OPINIÓN: El Washington de Trump es un lugar escalofriante

Ya no se considera a Estados Unidos como el portaestandarte inquebrantable del libre comercio y la democracia, opina Nic Roberton.
Al timón  El presidente estadounidense Donald Trump está agitando el statu quo en muy mal momento, señala el analista Nic Robertson.  (Foto: Reuters)
Nic Robertson

Nota del editor: Nic Robertson es editor de CNN para asuntos diplomáticos internacionales. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

WASHINGTON (CNN) — Cuando vine a Washington en enero, pocos días después de que Donald Trump asumiera la presidencia de Estados Unidos, la ciudad era el máximo ejemplo del impulso.

Theresa May había llegado de Londres para ser la primera líder del mundo en felicitar a Trump cara a cara. Incluso estrecharon manos. Ahora, 10 meses después, pese a que May hizo extensiva la invitación de la reina Isabel II a hacer una vista de Estado a Reino Unido (la pompa y el esplendor sin duda le encantarían a Trump), no ha aceptado la oferta.

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Esa "relación especial" está un poco fría. De hecho, el presidente 45 de Estados Unidos tiene un efecto refrigerante particular en la mayoría de las relaciones internacionales del país.

Esta semana regresé a Washington para el Día de Acción de Gracias (mi esposa es estadounidense y una de mis hijas estudia aquí) y noté que parece que la capital del país está resistiéndose más de lo que avanza y mantiene a distancia al mundo y a sus líderes.

Un exservidor público de carrera me dijo que la Casa Blanca de Trump está minando la posición que el país tiene de potencia benévola en el mundo.

De acuerdo con varias personas que conocen el teje y maneje de Washington, las reducciones presupuestarias y los despidos han provocado que muchos sientan que están peleando por el bien de los intereses de Estados Unidos en el extranjero con una mano atada a la espalda, dirigidos por un jefe al que el cargo le queda grande.

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El día en el que llegué, Heather Nauert, portavoz del Departamento de Estado, abordó justamente este tema y dijo: "me desconsuela saber que algunas personas sienten que no los necesitan, que no los quieren o que no los aprecian".

Hasta el 60% de los embajadores de carrera ha renunciado este año. Según palabras de la exembajadora Barbara Stephenson, "las filas de nuestra dirigencia se están vaciando a una velocidad vertiginosa" y acusó a Trump de decapitar al Departamento de Estado.

Wendy Sherman, ex subsecretaria de Asuntos Políticos y una de las principales arquitectas del tratado nuclear con Irán que se negoció durante la presidencia de Obama, es mordaz al condenar a Trump: "Francamente, esta presidencia está destruyendo categóricamente al Departamento de Estado y subvalorando a la diplomacia como algo importante en este mundo".

Para muchos veteranos de la diplomacia estadounidense, Washington está a la deriva.

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En meses recientes, se ha reducido el ritmo de las visitas de líderes importantes. Las visitas tempranas de Xi Jinping, Shinzo Abe, Angela Merkel y Justin Trudeau quedaron atrás.

May no es la única líder internacional que ha descubierto que el presidente Trump es, de hecho, Trump el candidato, y que está dirigiendo a un país en retirada. Ya no se considera a Estados Unidos como el portaestandarte inquebrantable del libre comercio y la democracia.

Uno de los primeros cordones umbilicales internacionales que Trump cortó fue la adhesión de Estados Unidos a la Alianza Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), el acuerdo de 12 países con el que no solo se busca un pacto comercial multinacional, sino que también pretende forjar alianzas diplomáticas más fuertes entre los países miembros de esta región para contrarrestar la influencia creciente de China.

El que Trump se sintiera inclinado a interpretar a la TPP como un simple tratado comercial que dejaba en desventaja a Estados Unidos le resultó contraproducente en su gira reciente por Asia. Mientras estaba en Vietnam para asistir al Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés), su anfitrión —junto con Abe, de Japón— se incorporó a la TPP sin Trump y sin Estados Unidos.

Por lo tanto, la influencia de Estados Unidos disminuyó.

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Este fue un revés diplomático tan solo un día después de que Trump les dijera a los vietnamitas, a Abe y a otros líderes de la APEC que Estados Unidos está dispuesto a negociar tratados comerciales bilaterales. La política de "Estados Unidos es primero" llegó en segundo lugar ese día.

