OPINIÓN: Al abandonar las juntas de Trump, los empresarios empeoraron las cosas

Mark Bauerlein escribe que Trump disolvió las juntas de asesoría empresarial tras el éxodo de directivos que se mostraron consternados con la forma en la que manejó el incidente de Charlottesville.
La molestia empresarial contra Donald Trump no ha parado de crecer
Mark Bauerlein

Nota del editor: Mark Bauerlein es profesor de Inglés en la Universidad Emory, editor sénior de la gaceta First Things y autor del libro The Dumbest Generation: How the Digital Age Stupefies Young Americans and Jeopardizes Our Future; Or, Don't Trust Anyone Under 30. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — Es difícil creer que la violencia de una turba iracunda por la remoción de una estatua de un general confederado, en Charlottesville, Virginia, tenga influencia en los grupos empresariales que la Casa Blanca organizó; sin embargo, se disolvieron dos juntas de directivos tras el caos que reinó la semana pasada. Aquí hay algo que aprender, pero tal vez no sea lo que crees.

Luego de que ocho líderes empresariales y sindicales renunciaran, uno tras otro, del Consejo de Manufactura y del Foro de Estrategias y Políticas Públicas, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, disolvió totalmente las juntas.

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Así están las cosas. Nada es inmune al partidismo. Todo es político. No puedes estar en desacuerdo con los demás y seguir sentado en la misma mesa.

Los miembros renunciaron por algo que no tenía nada que ver con las empresas y la fuerza laboral. Creyeron que Trump no censuró a los supremacistas blancos con suficiente claridad y rapidez y que, por ende, era cómplice del racismo en Estados Unidos, opinión que al parecer Trump reforzó el martes 15 de agosto, cuando se retractó de los comentarios más moderados que hizo en Charlottesville dos días antes.

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Los directivos siguieron el ejemplo de la prensa. Hubo un artículo que se publicó en el diario USA Today, en el que se afirmó que en sus primeros tuits, Trump "brindó ayuda y consuelo a los nazis y a los supremacistas blancos". Un titular en el sitio web Mother Jones lo dice todo: ¿Qué necesitan los conservadores para reconocer que Donald Trump es racista? También en la derecha hay voces que se unieron al coro. John Podhoretz, de la revista Commentary, afirmó que Trump cree por instinto que "no debe atacar a los supremacistas blancos".

En estas circunstancias, los directivos que huyeron de los consejos de Trump hicieron sus declaraciones. Scott Paul, presidente de la Alianza para la Manufactura Estadounidense, declaró: "Renuncio a la Iniciativa de Empleos Manufactureros porque es lo correcto para mí". Kenneth Frazier dijo en un comunicado: "Como director ejecutivo de Merck y por cuestiones de consciencia, siento que es mi deber adoptar una postura contra la intolerancia y el extremismo". Otros miembros manifestaron opiniones similares.

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Aunque parecen razonables y benévolas, cada renuncia es un mensaje implícito: Trump no es incluyente ni tolerante; es retrógrada. Después de todo, ¿cómo se "adopta una postura contra la intolerancia y el extremismo" al renunciar al consejo, si Trump no fuera intolerante y extremo?

El resultado tácito es que Trump equivale al Ku Klux Klan. Según los líderes que renunciaron, evitarlo, rechazarlo y distanciarse es "lo correcto", en vez de discutir con él, exhortarlo a tomar una ruta diferente o exigirle que se decida entre los supremacistas blancos y los grupos hostiles de la izquierda.

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La verdad es que el único delito de Trump es que habló en términos demasiado generales sobre los hechos violentos de Charlottesville al decir que "muchas partes" eran responsables. Este comentario, que hizo inicialmente el sábado 12 de agosto, fue el que los directivos encontraron censurable. Trump no quiso reconocer el factor "blanco", así que los directivos que renunciaron decidieron unirse a los incontables estadounidenses que quieren rechazarlo y avergonzarlo.

Si lo único que querían era criticar la reacción de Trump, bien pudieron haberlo hecho sin dejar de pertenecer a las nuevas juntas. Pudieron incluso haber usado su cargo para abrir un diálogo al respecto con Trump: "Sr. Presidente, me uno a su esfuerzo por impulsar la causa de los trabajadores estadounidenses, pero su postura respecto a lo que está pasando en Virginia y en otras partes es retrógrada". Eso es, de hecho, lo que hizo el director ejecutivo de Walmart, así como el presidente de Blackstone.

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Sin embargo, en el entorno que los liberales han creado, particularmente en lo que concierne a la raza y al sexo, las críticas no bastan, sin importar lo severas y dolorosas que sean. Hay que aislar al villano. La interacción de cualquier índole equivale al respaldo. Incluso sentarse a dialogar con Trump en una reunión violaría su código moral. Es la clase de desagrado santurrón que he notado en los académicos liberales cuando se encuentran atrapados en presencia de un conservador en reuniones profesionales. Es mucho pedirles que entablen conversaciones contenciosas pero corteses.

En otras palabras, su renuncia es otra versión del ritual social de la exclusión. Son pasivo-agresivos porque indican explícitamente su distanciamiento de la presidencia, pero tácitamente exilian a Trump de la sociedad de almas bienintencionadas y tolerantes.

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Estamos más polarizados que nunca, pero si antes entendíamos las dos posturas en términos políticos (izquierda y derecha, liberal y conservador), las cosas cada vez tienen más matices personales: los ilustrados contra los ignorantes, los respetables contra los deplorables, los tolerantes contra los fanáticos.

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