de una transformación esencial de nuestra política. Eso es lo más importante de las elecciones del pasado 4 de junio. Me explico en breve, pero antes una aclaración.

Si lo que más le interesa a usted es el escenario del 2018, le sintetizo mi predicción y le ahorro el resto de la lectura: vamos a una elección con una candidatura del PAN que sumará en su coalición al PRD y serán sumamente competitivos; de la decisión del Presidente Peña Nieto dependerá si tenemos una elección tipo 2006 —donde un candidato de raigambre tradicionalista y reputación de corrupción puso al PRI en tercer lugar— o si el PRI ofrece un candidato más moderno, trayendo consigo una elección enteramente novedosa, donde llegaremos al día de la jornada con tres opciones con real posibilidad de ganar.

Además de Andrés Manuel López Obrador, el resto del elenco de esta trama se irá develando en los meses por venir. Durante ellos, habrá que mantener fértil el centro político, ese espacio donde, tras cualquiera que sea el resultado, habrá que reunirse para seguir edificando al país.

Pero eso no es lo más importante. Las elecciones recientes, independientemente de quien haya triunfado, simbolizan la coronación de un sistema de competencia política que ha errado por completo en su conceptualización del dinero necesario para financiarse.

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En 1994 gastó diez veces más el candidato del PRI que el del PAN en la primera elección presidencial fundamentalmente limpia. Para 1997 nos convencimos de la perversidad de esquemas de financiamiento ciudadano de la política, y empezamos a llenar de millones de pesos de subsidios gubernamentales a los partidos.

A pesar de ello, tanto el PRI como la coalición PAN-PVEM violaron ampliamente la ley en el año 2000 —recuerde usted Pemexgate y Amigos de Fox. Desde entonces se ha ido perfeccionando un sistema que pretende resolver el tema del dinero apostando a cancelar cualquier mercado de apoyo político. Se han reducido las contribuciones privadas permitidas, ampliado los subsidios, prohibido el gasto político en radio y televisión, incrementado las sanciones por violar topes de gasto de campaña, y dotado de más atribuciones a la autoridad.

Y las elecciones siguen siendo un batidero. No solamente se ve correr ríos de cash de todos los colores en todos los estados, sino que sospechamos que mucho del incremento de la corrupción flagrante de los gobiernos locales tiene su explicación en que, gracias a esta suma de reglas, el modelo real de competencia depende de la disponibilidad de grandes montos de dinero en efectivo.

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Como siempre que pretendemos cancelar un mercado —en este caso el del apoyo para las candidaturas— y la demanda por dicho apoyo permanece, se ha generado un mercado negro. Peor, como se ha tratado de sustituir dicho mercado con un amplísimo financiamiento público, y en efecto, cada vez el INE puede fiscalizar más, el mercado negro es creciente, y la ilegalidad necesaria para la obtención del dinero es más grave. Y es por la existencia de ese mercado negro de apoyo político, donde la moneda de cambio es el cash, que las elecciones se ven tan sucias como las que acabamos de atestiguar.

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Llevamos décadas perfeccionando restricciones para evitar que el dinero privado “ensucie” las elecciones, y tenemos elecciones más sucias que nunca. Décadas inyectando decenas de miles de millones de pesos en subsidios a los partidos y sus campañas. Y nuestros procesos electorales, y los gobiernos que emanan de ellos, son ostensiblemente más corruptos que nunca. Es quizás la peor inversión pública de nuestra historia.

No es mi ánimo ofrecer, aquí, una solución integral al dilema. Concédame por ahora que el problema no es que haya dinero en la competencia política. El problema es la regulación que ha creado el mercado negro. Si no reconocemos esta realidad, nuestras elecciones seguirán viéndose horrendas, generando modelos cada vez más complejos y abyectos de clientelismo y corrupción. Y créame también que sí podemos tener, sí merecemos tener una política distinta.

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Para empezar a salir del embrollo basta con que nos atrevamos a pensar en cómo podría verse un mercado sano, bien regulado, donde el financiamiento de la política dependa mucho menos de subsidios, y la competencia no inhiba las contribuciones legales de las personas a sus candidatos. Así se financiaba el PAN en los años 80, con colectas y rifas en las plazas públicas. Algo así buscaba López Obrador en preparación al 2006, cuando propuso financiarse a través de un número 1-800 o en los cajeros automáticos. No es imposible desarrollar más y darle vigencia a esas ideas, y construir una política digna, abierta, transparente y cercana a la gente a partir de ellas.

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