OPINIÓN: Trump en el papel de Julio César… ¿qué podría salir mal?

El que el teatro haya perdido a sus patrocinadores por hacer crítica política es un ataque perturbador a la libre expresión.
¿Parecido?  En la versión de Julio César de Oskar Eustis, director artístico de Public Theater, el César sonriente y gesticulador que encarna Gregg Henry es una recreación evidente de Trump, aseguran analistas.  (Foto: The Public Theater)
Kate Maltby

Nota del editor: Kate Maltby es conductora y columnista en Reino Unido. Escribe una columna semanal sobre política y cultura en el diario británico The Financial Times y es crítica de teatro para el Times of London. Fue miembro del equipo fundador del grupo de estudios reformista conservador Bright Blue y está terminando un doctorado en Literatura del Renacimiento. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) — Parece que la familia Trump tiene un problema con el teatro. En noviembre, pocos días después de que triunfara en las elecciones, Donald Trump emprendió un ataque en Twitter contra el "muy sobreestimado" musical de Nueva York, Hamilton, luego de que los actores protestaran contra el vicepresidente, Mike Pence.

El domingo 11 de junio, Donald Trump hijo objetó en Twitter la puesta en escena de Julio César, parte de la serie al aire libre Shakespeare in the Park de la compañía Public Theater, en el que el César asesinado se parece mucho a Donald Trump. En consecuencia, tanto Delta como Bank of America retiraron su patrocinio de la obra.

Como soy crítica de teatro, vi esta puesta en escena el sábado por la noche, poco antes de que se desatara la tormenta. Las obras de Shakespeare rara vez tienen héroes o villanos. Todos los personajes de Julio César son capaces de hacer el bien, pero todos terminan haciendo el mal. 

Al igual que la mayoría de los críticos conservadores, suelo pensar que imponer paralelos modernos específicos a las obras de Shakespeare suele reducir esta ambigüedad y reducir a sus personajes complejos a parodias de Saturday Night Live.

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La versión de Julio César de Oskar Eustis, director artístico de Public Theater, no es la excepción. El César sonriente y gesticulador que encarna Gregg Henry es una recreación evidente de Trump, al grado de que no se parece mucho al héroe de guerra carismático y lleno de defectos de Shakespeare. Tina Benko, quien hace el papel de la esposa, no es más que un estereotipo de Melania con acento muy marcado. La sutileza se pierde.

Sin embargo, este no es el violento linchamiento de un sustituto de Trump, como el que a la prensa de derecha le gusta tanto denunciar, ni una expresión ritual de la sed de sangre de los demócratas neoyorquinos. Aunque la producción de Eustis presente a Trump como a un demagogo vulgar (¡horror!), deja bien claro que asesinarlo es lo peor que podrían hacer sus oponentes.

Después de todo, ese es el mensaje de la obra de Shakespeare. En la preparatoria, los estudiantes aprenden esto; Donald Trump hijo también debería hacerlo. Bruto y Casio asesinan a César porque creen que transformará la democracia de Roma en un imperio personal; la consecuencia de la violencia que desencadenan es que Octavio, el sobrino de César, tiene la oportunidad de usar al ejército para establecer su propio imperio. Los últimos representantes de la democracia terminan suicidándose para no terminar como prisioneros del enemigo.

En todo caso, retratar a Julio César como Donald Trump es injusto para César. El César de la historia y de la obra de Shakespeare al menos tenía credibilidad en la guerra y no evadió el reclutamiento para Vietnam. En la puesta en escena de Eustis, los asistentes de César tienen el buen gusto de avergonzarse cuando alguien menciona su experiencia en la guerra. También es difícil entender por qué Bruto, demócrata de gran integridad, admira las virtudes de César y le causa tanto conflicto traicionarlo.

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Pero de ninguna manera celebramos que asesinen a César-Trump. Cuando Elizabeth Marvel, en el papel de Marco Antonio, le muestra al público el saco ensangrentado de César, rasgado por los cuchillos, sentimos su dolor y, al igual que la muchedumbre romana, entramos en frenesí por el asco y la lástima que causa esta violencia.

Es por eso que sí importa que la cadena Fox News y sus aliados estén malinterpretando decididamente esta puesta en escena con el fin de presionar a los patrocinadores. Parece que funcionó: un portavoz de Delta se opuso a la "puesta en escena explícita" de esta producción, en la que "la dirección artística y creativa rebasó los límites del buen gusto" (eso indica que el portavoz no ha visto la obra… o no sabe que el César de Shakespeare contiene una escena de un asesinato).

Este Julio César no glorifica el asesinato de Trump, sino que lo critica por querer ser emperador. Si eso es todo lo que se necesita para que te quiten el patrocinio, otros teatros van a pensarlo dos veces antes de montar obras que tengan que ver con el presidente de Estados Unidos, cosa que tiene un efecto paralizante en la libertad de expresión. No hay nada menos estadounidense que un Estados Unidos en el que los artistas no puedan decirle la verdad al poder.

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Tampoco debería importar que esta puesta en escena de Julio César tenga defectos artísticos. Pero a pesar de todo, tiene valor: soy experta británica en Shakespeare y nunca he escuchado a ningún actor estadounidense pronunciar su lenguaje con tanta destreza. 

Gracias a Elizabeth Marvel, el discurso de Marco Antonio es lo más relevante de la obra, además de una advertencia aguda sobre la clase política moderna para la que acusar de falta de astucia retórica es la estrategia retórica más astuta del juego. ("No soy orador como Bruto. Solo hablo con franqueza", ruge Marvel, como si se estuviera burlando de un oponente proveniente de una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos).

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Sin embargo, el punto no son los aciertos ni los errores de este Julio César en particular. Un teatro perdió a sus patrocinadores porque se burló del presidente y porque los aliados de ese presidente difundieron la falsedad de que incita a la violencia.

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Este es un momento sombrío para la libertad de expresión en Estados Unidos. Esperemos que el teatro contraataque, no con los cuchillos de Bruto, sino con los versos de Shakespeare.

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