OPINIÓN: ¿Mercado integrado o maldita vecindad en energía en el TLCAN 2.0?

A estas alturas, más estorban a México sus problemas internos cuando apenas construye un sector energético que aún padece los rezagos de dos monopolios, opina Miriam Grunstein.
Reforma  Que las empresas energéticas de Estados Unidos y Canadá busquen oportunidades en México no es ilícito; ni lo es ya que México las reciba en todas sus cadenas de valor.  (Foto: iStock)
Miriam Grunstein

Nota del editor: Miriam Grunstein es profesora e investigadora de la Universidad Panamericana. Es académica asociada al Centro México de Rice University, coordinadora del programa de Capacitación al Gobierno Federal en materia de Hidrocarburos que imparte la Universidad de Texas en Austin y socia fundadora de Brilliant Energy Consulting. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autora.

(Expansión) — Arrancaron las renegociaciones entre México, Estados Unidos y Canadá del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), con una posible inserción de un capítulo para el sector energético. Nada más que ahora estamos al revés: por años sufrimos los reproches sobre la irracionalidad de la defensa de un modelo tan cerrado por parte de nuestros vecinos inmediatos. Y ahora resulta que ellos son los herméticos y nosotros los accesibles.

Tanto tiempo le llevó a México liberar este sector de sus lastres “nacionalistas” que parece una ironía que haya sido justo antes de la amenaza con el portazo en las narices. ¿Realmente el vecino cumpliría una amenaza de cerrarnos el gas? No lo consideramos factible porque la energía en Estados Unidos puede obedecer a razones de Estado, pero también a muchas de mercado.

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Por mercado, entiéndase –no un ente invertebrado y gaseoso— sino el empuje de las empresas en su apetito de encontrar compradores, demanda. En este sentido, y hace algunos meses, un empresario petrolero –cuyo nombre debe ser omitido por decencia— afirmó que esta industria ya tiene sus CEOs, que no necesitan otro y que ni él ni el resto de sus correligionarios sucumbirán al mandato presidencial. También puntualizó que lo que ha hecho que América, entendida como EU, sea grandiosa es la libertad comercial.

En cambio, para algunos mexicanos la conducta de Trump es normal, o al menos conocida, cuando pretende intervenir en las decisiones de las empresas. Algunos se preguntan si los Estados Unidos nos van a cerrar la llave del gas o la gasolina porque su referente más próximo es el presidente mexicano, llevado de la mano por la Secretaría de Hacienda, quien toma decisiones por Pemex. Un mexicano está acostumbrado al control centralizado de la industria, lo cual es contra-natura tanto en Estados Unidos como en Canadá. Esto no quiere decir que las empresas son libres de hacer lo que quieran, incluso contra el derecho. Al contrario, el derecho las asiste para que puedan ser libres dentro de él.

Los tratados de libre comercio hacen más sólido un piso en el que los gobiernos únicamente pueden intervenir la conducción de las empresas cuando ésta es ilícita. Que las empresas energéticas de Estados Unidos y Canadá busquen oportunidades en México no es ilícito; ni lo es ya que México las reciba en todas sus cadenas de valor. Tal vez algún día las empresas energéticas mexicanas, ahora infantes, busquen oportunidades en sus países vecinos. Más aún, uno de los propósitos de la reforma energética, más aplaudidos por mucha de la inversión internacional, fue la integración de un mercado energético de América del Norte como contrapeso a la dominancia de Medio Oriente y Rusia. Esto le conviene mucho a los Estados Unidos por sus grandes necesidades energéticas, porque son más volátiles en sus relaciones internacionales que México y porque tiene un hambre incontenible de consumidores y mercados.

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¿Cómo debe ser el nuevo capítulo de energía del TLCAN para la relación de México con las otras dos partes? Es difícil decirlo en tan solo unas palabras. Sin embargo, por tener una idea, es propicio leer algunos de los dispositivos del capítulo 6 de este tratado, relativo al comercio del petróleo y sus derivados y de electricidad, entre los países que forman parte. Lo que vemos ahí es mucha libertad comercial, tal como se esperaría de un tratado de libre comercio: no hay cuotas de intercambio o imposiciones arancelarias que entorpezcan las transacciones; lo único que no se vale en esta convivencia es estorbar a los demás. En el caso específico de la energía, ahora que hay las reglas para crear un mercado abierto, no habría por qué fijar reglas muy diferentes ¿o sí?

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Si hay obstáculos para la libertad comercial de energía en América del Norte, tal vez los manotazos del presidente Trump no sean el mayor de nuestros problemas, o que Canadá pudiera darnos la espalda. Sí lo son la inveterada voluntad de México de centralizar decisiones que deben corresponder a las empresas. Un ejemplo es la falta de gestión propiamente empresarial en Pemex cuya figura es cada vez más amorfa e inteligible. ¿Cómo jugará Pemex, ya no solo en competencia con las empresas entrantes, sino también en un ámbito plurinacional? La misma pregunta va para CFE. Otro tema espinoso son las empresas nacionales, que en algunos casos no soportan las mareas de un mercado abierto e invariable, e irremediablemente van a llorar con el gobierno para que éste resuelva sus penas. El libre comercio, si es tal, debe minimizar el proteccionismo nocivo que en México entraña el “capitalismo de los cuates.”

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Es cierto que Trump es muy molesto. Habrá que ver qué tanto más es dañino o si es tan solo un orangután de 300 kgs. tras las rejas de un país en el que las empresas mandan y no él. A estas alturas, más estorban a México sus problemas internos cuando apenas construye un sector energético que aún padece los rezagos de dos monopolios, falta de visión a largo plazo, intervención gubernamental y falta de destrezas en un ambiente de competencia. Cuando de energía se trata, hay que comprometernos con un modelo propio para luego poder defenderlo ante los demás.

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