OPINIÓN: Afganistán, un tema personal para asesores y generales de Trump

Peter Bergen escribe que muchos de los principales asesores del presidente de Estados Unidos sirvieron en Afganistán o tienen relación personal con la guerra.
El equipo del presidente Trump  John Kelly, el general de infantería que ahora es jefe de gabinete, dijo en 2010 que la guerra de Estados Unidos contra los terroristas yihadistas continuaría largo tiempo.  (Foto: Reuters/Archivo)
Peter Bergen

Nota del editor: Peter Bergen es analista de seguridad nacional de CNN, vicepresidente de New America y profesor de la Universidad Estatal de Arizona. Escribió el libro United States of Jihad: Investigating America's Homegrown Terrorists. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — La situación en Afganistán se deteriora. La cuestión de qué hacer al respecto es algo profundamente personal para los principales asesores y para los generales de Donald Trump.

En los meses que siguieron a los ataques del 11-S, el secretario de Defensa de Trump —el hoy general retirado de infantería de Marina James Mattis— encabezó el ataque más profundo ejecutado desde un barco en la historia de la infantería de Marina, en los alrededores del enclave talibán de Kandahar, en el sur de Afganistán.

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El teniente general H. R. McMaster, asesor de seguridad nacional de Trump, encabezó una fuerza anticorrupción en Afganistán en 2010. El principal asesor militar de Trump y presidente del Estado Mayor —el general de la infantería de Marina Joseph F. Dunford— fue el general al mando en Afganistán en 2013. El general de infantería de Marina John Kelly, que ahora es jefe de gabinete de Trump, perdió un hijo en Afganistán (Robert Kelly, teniente de infantería de Marina, de 29 años) a causa de la explosión de una mina terrestre en 2010.

Cuatro días después de la muerte de su hijo, mientras daba un discurso en St. Louis, Kelly dijo que la guerra de Estados Unidos contra los terroristas yihadistas continuaría largo tiempo. "Las fuerzas armadas estadounidenses han propinado derrota tras derrota a nuestro enemigo implacable, pero esto seguirá durante años, si no es que décadas, hasta que esta maldición quede erradicada", dijo.

Así que en lo que concierne al desarrollo de una estrategia nueva para Afganistán, los generales tenían cierto grado de compromiso con la guerra más larga de la historia estadounidense que su comandante en jefe no compartía, al menos al principio.

En 2013, por ejemplo, Trump tuiteó: "Salgamos de Afganistán. Los afganos a los que entrenamos están matando a nuestros soldados y gastamos miles de millones [de dólares] allá. ¡No tiene sentido! Reconstruyamos Estados Unidos".

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Los generales tenían una perspectiva diferente de lo que estaba en juego.

Los generales Mattis, Kelly y Dunford han peleado lado a lado desde la invasión a Iraq en 2003. En ese entonces, encabezaron la fuerza de la infantería de Marina que entró en Iraq en marzo de 2003, durante la etapa inicial de la invasión.

Todos tenían la impresión de que el que las fuerzas estadounidenses salieran de Iraq a finales de 2011 ayudó a la caída del ejército iraquí tras la campaña de ISIS en Iraq en 2014.

Ninguno de ellos quiere que la situación se repita en Afganistán, en donde el talibán está en su mejor momento desde el 11-S y en donde se estableció una violenta célula de ISIS.

Estos generales de infantería de Marina también saben lo difíciles que fueron las batallas en la provincia de Helmand, en el sur de Afganistán, en donde murieron 249 infantes de Marina en una campaña que comenzó en 2009 y terminó en 2014.

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Ahora, una vez más hay 300 infantes de Marina en Helmand porque el talibán recuperó territorios que los infantes conquistaron hace varios años. El talibán también controla o se disputa el control de alrededor de un tercio de la población de Afganistán, alrededor de 10 millones de personas.

El lunes 21 de agosto, Trump dio un discurso inusual en horario estelar desde Fort Myer en Arlington, Virginia, sobre su futura estrategia para Afganistán y el sureste asiático en general.

El discurso estuvo bien dado, bien escrito y bien fundamentado; reflejó en gran medida el consenso de los generales y del aparato de seguridad nacional de Estados Unidos.

Trump reconoció en el discurso que "mi instinto inicial era retirarnos. Históricamente, me gusta seguir mi instinto". Sin embargo, también reconoció que "retirarse apresuradamente crearía un vacío que los terroristas, incluidos ISIS y al Qaeda, llenarían instantáneamente, como ocurrió antes del 11 de septiembre. Como sabemos, en 2001 Estados Unidos se retiró apresuradamente de Iraq, lo cual fue un error. En consecuencia, nuestros triunfos arduamente logrados se perdieron ante los terroristas".

Trump también dirigió palabras severas a Pakistán, tema común de las fuerzas armadas estadounidenses. "Pakistán suele ofrecer refugio a los agentes del caos, la violencia y el terror".

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Trump también dejó en claro que el compromiso de Estados Unidos con Afganistán se basará en condiciones: "Uno de los pilares de nuestra nueva estrategia es pasar de un enfoque basado en el tiempo a uno basado en condiciones. He dicho muchas veces que es contraproducente para Estados Unidos anunciar por adelantado las fechas en las que pretendemos iniciar o terminar nuestras operaciones militares".

Fue una crítica implícita al enfoque de la presidencia de Obama respecto a Afganistán. Obama envió decenas de miles de soldados más a Afganistán en 2009, pero también anunció la fecha en la que los retiraría. La presidencia de Trump no piensa repetir lo que considera un grave error.

Trump también señaló que "Estados Unidos trabajará con el gobierno afgano en tanto veamos determinación y avances. Sin embargo, nuestro compromiso no es ilimitado y nuestro apoyo no es un cheque en blanco".

Los asesores de seguridad nacional y los generales de Trump, que tienen gran experiencia en Afganistán, recomendaron no retirar totalmente las tropas (que era lo primero que Trump quería hacer); también estuvieron en contra de la idea de usar contratistas en vez de soldados estadounidenses.

Estas opciones estaban a discusión cuando el equipo de seguridad nacional de Trump abordó las opciones para Afganistán. Esas opciones contaban con el respaldo, en parte, del jefe de estrategas de Trump, Stephen Bannon, a quien expulsaron de la Casa Blanca el viernes 18 de agosto.

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Bannon no asistió al consejo de guerra final sobre Afganistán que Trump celebró en Camp David ese mismo día. Usar contratistas estadounidenses en el terreno representaría varios obstáculos jurídicos, además de que estarían sujetos a las leyes afganas. Por estas razones, privatizar la guerra en Afganistán y subcontratar soldados, o retirarse totalmente de Afganistán, quedaron fuera de discusión durante las deliberaciones.

El objetivo estratégico de Estados Unidos en Afganistán es evitar que el país quede en manos de grupos yihadistas como el talibán, al Qaeda e ISIS, lo que permitiría que el país volviera a ser una plataforma de lanzamiento de ataques contra Estados Unidos y sus aliados, como ocurrió el 11 de septiembre de 2001.

Hasta ahora, los esfuerzos por alcanzar este objetivo han cobrado la vida de 2,403 soldados estadounidenses.

Los principales asesores de seguridad nacional y los generales de Trump entienden qué está en juego y el costo de la guerra de Afganistán porque se han visto afectados personalmente por ella.

Al final, Trump se dejó convencer.

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