Los confines de la maldad y las 'razones' por las que lastimamos a otros

El tema ha sido objeto de estudio durante mucho tiempo y la incógnita sobre cómo 'contenerla' continúa vigente
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| Otra fuente: QUO

La maldad ha sido objeto de estudio entre neurocientíficos, psicólogos y psiquiatras a lo largo de 14 años, sin encontrar hasta ahora la manera de entender a aquellos que dañan a otros.

Tener pensamientos malos es algo inherente al humano, por ejemplo, algunas veces quisiéramos que quienes comenten cierto tipo de crímenes recibieran un castigo similar o incluso mayor, si se pudiera, pero solo es una idea.

La diferencia es que algunos tenemos mecanismos biológicos moldeados por el ambiente y la sociedad que nos impiden cometer tales acciones. Y hay otros que no cuentan con esa estructura cerebral y liberan los impulsos que los llevan a cometer ese daño.

Los expertos han encontrado dos aspectos importantes. El primero es que la experiencia de uno mismo dentro de nuestro entorno influye en los índices de maldad y el segundo tiene que ver con el poder de decisión, cuando, por ejemplo, entiendes que haces un mal cuando manipulas la ley o la quebrantas, y eso te produce placer.

“Algunos puede que se den cuenta de que son malos, pero en realidad, eso de darle libertad a sus impulsos les genera una respuesta placentera, encuentran excitable violentar las normas; ese es un tipo de maldad”, explicó el neurocientífico Óscar Monroy.

“Pero también está la maldad orgánica, que son las personas que nacieron en un ambiente de pobreza o en medio de la violencia y por lo mismo, no saben distinguir entre los actos moralmente buenos y los malos, y aunque lingüísticamente conozcan los conceptos, no tienen un lugar dentro de los procesos que viven”, añadió.

Todo parece indicar que ninguno de los castigos creados por la humanidad para limitar los actos de maldad ha funcionado: ni el cielo, porque es suficiente arrepentirse para acceder a él; ni las cárceles, desde donde es posible seguir delinquiendo y generalmente son un castigo solo para quienes no tienen acceso a una buena defensa.

Martín Barrón, criminólogo del Instituto Nacional de Ciencias Penales (Inacipe), afirma que la carencia de estudios serios influye mucho en esta situación.

“Tenemos que ver esto como un problema de salud mental, es decir, qué es lo que ha pasado a nivel social para que en algunos lugares se vuelvan habituales enfrentamientos”.

Monroy tampoco conoce trabajos al respecto. Lo que sí existe son comparativas interculturales por las que es posible saber que Japón, por ejemplo, es el país con la mayor cantidad de violencia en la televisión —solo hay seis horas de no violencia—, pero es la cultura con el menor índice de asesinatos y robos violentos, mientras que en Noruega, considerado el mejor país para vivir del mundo, es donde se registra la mayor cantidad de suicidios entre menores de 20 años.

“O que Estados Unidos es la cultura más violenta de los últimos 100 años, el que se ha involucrado en más guerras, con más armas per cápita, pero también el que tiene la mayor cantidad de fundaciones caritativas y altruista”, afirma.

Los expertos consideran que México es un país en el que se ha observado una tendencia a ser violento, pero que no es algo que se pueda evaluar desde un solo enfoque. Y lamentan que hacer una investigación a profundidad no sea del interés de las administraciones públicas, preocupadas más en mostrar cifras de detenidos, que estadísticas de rehabilitados y programas de prevención.

Este es un fragmento de un artículo publicado en la edición de noviembre de 2012 de la revista QUO, que es parte de Grupo Expansión, una empresa de Time Inc. La firma edita en México 17 revistas y siete sitios de internet, entre ellos CNNMéxico.com.

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