La diplomacia de Washington ya no tiene los brazos abiertos. El Estados Unidos que es primero mira con desconfianza desde las murallas de la Casa Blanca… y los habitantes de la capital lo viven.

Ya sea un chofer, una maestra, un investigador, un estudiante, un periodista o un funcionario público, muchas de las personas con las que hablé se sienten intranquilas con los efectos que ha tenido hasta ahora la política de "Estados Unidos es primero".

Además, Trump está agitando el statu quo en muy mal momento.

El orden posterior a la Segunda Guerra Mundial que había estado estable por varias generaciones se está tambaleando: la expansión de China, las invasiones y las interferencias de Rusia, los enfrentamientos entre Irán y Arabia Saudita, el creciente nacionalismo populista…

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En este momento, el mundo necesita una roca y el Estados Unidos de Trump es todo menos eso. De hecho, pese a que la mayor parte del mundo se alinea respecto al calentamiento global, Trump no.

"Sí —me dijo una persona que conoce bien a Washington—, el universo sigue girando alrededor de D. C. Pero ahora, las órbitas son más y más grandes, más y más alejadas".

Los grandes robles nacen de bellotas pequeñas y Washington es la encarnación de todo eso. En los escalones del monumento a Lincoln, frente al Espejo de Agua, las palabras inmortales de Martin Luther King Jr. descansan para siempre, talladas en piedra: "Este es mi sueño".

Unos pasos más allá, sobre la enorme estatua de un Lincoln pasivamente poderoso en su sillón, están talladas en el muro unas palabras que describen el amor de sus ciudadanos por su liderazgo unificador pese a las contrariedades: "En este templo, como en los corazones de la gente por la que salvó a la Unión, el recuerdo de Abraham Lincoln se consagra para siempre".

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Si hubo alguna vez un mensaje que parece de una época que hace mucho quedó atrás, es este. Pese a toda su elocuencia, estas no son más que palabras talladas sobre la piedra. Hoy, parece que carecen de permanencia. No son mandamientos a los que se adhiera la presidencia de Trump.

Un ex servidor público llamó mi atención hacia una analogía que indica la profundidad de la ira, la frustración y la división. Según una cita del historiador de las presidencias, Robert Dallek, "un pescado se pudre de la cabeza hacia abajo… y la peste de este gobierno comienza desde lo más alto".

Para este forastero que llega tras casi un año de ausencia, estas palabras son una denuncia impactante sobre la erosión del civismo en el discurso político. Es justamente la actitud que irritará a Trump y a muchos republicanos, pero que revela lo amargas que serán las recriminaciones de ahora en adelante.

Los lazos de Washington con el mundo se están cortando. El Departamento de Estado no solo ha dejado de contratar, sino que está corto de personal y carece de gente que responda las llamadas que recibe.
Un europeo me dijo que ha empezado a invitar a los periodistas a cenar con la esperanza de que le expliquen qué está pasando.

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Pero no solamente los diplomáticos notan que la influencia internacional de Washington está menguando. La gente común, con trabajos comunes, cuyos afanes mantienen con vida a la capital, también nota el cambio.

Las políticas internas de Trump respecto a los migrantes indocumentados provocan que los maestros se pregunten cuál de los dreamers faltará a clases la semana próxima. En las universidades, los estudiantes que están a punto de graduarse y resarcir a la sociedad lo que les ha dado pierden el sueño por el temor de que los deporten a un país que ya no conocen.

El que Trump no pueda ver a los supremacistas blancos como son y que aparentemente pueda ver a los musulmanes como no son, además de las prohibiciones migratorias mal estructuradas, no es algo bien recibido en el crisol de la sociedad de Washington.

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Hasta un viaje corto en un taxi conducido por un miembro de una familia inmigrante se vuelve una conversación sobre el daño que temen que Trump esté haciendo a la sociedad.

Muchas personas dejaron su hogar al otro lado del mundo para criar a su familia aquí. Decidieron venir porque querían ser parte del sueño americano.

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Parece que Washington es menos internacional por la retórica y las políticas de Trump.

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Las embajadas en Washington, el corazón diplomático de D. C., no han cerrado sus puertas todavía. Sin embargo, están reforzando las escotillas con la esperanza de que vengan tiempos mejores.

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